Colaboración: Lara González Trejo y Julieta Vélez (4to IENM). Carmela Russo y Delfina Setien (4to IMVA).
David Avilés Aguirre es oriundo de Ecuador, pero llegó a Córdoba en 2007 para formarse como investigador en Comunicación y Cultura Contemporánea en la Universidad Nacional de Córdoba. Tras pasar de la maestría al doctorado, terminó eligiendo Río Ceballos como su lugar para vivir.
Músico, escritor, comunicador y estudioso de las sonoridades latinoamericanas, ha publicado tres libros, uno de ellos sobre identidad musical. También ha grabado dos discos, uno en su Ecuador natal (“Desde el pupo del mundo”) con la banda de jazz gitano Nuages, y otro en Argentina (“Mudanzas”) con el grupo Trasplantación.
Forma parte de la Colectividad Ecuatoriana Autoconvocada de Artistas y Gestores, asociación que se dedica a reivindicar los derechos culturales de Ecuador en otros países y, desde la cultura política, crear una conciencia más activa y de participación pública. A este amplio bagaje, se suma su participación en el programa radial “El fuego que hemos construido” en Radio Curva (Salsipuedes) con su columna “Pulsaciones latinas”.
Desde su hogar, mientras disfruta la llegada de su tercer hijo, Elián, nacido el pasado 21 septiembre, David comparte una charla con El Milenio y reflexiona sobre el ser de la música, su propio afán de investigación y los avatares de la cultura latinoamericana.

David se recibió como comunicador en Ecuador, pero la música siempre ha sido una pasión que lo acompaña ineludiblemente. Foto gentileza quien corresponda.
El Milenio: ¿Qué te motivó a seguir el camino de la música?
David Avilés: Esa pregunta tiene su respuesta en la historia de mi vida. En mi familia de Ecuador nadie era músico, salvo una tía mía, que vivía en un hospicio y tocaba la pandereta en la iglesia. En ocasiones iba a visitarla y siempre estaba ensayando, con su forma tan particular.
Con el tiempo, fui entendiendo que no había una métrica, que estaba tocando “técnicamente” mal. Sin embargo, algo en su forma de hacerlo me hizo ver más allá y darme cuenta que en la música no importa si estás tocando técnicamente bien, lo que importa es sentir lo que estás haciendo.
Mucho tiempo después, a los 8 o 10 años, decidí empezar a tocar algo de percusión. A los 14 trabajé mucho para conseguir mi primera batería y me avoqué a estudiar ritmos latinos y afrolatinos. A partir de entonces, me dediqué a la música formalmente.

El ecuatoriano llegó a Córdoba en 2007 y se instaló en Río Ceballos hacia 2012, donde formó pareja y tuvo tres hijos. Foto gentileza quien corresponda.
EM: ¿Cuáles son las diferencias entre la música tradicional ecuatoriana y la argentina?
DA: Yo no creo que haya muchas diferencias, sobre todo si nos vamos al origen de las músicas. En el norte argentino, por ejemplo, hay mucho trabajo con los sonidos del viento (zampoña, siku, etc.) que también se encuentra en la música andina de Ecuador, Perú, Chile, Bolivia y ciertas zonas de Colombia.
Con la conquista empiezan a aparecer otros instrumentos, como la guitarra criolla, y ahí se generan algunas distinciones. Pero bueno, yo más que buscar las diferencias, trataría de ver en qué lugares empiezan a unirse todos esos sonidos dentro de nuestro continente. Las fronteras son políticas, no musicales, y muchas veces nos desdibujan la posibilidad de encontrar semejanzas en nuestra cultura.
EM: ¿Sentís que tu propia música está relacionada con tus estudios?
DA: Sí, totalmente. Yo no puedo hacer música sin pensar, sin la posibilidad de escribir o interpretar temas que me inquietan como ser humano, como ciudadano. No podría producir algo que no me interpele, que no me represente algo que estoy viviendo o estudiando. En ese sentido, creo que lo que hago está muy ligado a mi quehacer en otras actividades, esta posibilidad de la búsqueda de estéticas musicales.
“Creo que para ser músico lo primero es encontrarse a uno mismo y entender esa posibilidad de expresión que plantea el instrumento, ver lo que vive en mi interior para poder llevarlo al exterior”
David Avilés Aguirre
EM: Tu segundo disco se llama “Mudanzas”, ¿tiene relación con tu traslado de Ecuador a Argentina?
DA: Sí, tiene que ver, de hecho, algunas letras hablan de ese tema: la mudanza o esta idea del permanente cambio que tenemos los seres humanos, esto de ir mutando, pero siempre hacia algo mejor o más positivo con respecto al “antes” que estás dejando atrás.
Es como una metáfora de la linealidad del tiempo. Este “antes” que dejas atrás por el futuro que vas a unir, es decir, esa mudanza del presente hacia el futuro donde al mismo tiempo estás mudando/cambiando lo que dejas atrás.
En esa mitad nos encontrábamos cuando produjimos ese disco con Gerardo Pérez Taschetta y algunos músicos invitados, entonces dijimos bueno, hay que ponerle un nombre, así que lo llamamos “Mudanzas”.
EM: Por último, ¿qué consejos le darías a una persona que quiere ingresar al mundo de la música?
DA: No me considero muy bueno para dar consejos, pero quizás lo primero (y dejando de lado el tema de los egos) sería llegar a encontrarse a uno mismo y saber/entender la posibilidad que uno tiene de tocar música. Ningún instrumento es imposible, solo se necesita disciplina en el estudio y mucho tiempo de dedicación.
Pero, sobre todo, pensar en esta posibilidad de la expresión, esta diferenciación o conjunción, si se quiere, entre lo interior y lo exterior. Lo que vive en mi interior para poder darlo al exterior. El arte en todas sus formas (pintura, escultura, danza, lírica, etc.) creo que produce algo de eso.
Entender qué está pasando en mi interior para poder representarlo con un instrumento, pero además saber que eso no termina ahí, sino que también hay que ver cómo la otra persona, la que escucha, la que consume esa producción, puede entender que hay algo ahí que ha movilizado para que yo pueda hacerlo.
Me parece que el consejo que puedo dar es ese: reencontrarse con uno mismo y buscar esta dinámica entre la interioridad y la exterioridad desde la cual nace la creación artística.

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