Sociedad
Por: Mora Mariño y Catalina Spika 4° IMVA – Alejo Villarroel y Pía Gallego 4° IENM.
Según explica a El Milenio Julio Rojo, docente e integrante de la fundación con sede en Ascochinga, “el aula forestal es un espacio revolucionario dentro de la escuela con el que se busca que todos los niveles, desde el jardín hasta la primaria y secundaria, se involucren de manera interdisciplinaria en la producción de árboles nativos”.
“Por ejemplo, desde matemáticas se pueden abordar la viabilidad de las semillas, los porcentajes, la cantidad que se recolectan y cuántas logran germinar, cuántos árboles hacen falta para ocupar un metro cuadrado, entre otras variables”, agrega.
Si bien la propuesta surge como una acción para remediar el daño ambiental en los territorios y a su vez embellecer el paisaje, es el trabajo articulado con diferentes actores de la comunidad escolar, de instituciones públicas estatales y privadas, el que lo vuelve aún más interesante.
Vanesa Bizutti, maestra y directora de la escuela Juan Bautista Alberdi de barrio Cabana, Unquillo, agrega al respecto: “El objetivo es ir enriqueciendo los aprendizajes colectivos y que entre estudiantes se puedan ir acompañando, desde los más grandes a los más pequeños, buscando generar conciencia ambiental tanto dentro como fuera del aula”.
Por su parte, Tomás Echenique, guardaparque de la Reserva Los Quebrachitos –con quien realizan esta tarea en conjunto– señala: “Lo que más nos gustó del proyecto es la posibilidad de trabajar diferentes conocimientos alrededor del árbol como eje temático, desde el aspecto físico hasta su significado para los ecosistemas”.
Algo que, según explica Mariana León, docente de la escuela Jordan Maldonado de Salsipuedes, “lo hace más valioso para los estudiantes, ya que es un trabajo distinto”. “No están entre cuatro paredes encerrados, sino que pueden vivenciar que la enseñanza es también haciendo”, sostiene.
Actualmente, participan del proyecto más de 2000 docentes de 7 provincias de Argentina, quienes conforman una red federal de aprendizaje y colaboración pedagógica, a través de la cual se intercambian experiencias y se llevan adelante capacitaciones, además de asistencia permanente en torno a la propuesta.

Expandir las semillas
Cuando un incendio afectó el centro de educación a campo (escuelas que trabajan utilizando a la naturaleza como espacio y herramienta pedagógica) La Lucena, su creador, Peter Dunn, decidió gestar una fundación que lleva el mismo nombre. El fin, según sus integrantes, es expandir y desarrollar los proyectos de extensión que se venían haciendo, como el del aula forestal.
Compuesta por docentes y profesionales de diferentes áreas, desde músicos hasta comunicadores e ingenieros agrónomos, el propósito es promover que espacios comunitarios se sumen a una propuesta integral de sostenibilidad en la que el árbol es el canal para que las personas puedan reconectarse con su entorno.

Así, Julio expuso que “el proyecto fue evolucionando hasta constituirse en una red federal de aprendizaje y colaboración pedagógica”. Hoy, los interesados pueden formar parte mediante un formulario de inscripción disponible online en fundacionlalucena.org.
De esta forma, se evalúa cuál es el formato de aula forestal que podría encajar para cada solicitante. “No es lo mismo una escuela como la de Salsipuedes, que tiene 600 estudiantes, que una como la de Cabana a la que asisten 60”, detalla Rojo.
Dejar crecer
Respecto a la labor de cada colegio, Bizutti, de Unquillo, cuenta que, por su lado, trabajan de manera conjunta también con el área municipal de ambiente. A su vez, celebra que “muchas de las familias que forman parte son activistas de brigadas forestales, otros trabajan en viveros y también están los que en sus casas han preparado espacios que funcionan como guarderías de árboles nativos”.
Por lo tanto, consideran que se apropian del proyecto para así construir y aprender en comunidad. “Llegan desde muy pequeños con una gran conciencia acerca del cuidado de la naturaleza y se van enriqueciendo con lo que aprenden en el cole día a día”, celebra.

En Salsipuedes, la incorporación ocurrió este año tras acudir a una actividad en Ascochinga (donde funciona la sede de la fundación promotora). “El pasado junio, en compañía de la Municipalidad, La Lucena y toda la comunidad escolar, logramos armar nuestro sitio, lo que significa el inicio de algo que deseamos crezca en el tiempo”, sostiene entusiasmada León, docente de la escuela.
Por último, aunque la propuesta no requiere grandes inversiones económicas, se vuelve fundamental, además del trabajo de docentes y estudiantes, el apoyo de los municipios y de la comunidad.
“Cada escuela gestiona cómo se va a financiar el proyecto, ya sea con aporte del Estado o por donaciones, también, incluso con las propias cooperadoras como la nuestra que nos brinda todas las herramientas que estamos necesitando”, aseguran desde Cabana. Sin embargo, comparten los entrevistados, que para comenzar sólo se necesita un espacio de un metro por un metro de tierra, además de las ganas y confianza en lo que se hace.

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