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Jugar por la vida

En barrio Gobernador Pizarro, un pequeño club de fútbol sueña a lo grande. Sus más de cien jugadores no dudan en aspirar a las grandes ligas, apoyados por una comisión directiva que sostiene la motivación, la dedicación y el esfuerzo como valores fundamentales. El Milenio conversó con Romina Muñoz, tesorera del espacio, quien rescató los orígenes y la filosofía de este proyecto social y deportivo.

Colaboración: Gaspar Quintana y Abril Battan Frasca (6to IMVA). Ignacio Weht y Jazmín Lasso (6to IENM).


Son los pequeños gestos de cariño y las primeras palabras de aliento las que pueden definir el futuro de una persona. Afortunadamente, el barrio Gobernador Pizarro de Unquillo cuenta con el club social y deportivo La Vida, donde la motivación y el esfuerzo personal son una filosofía de vida.

Para Romina Muñoz, actual tesorera y gestora de la institución, el objetivo del club es enseñar a los chicos cómo el esfuerzo personal puede llegar a dar grandes frutos y que todo lo que aprenden en la cancha, deben reflejarlo en los demás aspectos de su vida.

“Que crezcan y sean profesionales, que exploten esa pasión en cualquier tipo de actividad en la que se desempeñen, que sepan que no sólo existe Pizarro, sino también un mundo enorme por descubrir”, explicó.

“Desde que comenzaron con los entrenamientos, los niños utilizan la disciplina como herramienta. Los padres han notado eso y se lo han manifestado al equipo técnico”, afirmó Romina, quién además se mostró muy orgullosa de los logros deportivos alcanzados hasta el momento. “Ya tenemos dos copas y vamos por más”, sonrió.

Se trata de una iniciativa que surgió y se sostiene sin ninguna pretensión económica, con una comisión directiva actualmente integrada por ocho personas. Además de Romina, vale mencionar a Carlos Barroso (presidente), César Collante (secretario), Diego Peña (vocal), Javier Aguirre (suplente), Sergio Muñoz (revisor de cuentas), Eric Ortega (suplente) y Valeria Martínez.

“Las pasiones no hay que perderlas”


La historia del club comienza hace muchos años, con un joven Diego Peña, uno de los tantos chicos de la Casa de Niños del Padre Aguilera, cuyo talento con la pelota hacía suponer a más de uno que podría llegar lejos profesionalmente. Sin embargo, la falta de recursos económicos y de acompañamiento frenaron los sueños del pequeño en aquel momento.

Ya de grande y dedicándose a otro rubro, pero con la pasión por el fútbol intacta, Diego se propone crear una escuelita de fútbol para que ningún otro chico del barrio Gobernador Pizarro pierda esa oportunidad de soñar a lo grande.

Es ese contexto conoce al Dr. Carlos Barroso, director del CEC de Unquillo, quien decide ayudar a Peña a concretar su meta. “Si es tu sueño, metele para adelante, las pasiones no hay que perderlas”, le dijo el profesional de la salud, quién además lo acompañó en las etapas legales y administrativas del proceso.

De esta forma, al principio con seis, luego con siete y finalmente con más de doce niños, el sueño comenzó a tomar forma en una canchita de fútbol del barrio unquillense. “Mi marido le dijo a Diego que entre más personas se sumen, más responsabilidades tendríamos que tomar. Así nació la idea de constituirnos como club, porque necesitábamos una personería jurídica y un seguro médico para los chicos”, explicó Romina, esposa del Dr. Barroso.

“Muchas cabezas pueden formar buenas cosas”, sintetizó la gestora al recordar los comienzos de esta historia. Hoy, gracias al apoyo del CEC, los más de cien chicos que juegan en el club cuentan con cobertura médica.

Además, gracias a la personería jurídica obtenida, hoy la dirigencia del club sueña con participar de la Liga Regional Colón, codeándose con otros equipos importantes de Sierras Chicas. “Esta posibilidad les abre las puertas a los chicos para que el día de mañana los vean clubes grandes como Boca, River, Belgrano o Talleres”, comentó entusiasmada Romina.

Compromiso social


La entrevistada rescató la importancia de mantenerse unidos como una familia y de servir a la comunidad de Gobernador Pizarro, sobre todo en estos tiempos de pandemia. “Al ser un club social, tenemos mucho diálogo con los padres, no es que vienen y dejan a los chicos nomás”, explicó Romina, “nos preguntan qué hace falta y colaboran con lo que pueden”.

La ayuda va y viene entre el club y la comunidad. “Hay familias que nos dicen ‘no tengo para comprar un botín’ y desde la misma comisión directiva tratamos de generar recursos para ayudar. Hacemos rifas, sorteamos elementos que nos donan, vendemos comida y todas las actividades que sean necesarias”, señaló.

Aunque sobre Gobernador Pizarro pesa el estigma de “barrio peligroso”, los integrantes de La Vida luchan por cambiar ese concepto, demostrando que con cariño y trabajo se pueden alcanzar grandes logros. Así, a partir de fines del año pasado, desde la comisión sumaron asistencia alimentaria al espacio, ante la creciente necesidad de los vecinos.

“Cuando los chicos terminan la actividad técnica, les damos la merienda. Si hace frío hacemos chocolatada con facturas y criollos, pero si está lindo, les ofrecemos frutas, para contribuir a que tengan una alimentación más sana”, detalló la mujer. “Comenzamos dando 48 y, con la llegada de la segunda ola de la pandemia, alcanzamos a 150 personas”, añadió.

Además de buscar donaciones, el club invita a quienes quieran participar de las actividades a sumarse como voluntarios. “Siempre necesitamos la mano de cualquier persona que venga con pasión y ganas de trabajar desde el corazón, porque acá nadie cobra un peso, brindamos nuestro tiempo y todos los días aprendemos cosas de los chicos que realmente nos sorprenden”, cerró Romina.

¿Por qué La Vida?


Muchos se preguntan el porqué del nombre del club. Todo surgió en uno de sus primeros torneos, un evento organizado por el Club Unión de Unquillo, cuando los integrantes de la incipiente formación de Gobernador Pizarro se dieron cuenta que necesitaban un nombre que los representara.

En su inocencia, las sugerencias de los más pequeños eran “El Barça”, “Boca” o River”, hasta que uno de los niños tiró, casi al azar, “Y bueno, juguemos por la vida”. La idea prendió rápidamente y se convirtió en el nombre de la institución.

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