CULTURA
- Por: Martina Cagliero y Amador Cantos 4° IENM. Redacción: Mabel Tula.
Nicole Tyler es una bailarina oriunda de California, Estados Unidos. Cuando era adolescente realizó un intercambio en Argentina y quedó enamorada del país, hasta que a sus 20 años se vino a vivir a Unquillo junto a su pareja. Desde entonces, ha pasado más de una década y Tyler ha volcado su arte de distintas maneras, como produciendo la obra «Sólo sé que no soy yo a quien duerme”, de la compañía “Cara Sur”, además de dar clases en sitios culturales y comunitarios.
Algo que caracteriza a la artista, es su búsqueda para llevar la espiritualidad a la danza contemporánea, ya sea en las clases con adultos como en sus coreografías, videos y obras propias.
“Me inspiro en los ciclos naturales de nuestro monte nativo y sus fechas naturales importantes e incorporo eso al bailar. Entonces, inspiramos nuestro movimiento en las distintas estaciones y los ciclos de la vida y la muerte”, explicó. “Me interesa cómo, a nivel creativo, la danza también tiene su lado espiritual”, expresó.
Por otro lado, para Tyler, el movimiento es una oportunidad de conexión. Al respecto, valoró: “En la danza estás totalmente presente con tu cuerpo, con las personas con quienes estás bailando, con el público. Para mí es un regalo, no me sucede en muchas otras cosas, es sagrado, te sentís protegida”. Aún así, aclaró: “Es raro porque estás haciendo algo y un montón de gente te está viendo, pero no se concentran 100% en vos, en realidad están viendo algo que estás creando, algo que estás contando, es una sensación muy diferente”.
Actualmente, Tyler está trabajando en una obra unipersonal de danza contemporánea que se estrenará en enero del 2025 en su ciudad natal y luego espera poder presentarla también en Sierras Chicas.

El Milenio: ¿Cómo fue tu primer acercamiento a la danza y qué camino recorriste hasta llegar a la rama que más te interesa hoy en día?
Nicole Tyler: Cuando tenía nueve años empecé a tomar mis primeras clases en un estudio de danza, en mi barrio, allá en California y desde ahí nunca frené. Seguí profundizando también en otras escuelas y fui a diferentes competencias. Tuve mucha experiencia en el escenario como adolescente, luego estudié danza en la Universidad de Chapman, donde me enfoqué bastante en la danza contemporánea. Como adulta, mis producciones creativas van por ese lado, porque siento que es la que me permite expresar todo lo que yo quiero, que muestra muy bien las realidades contemporáneas que vivimos y que plantea formas nuevas.
EM: ¿Cómo ha sido tu evolución como artista en Argentina?
NT: Cuando era chica hacía más bien danza clásica. Encontré la danza contemporánea como adolescente gracias a un profe. En mi carrera si bien se abordaban todos los tipos de danza, había mucho enfoque en la contemporánea y es lo que más me resonaba en cuanto a expresión artística y las posibilidades que tiene. Cuando llegué a Córdoba, descubrí otros estilos de danza como la técnica flying low, que hay mucho trabajo en el suelo, entonces incorporé nuevas formas.
Luego también estuve un tiempito en España y me pude capacitar en ciertas herramientas del movimiento. Entonces fui adquiriendo muchas cosas a lo largo del tiempo. Estuve haciendo algunos talleres de danza butoh y eso también me encantó. Igualmente, lo que más me motivó artísticamente es el monte, sus ciclos, toda la red de vida que hay ahí y cuál es el lugar del ser humano en todo eso, qué es lo que estamos haciendo, cuál es el impacto que tenemos y cómo recae sobre nosotros. Particularmente vivir en el monte de Unquillo me cambió un montón como bailarina.

EM: ¿Cómo fue el proceso creativo en la obra «Sólo sé que no soy yo a quien duerme»?
NT: En las obras contemporáneas tenemos la música y también el cuerpo. Los tipos de movimientos que usamos expresan mucho y cómo se hace cada movimiento también dice un montón. Depende de la obra, puede haber mucha actuación en cuanto a los gestos de la cara, pero me parece que lo que más transmite es poner honestidad en escena, de realmente creérsela y generarlo a nivel movimiento, eso es un gran desafío.
La obra que hicimos usaba el disco “Artaud” de Spinetta, y era narrativa, tenía cierta historia. Había mucha actuación pero también jugábamos con las letras porque no podés usar un disco de ese artista y obviar ese aspecto.
Lo que más teníamos que hacer era que se sintiera real, como conectarnos entre nosotras en escena. Si era pelea, era pelea real, si era un abrazo, era realmente sentir ese amor. Según lo que nos cuentan y según lo que sentimos nosotras, el gran valor de la obra, lo que se sentía, lo que se expresaba a nivel sensibilidad, a la gente le llegaba esa emoción que nosotras mismas sentíamos, así que fue muy hermoso. Fue un proceso muy intenso, como un año y medio de preparación. Hicimos diez funciones que también se estiraron en el tiempo y después tomamos un descanso.

EM: ¿Qué beneficios te ofrece la danza en tu cotidianidad?
NT: De niña me divertía mucho. Siempre fui muy fantasiosa, entonces, la danza fue un lugar para poder estar en otros roles, con otros personajes, probar ser diferentes personas y habitar distintas energías, emociones y ambientes de una manera muy cuidadosa.
En relación al aspecto físico creo que siempre me dio energía y felicidad hacer ejercicios, sentís que podes moverte de una forma. A mí nunca me gustaron los deportes con pelota, pero la danza sí, prefiero que sea de otra manera más integral, más creativa y no competitiva.
Hoy, siento que es una herramienta para expresar diferentes cosas, plantear preguntas o cuestionar nuestra sociedad, cómo nos comportamos, qué hacemos. Ya no me interesa la danza en sí, me importa que sea una vía de expresión, una forma de conectar con algo más allá y siento que esta disciplina me da eso.
Creo que para los humanos es muy importante no quedarnos en el día a día, en la materia, en lo físico, sino tener una forma de expresarnos. Es como re antiguo, hace miles de años que bailamos y cantamos así que es muy significativo.

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