Viaje a la base

Viaje a la base

Marcelo Milanesio se destaca como uno de los jugadores más influyentes de la historia del básquet latinoamericano. Su nombre y su legado perduran luego de una carrera que impulsó al básquet de Atenas y la selección argentina a niveles nunca antes vistos.

El ex base de la Selección Argentina se coronó como el mejor asistidor del Mundial de Canadá 1994 y fue emblema del equipo más ganador de la Liga Nacional.

Colaboración: Magalí Dentesano, Yasmín Lo Preiato, Camila Centeno y Bautista Rota (5to IMVA).

Marcelo por Marcelo Farías y Gustavo por Gustavo Chazarreta. Milanesio lleva desde la cuna la estirpe del básquet en su máxima expresión. Hace poco le preguntaron cuál fue el día que catapultó su trayectoria para siempre y, tras unos segundos de meditación, el gran capitán del “Griego” contestó: “El partido final ante Ferro, en 1987”.

Resulta que se trató de uno de los peores encuentros del base de Hernando en instancias decisivas. Tal es así, que se retiró del duelo por infracciones, faltando más de diez minutos. No obstante, ese día Milanesio vio al club de sus amores salir campeón por primera vez de una incipiente Liga Nacional, ante el equipo que hasta entonces dominaba la época: Ferrocarril Oeste.

La balanza de prioridades lo pinta al armador de cuerpo entero. Lo más importante para él siempre fue la victoria colectiva, el rendimiento personal pasaba a un segundo plano. No hubo póster de Marcelo volando hacia una bandeja heróica, ni brillantes asistencias en la tapa de El Gráfico. Pero Milanesio vio a su equipo consagrarse en Caballito, tomando por sorpresa a la Capital y anunciando lo que sería el nuevo dominio del básquet cordobés en todo el territorio argentino.

El base del equipo más ganador en la historia de la Liga, explotaría para convertirse en un estratega excepcional. Conocedor del juego como pocos, Milanesio se destacó por una visión fuera de serie a la hora de romper las defensivas rivales. Su control de pelota, junto a la capacidad de anotar desde cualquier punto de la cancha, haría de su manejo de los tiempos, un arte.

En la selección dejó su huella participando de cuatro mundiales, siendo el emblema máximo del combinado nacional y el líder en asistencias del Mundial de Toronto (1994). Su enorme jerarquía lo llevó a sentarse en la misma mesa que los mejores bases internacionales y abrir los ojos del mundo al enorme potencial del básquet argentino.

Marcelo se despidió a lo grande en 2002, consagrándose campeón de la Liga Nacional con Atenas, el equipo de su vida. Foto gentileza quien corresponda.

El Milenio: ¿Qué posibilidades te dio y te sacó este deporte?

Marcelo Milanesio: El básquet me dio muchas cosas. Pude conocer el mundo, relacionarme con mucha gente, crecer y tener un nombre. Hoy mismo perdura lo que pude conseguir en este deporte.

Me quitó un poco la juventud, porque en mi adolescencia y con mi paso por el profesionalismo, le dedicaba mi vida entera al juego. Siempre fui una persona que afrontó la vida con mucha pasión. Me pasaba todas mis horas entrenando o preparándome para jugar y eso me sacó otros momentos valorables. Pero no me importa, lo volvería hacer, porque la vida y el básquet han sido tremendamente gratificantes conmigo.

EM: ¿Pensás que los jugadores de tu época sentaron las bases para la aparición de la “Generación Dorada”?

MM: Yo creo que cada uno puso su granito de arena, desde su tiempo y su papel. Mi generación también se nutrió y aprovechó el legado de personas que dejaron todo antes e incluso pagaron para jugar a este deporte. Todos ellos marcaron una época.

Luego, la aparición de la Liga Nacional fue un cambio radical para nuestra disciplina. Antes nos veíamos las caras una vez por año, contra los mejores equipos del país, en lo que era el viejo Campeonato Argentino de Básquet.

La Generación Dorada creció observando ese esfuerzo, pero todo lo que han logrado es mérito exclusivamente de ellos. Han alcanzado grandes objetivos y creo que eso también tuvo que ver con las posibilidades que se abrieron de ir a Europa y a la NBA, para poder potenciar, aún más, todo lo bueno que se hace en nuestro país. En mi época, prácticamente no podíamos emigrar a jugar en el exterior.

Foto gentileza quien corresponda.

EM: Pero vos tuviste la posibilidad de irte a Europa, ¿qué te llevó a quedarte acá?

MM: A mí la posibilidad me llegó siendo ya un jugador grande, de más de treinta años. Estaba muy apegado a Atenas y a lo que sentía por el club. En ese momento, poniendo todo en la balanza, decidí quedarme. Obvio que con el tiempo a uno le queda la idea rondando. Me hubiera gustado ir a jugar a Italia, pero sólo por lo que significa esa experiencia.

