SOCIEDAD
Por: Benjamín Godoy y León Zavala 4° IENM; Jazmín Falessi y Tiana Llorens 4° IMVA.
Cuando María Sol Rodríguez Maiztegui llegó al Hogar de Día Arturo Illia, el edificio en funcionamiento parecía un banco, lejos de su propósito inicial. Durante años, ese espacio había sido concebido para que las personas jubiladas participaran de actividades recreativas y socioculturales; sin embargo, con la bancarización de los pagos, se convirtió en un lugar de filas y ventanillas.
No obstante, la comunicadora social vio algo que muchos no veían: un grupo de personas mayores con la meta intacta de aprender, crear y disfrutar. Lo que nació de esa mirada atenta se transformó en el Espacio Illia, un centro sociocultural que cambió su nombre y su narrativa: de “hogar” a “espacio”. Un gesto que parecía menor, pero que significaba mucho.
“No queríamos que la gente sintiera que iba a un depósito de viejos, sino que iba a participar de un lugar que confiaba en sus potencialidades y creía en su creatividad”, explica.
Más tarde, la cordobesa comenzó a formarse en gerontología y a cuestionar sus propias creencias sobre la vejez: la soledad, la enfermedad, la desexualización, la idea de que esa etapa era sinónimo de pérdida. La realidad que encontraba cada día en el sitio era otra: risas, música, talleres, viajes y personas enamorándose.
Más que un club

Posteriormente, nació el Club de la Porota, creado en 2015. “Porota” no es solo un personaje: es un arquetipo, una mirada que encarna la curiosidad y la vitalidad de las personas mayores con las que María Sol trabajó.
“El club nace de la dualidad de mi vida: por un lado, mi recorrido como periodista; por otro, el deseo de crear un espacio que mostrara que la vejez no es lo que definimos a través de nuestros prejuicios”, relata. De esta manera, a través de columnas, charlas, mentorías y talleres, el proyecto ser lanzó con el fin de interpelar a todas las edades.
Al respecto, la fundadora sostiene: “El objetivo es pensarnos todos, no solamente los adultos mayores. Lo que hacemos es crear comunidad, una comunidad que abraza los años”. Con ese punto de partida, sus eventos, alianzas y proyectos abren un diálogo, cuyo fin es “crear nuevos estereotipos” -en palabras de la propulsora-.
Desde clases de habilidades digitales en bancos de distintas provincias, hasta actividades en escuelas y centros culturales, el mensaje es claro: la edad no define ni limita la pasión ni la capacidad de aprender. “Desde mi óptica, es en el encuentro intergeneracional donde realmente se rompen los prejuicios”, sostiene Maiztegui.
Cambiar la mirada

El Club de la Porota también ha sido un laboratorio de narrativas regenerativas: herramientas para replantear las historias que narramos sobre nosotros mismos. Si nos decimos “ya no puedo”, entrenamos a nuestro cerebro para no poder; si nos decimos “sí puedo”, abrimos posibilidades.
“Hemos tratado tan mal a la vejez que nadie quiere envejecer. Tal es así que la gente mayor se narra a si misma desde el pasado. Yo soy tal y fui tal. Se cuentan en función de lo que fueron, porque sienten que el presente es un tiempo que ya no les pertenece. Si todo el valor de la vida está puesto sólo en la juventud, todo lo que viene después pasa a un segundo plano”, explica María Sol.
En un mundo en el que la ancianidad ocupa cada vez más espacio y la expectativa de vida se extiende, su trabajo invita a repensar el paso del tiempo, no como etapa de declive, sino como chance de seguir creciendo, aprendiendo y contribuyendo.
La clave de la iniciativa está en la diversidad de talentos, en el trabajo en equipo y en la articulación con otras organizaciones. Diseñadores, comunicadores, voluntarios y aliados institucionales aportar a un funcionamiento plural y abierto, donde cada involucrado suma a la construcción de una narrativa colectiva distinta a la hegemónica.
A una década de su creación, el balance es claro: el Club de la Porota logró generar experiencias intergeneracionales, fomentar la autonomía de las personas mayores y resignificar la vejez como otra etapa de vida activa y creativa.
“Ya está proyectado que para el 2050 en el mundo va a haber más personas mayores de 60 que menores de 15. Con lo cual esta temática es muy importante que los chicos y los adultos jóvenes se empiecen a vincular de otra forma y a perder el miedo a la vejez ¿Cómo se hace? Encontrándose con personas mayores reales, que hackean su propio viejismo”, asegura.
El sueño de María Sol es expandir el modelo globalmente y que cada propuesta encuentre propia voz y contexto, multiplicando la idea de que vivir es envejecer y envejecer es seguir viviendo.
Mientras tanto, en Córdoba, se continúa generando experiencias, encuentros y reflexiones, recordando que la edad no es una barrera, sino una oportunidad para reencontrarnos con nosotros mismos y con los demás.

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