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San Leonardo: historia viva en Sierras Chicas

Claudia González y Eduardo Argüello son coleccionistas de antigüedades y, desde 2006, propietarios de San Leonardo, un hotel y restaurante de Agua de Oro construido en 1930 por César Augusto Ferrari. Después de varios años de restauración, el inmueble fue incorporado a la nómina de la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos, siendo el segundo de la región en recibir este reconocimiento.

  • Por Mabel Tula y Lucía Argüello
  • periodico@elmilenio.info
  • Rocío Fernández, Lucía Vélez,
  • Pilar Gallego y Martina De Resa (IENM).

Hoy, completamente restaurado, San Leonardo funciona como hotel, restaurante, salón de eventos, casa de té y tienda de antigüedades.

Conocer San Leonardo significa abandonar por un rato el presente, para visitar el pasado. Un pasado que combina juguetes, muebles, vajilla, antiguas publicidades, gramófonos y otros artefactos de comienzos del siglo XX, en el marco de una vivienda de hermosa factura construida por el arquitecto y pintor César Augusto Ferrari, reconocido autor de la Iglesia de los Capuchinos y de las iglesias de Unquillo y Villa Allende, entre muchas obras más.

San Leonardo fue construido en 1930 a pedido de la familia Vergonjeanne.

A pesar de su noble origen y larga historia, la antigua villa italiana ubicada en Agua de Oro permaneció en el abandono durante muchos años. Hasta que, en el año 2006, cayó en manos de Claudia González, diseñadora y fanática de las antigüedades que, junto a su marido coleccionista, Eduardo Argüello, decidió restaurar la propiedad y convertirla en lo que hoy es: un restaurante, casa de té, tienda vintage, salón de eventos y hotel boutique recientemente incluido en la nómina de inmuebles reconocidos por la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos del Ministerio de Cultura de la Nación.

San Leonardo es el segundo inmueble de Sierras Chicas reconocido por la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos. El primero es la antigua capilla de Candonga.

Del olvido al reconocimiento

San Leonardo permaneció abandonado por casi doce años.

San Leonardo fue construido en 1930 por Ferrari a pedido de una de las principales familias y terratenientes de la zona: los Vergonjeanne. Su edificación transcurrió paralela a la obra de la iglesia de los Capuchinos e incluso se usaron las mismas molduras para las distintivas columnas. Con el tiempo, la vivienda quedó en manos del padre Gastón Vergonjeanne, sacerdote de las iglesias de Sierras Chicas, desde Villa Allende hasta Jesús María.

En la década del ’40, San Leonardo fue un conocido hotel de verano de Sierras Chicas.

De ahí pasó a ser casa de retiro, luego hostería, hotel de verano de la familia Figliozzi y de vuelta casa de retiro, esta vez de la Iglesia Ortodoxa Cristiana. Sin embargo, en los primeros años del 2000, la institución religiosa deja de usar la vivienda, que pronto se convierte en víctima del abandono, la destrucción y el vandalismo, llegando incluso a ser usurpada.

Tras años de negociación, restauración y puesta en valor, finalmente Claudia y Eduardo (actualmente vecinos de Villa Allende) lograron adquirir la casa y abrirla al público. Desde entonces, San Leonardo no ha parado de crecer y pronto incorporará un centro de interpretación y difusión del legado artístico y arquitectónico de César Augusto Ferrari, en el marco de su reciente reconocimiento por la Comisión Nacional.

“Este trabajo no lo hicimos para nosotros, lo hicimos para la comunidad”, afirmó Claudia González.

El Milenio: ¿Cómo conocieron San Leonardo y llegaron a ser sus propietarios?

Claudia González: De casualidad, caminando por Agua de Oro. Yo siempre digo que la casa nos encontró a nosotros, no nosotros a ella. Mi marido es coleccionista de antigüedades hace 30 años y, cuando nos pusimos en pareja, me sumé a su locura. Incluso tuvimos que hacer una ampliación de nuestra casa, “el museíto”, para poner todas nuestras adquisiciones, y siempre soñamos con la posibilidad de exhibirlas en algún lado.