EM: En tus enfrentamientos en mundiales, ¿cuál fue el jugador que más te sorprendió?

MM: He jugado contra muchos rivales increíbles, hasta incluso Michael Jordan. Pero si tuviera que quedarme con uno, me gustaba mucho Aleksandar Djordjevic, quien, hasta hace poco, era el director técnico de la selección de Serbia.

Era un base increíble y tengo patente todavía el recuerdo de un partido en el que nos enfrentamos en un mundial. Estábamos jugando muy bien, el partido se mantenía super reñido, pero apareció Djorjevic y en dos o tres jugadas nos sacó el encuentro de las manos. También admiré mucho a otros rivales, como el croata Drazen Petrovic y Oscar Schmidt, de Brasil, jugadores que marcaron una época.

“Jugar para la selección es como una vitamina: corrés el doble, tu energía crece y el deseo de ganar se multiplica. Quizás nuestra generación no tuvo la suerte de lograr tantos títulos, pero jugar con la celeste y blanca fue un disfrute constante para mí”. Foto gentileza quien corresponda.

EM: ¿Cuáles son las diferencias más importantes entre el básquet de tus tiempos y el de la actualidad?

MM: A nivel internacional, hoy es un juego de mucho duelo individual. Se practica mucho una acción que llamamos “pica la bola”. Es un movimiento que surge en el centro de la cancha y, a partir de eso, se ejecutan todas las jugadas. Nosotros hacíamos muchos esquemas en los que intentábamos que sí o sí cada jugador del equipo tocara el balón.

Casi podemos decir que el básquet es otro. En mis tiempos yo jugaba 40 minutos seguidos, hoy los jugadores no permanecen en la cancha más de diez sin un cambio. El desgaste físico es otro, se juega un promedio de 20-25 minutos.

Hay deportes que no cambian mucho con el paso del tiempo, pero no es el caso del básquet, que está en constante mutación. La NBA también cambió de manera radical. En los ‘80 y ‘90 dominaban los pivots, hoy los tiradores tienen ese lugar.

EM: Entre los grandes cambios, los intercambios defensivos de jugadores que se adaptan a marcar en múltiples posiciones, ¿es uno de los más importantes?

MM: Desde mi punto de vista, eso siempre sucedió. Lo que ocurre ahora es que para poder moverse entre posiciones hay que tener una capacidad atlética mayor. Ya no se juega tanta defensa zonal y esa es una modificación importante. Antes hacíamos defensas combinadas, que cerraban el juego en la pintura y dejaban libres a algunos jugadores para que tiren triples.

Hoy eso es muy difícil de poner en práctica porque casi todos lanzan bien el tiro abierto. A partir de ahí, se abren más espacios y encontrás, en la llave, lugares que antes no existían para recibir o penetrar. Creo que cada estilo debe ser valorado en función de su tiempo. Ninguno fue mejor ni peor, simplemente son improntas y métodos distintos.

Milanesio jugó 125 partidos en la selección nacional. El último fue en el Mundial de Grecia (1998). Foto gentileza quien corresponda.

EM: ¿Cómo viviste tu último partido en la selección?

MM: Fue un encuentro ante Yugoslavia. Siempre me sentí feliz defendiendo la camiseta argentina. Saber que uno está en un lugar que tantos anhelan, haciendo lo que le apasiona, es una locura. Jugar para la selección es como una vitamina: corrés el doble, tu energía crece, el deseo de ganar se multiplica. A veces no alcanza y duele. Quizás nuestra generación no tuvo la suerte de lograr tantos títulos, pero jugar con la celeste y blanca fue un disfrute constante para mí.

Leyenda viva. Argentina volvió a los primeros planos en China, alcanzando el subcampeonato mundial de la mano de un equipo capaz de explotar sus recursos como ningún otro en el torneo. El seleccionado impulsó su volumen de juego a partir de tres creadores de elite: Facundo Campazzo, Nicolás Laprovittola y Luca Vildoza.

La escuela argentina de bases es una cantera inagotable que las potencias europeas buscan emular. El secreto mejor guardado del básquet nacional tiene que ver con una identidad de juego. “Pepe” Sánchez, el gran asistidor de la Generación Dorada, dijo que creció queriendo ser un base inteligente, emulando a “jugadores como Milanesio”.

La cultura del baloncesto argentino enseña que para ser base es indispensable contar con una gran lectura de juego y Marcelo Milanesio llevó ese paradigma a su tope. Cuando los jóvenes de hoy preguntan quién fue Manu Ginóbili antes de Manu Ginóbili, Marcelo Milanesio es la respuesta.

Redacción El Milenio

Periódico El Milenio y la página web www.elmilenio.info son un Proyecto Comunicativo Escolar de la FUNDACION JOSEFINA VALLI DE RISSO, que gira con el nombre de fantasía Instituto Educativo Nuevo Milenio e Instituto Milenio Villa Allende.

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