Un día, caminando por el río, vislumbramos la casa detrás de un monte de yuyos. Nos impactó muchísimo por su belleza y arquitectura, entonces empezamos el camino para averiguar de quién era. Estuvimos un año negociando con la Iglesia Ortodoxa Cristiana, porque ellos no venden sus propiedades y debían pedir una autorización especial. Hasta que logramos adquirirla, pasaron como dos o tres años en total.

EM: ¿Cómo surgió la idea de convertir a San Leonardo en Monumento Histórico Nacional?

CG: La idea vino de los mismos descendientes de Ferrari, quienes actualmente manejan la fundación “Augusto y León Ferrari, arte y acervo” y son los encargado de custodiar y recuperar la historia y las obras que dejaron tanto Augusto como su hijo, León.

Ellos presentaron San Leonardo ante la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos y desde la comisión nos pidieron información de la casa, la evaluaron y finalmente concluyeron que podía ingresar a la nómina de inmuebles reconocidos como patrimonio histórico nacional.

Por suerte, nosotros nos asesoramos mucho al momento de hacer la restauración, respetando todas las condiciones que se exigen. En general, lo principal es no tocar la fachada, los pisos y demás partes fundamentales de la estructura.

La increíble arquitectura de César Ferrari se combina con la colección de antigüedades de Claudia y Eduardo.

EM: ¿Qué implica este nombramiento para el futuro del edificio?

CG: El principal objetivo de la Comisión Nacional es la divulgación y preservación de inmuebles de interés histórico, arquitectónico y patrimonial. A partir de ahora, nuestro compromiso y tarea mayor es la difusión, dar a conocer el lugar y que las personas puedan visitarlo y tomar contacto con su historia.

Nos vamos a convertir en un “centro de interpretación” de la obra de Augusto Ferrari, un lugar vivo de cultura, como si fuese un museo donde el objeto de estudio es el inmueble en sí y donde cualquiera puede averiguar datos, planos y demás cuestiones sobre el trabajo de Ferrari.

Por el momento, no tenemos subsidios ni ningún otro tipo “beneficio”. De todas formas, este es sólo el principio de un largo camino. El inmueble ingresa a la nómina, pero después uno tiene que hacer una serie de pasos administrativos para conseguir el nombramiento de la Municipalidad, de la Provincia y, por último, del Congreso de la Nación. Una vez que la casa se declara Monumento Histórico Nacional, ya no se puede tocar. Significa que nosotros pasamos a ser conservacionistas, además de coleccionistas.

EM: ¿Qué cualidades distinguen a San Leonardo a nivel arquitectónico?

CG: San Leonardo es una obra que tiene un estilo constructivo especial. Ferrari lo definía como “experimentalismo” o “eclecticismo italiano”. Es una clásica villa italiana, pero tiene un tipo de diseño que era propio de él y que está dado principalmente por el tipo de columnas, las aberturas y su distribución interior.

Ferrari experimentaba en cada casa que hacía, iba probando nuevas formas, nuevos diseños. Luego las vendía y en la siguiente casa que construía, implementaba otro experimentalismo. Él se definía a sí mismo como artista, había estudiado pintura, escultura y fotografía. Hizo trabajos de arquitectura por necesidad, porque era difícil vivir del arte. Y sus construcciones fueron magníficas, aun a pesar de que las hizo, en cierta forma, por obligación.

EM: ¿Cómo se utiliza hoy el inmueble?

CG: San Leonardo es un restaurante al medio día y una casa de té a la tarde. También funciona como salón de eventos (sobre todo para casamientos y fiestas de quince) con hospedaje para los invitados. Por ahora el hotel sólo se utiliza para este tipo de circunstancias, no está abierto al público. Tiene siete habitaciones, las originales de la casa, con una decoración temática (estilo francés, inglés, art decó, imperial oriental, tudor, americano y chippendale) y se están construyendo cuatro más en una ampliación. Toda la estructura está intervenida con antigüedades y también tenemos una tienda vintage, donde se pueden adquirir este tipo de objetos.

En el restaurante de San Leonardo podés disfrutar de su exclusiva gastronomía. 

EM: ¿Qué importancia le otorga la comunidad local a este espacio?

CG: Cuando nosotros adquirimos la casa, venía de un estado de abandono y destrucción de casi doce años. Había sido saqueada y usurpada. Al principio, nadie le dio importancia, pero cuando la empezamos a restaurar, cambió la cuestión. El municipio nos dio un galardón por haber hecho la recuperación, pero en su momento no hicieron nada para preservarla. Hoy en día, creo que la comunidad de Agua de Oro se siente orgullosa de tener este inmueble reconocido.

Claudia de visita en nuestra redacción de Unquillo. 

EM: ¿Qué se siente ser propietario de un edificio de tanta importancia?

CG: Es muy hermoso saber que uno se ha convertido en guardián de un legado cultural muy valioso, porque un monumento o inmueble de estas características nos trasciende. Siempre quisimos que se conociera. De hecho, pusimos el restaurante y la casa de té como forma de atraer a la gente, para que tuvieran una excusa o razón para venir hasta un lugar que no está muy cerca de la ciudad y que tampoco es parte de un circuito turístico. El objetivo no fue tanto la gastronomía en sí, sino acompañar y mostrar el edificio. En definitiva, este trabajo no lo hicimos para nosotros, lo hicimos para la comunidad.


César Augusto Ferrari|

Nació el 31 de agosto de 1871 en San Possidonio, un pueblo cercano a Módena, Italia. Estudió arquitectura en la Universidad de Génova y más tarde se formó en pintura, escultura y fotografía en la Academia Albertina de Turín.

Conocido retratista de la nobleza italiana, ingresó al país en 1914 con más de 40 años y un título de maestro de arte. Comenzó decorando iglesias y haciendo cuadros para la sociedad porteña. En 1916 se casa con Susana del Pardo, una joven de Chascomús, y durante muchos años, vive de la pintura.

Llegada la década del ’30, comienza su etapa como arquitecto, alternando su vida entre sus residencias de Villa Allende y Buenos Aires. Construyó quince iglesias (y decoró muchas más), entre las que destacan la del Sagrado Corazón de los Padres Capuchinos (edificada en el corazón de la capital cordobesa entre 1928 y 1933), la Iglesia Nuestra Señora del Carmen (en Villa Allende), la de Nuestra Señora de Lourdes (en Unquillo), la Capilla y el Colegio de las Hermanas de la Merced (Córdoba), la Abadía de los Benedictinos (Buenos Aires) y la Iglesia San Francisco de Río Cuarto.

Era un arquitecto audaz, con una impronta romántica ecléctica. En cada obra ponía en juego todos sus conocimientos y combinaba estilos con un innegable talento artístico. Su paso por Sierras Chicas marcó para siempre a la región, sobre todo en el caso de Villa Allende, donde construyó una decena de preciosas casonas (se pueden mencionar San Possidonio, popularmente conocida como “El Castillo”, La Calandria, La Cigarra, donde los Ferrari pasaron muchos veranos, y San Francisco, que fue su estudio de arquitecto y pintor).

Ferrari durante construcción de la Iglesia de Los Capuchinos en Córdoba. 

Los diarios de la época lo describen como “bajito, menudo y vivaz”, con un hablar chapurreado, mezcla de español e italiano. Trabajó toda su vida, haciéndose cargo desde el dibujo de los planos hasta la administración de los gastos de la obra. A los 85 años, se encargó personalmente de los trabajos de restauración de la Iglesia de San Miguel (Buenos Aires), cuya reforma y decoración había realizado algunas décadas atrás. Fallece en Buenos Aires, en 1970.

San Leonardo se encuentra en la esquina de Lozano y Costanera (Agua de Oro), a pocos metros de la ruta E-53.

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2 thoughts on “San Leonardo: historia viva en Sierras Chicas

  1. Muchas gracias por la hermosa nota. Refleja nuestro sentir y nos permite mostrar nuestro inmenso proyecto de vida. Gracias nuevamente por la calidad periodística con la que forman a sus alumnos.

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