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Torcer el destino

Villa Allende Deporte Infantil lucha hace más de tres años para brindar un lugar de pertenencia y aprendizaje a chicos y chicas de los sectores más vulnerables. La voluntad de cambiar el rumbo de estas condiciones sociales, ante la ausencia del Estado, impulsa a un grupo de vecinos que no bajan los brazos. Hoy, reciben a casi 150 niños y jóvenes de 5 a 20 años.

Colaboración: Benjamín Marques y María Paz Weht (4to IENM). Julia Fracchia y Trinidad Moya (4to IMVA).

Según datos que se desprenden de la Encuesta Permanente de Hogares llevada a cabo por el INDEC durante los primeros meses de 2021, el 57,7% de los argentinos menores de 14 años se encuentran por debajo de la línea de pobreza.

Los números se elevan o descienden según las situaciones que atraviesan distintas regiones del país, pero la realidad es la misma. Cientos de miles de chicos viven en hogares que no llegan a cubrir la canasta básica. Muchos de ellos no tienen acceso a internet, tantos otros abandonaron la escuela en medio de los contextos más hostiles y algunos ni siquiera cuentan con un lugar donde dormir.

En Villa Allende, un grupo de vecinos impulsa un proyecto que intenta paliar, aunque sea por un rato, las necesidades de jóvenes y niños en situación de riesgo. “La idea es ayudar a los chicos que no tienen un acompañamiento adecuado. Siempre nos interesó que ellos aprendan algo distinto a lo que viven en su entorno cotidiano, que se diviertan y disfruten”, explica Manuel San Emeterio, uno de los pilares de Villa Allende Deporte Infantil (VADI). 

Para Manuel San Emeterio, el deporte es una herramienta fundamental para inculcar el respeto y el compañerismo entre los jóvenes. Foto gentileza.

La iniciativa arrancó a principios de 2018 en el predio ubicado detrás del Salón Parroquial de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen. Con esfuerzo, el terreno baldío se transformó en un espacio recreativo, gracias a un grupo de vecinos que lleva más de tres años batallando la desigualdad a través de actividades deportivas (fútbol, hockey, vóley) y meriendas compartidas.

San Emeterio es un joven que no se conforma con la realidad que atraviesan cientos de niños y adolescentes de su ciudad, que viven en contextos de máxima vulnerabilidad. Oriundo de Villa Allende, estudia Abogacía e integra un grupo de más de veinte personas que ponen el hombro todas las semanas para darle continuidad al proyecto que, según describe, hoy integra a “chicos y grandes”. 

Manuel hace una salvedad para hablar de “grandes” y explica que, al comenzar, VADI apuntaba a niños de entre 5 y 11 años. Sin embargo, la iniciativa pronto se topó con las necesidades de adolescentes y jóvenes de hasta 20 años, a los que la organización decidió involucrar y acompañar. “Nos dimos cuenta que todos esos jóvenes no podían quedar afuera, reformamos nuestras actividades y los más grandes quedaron a mi cargo”, destaca el referente, que en la actualidad dirige a un grupo de chicos de entre 13 y 18 años.

El Milenio: ¿Qué sensaciones te genera que un grupo tan importante de niños y jóvenes se apoyen en vos y en tus compañeros?

Manuel San Emeterio: Me genera un montón de emociones hermosas. Tengo ganas de ayudar con todo lo que pueda y estos pibes me permiten avanzar, a pesar de las muchas dificultades que tenemos. Me dan el impulso para intentar darles el lugar que merecen. 

Estamos haciendo gestiones con el municipio para que los chicos tengan un apoyo mucho mayor. Yo voy dos días a darles clase, charlar con ellos y compartir una merienda, al igual que mis compañeros. Pero también necesitan otros recursos que exceden mis conocimientos. 

Son chicos que hoy requieren una asistencia psicopedagógica y social, porque en la actualidad la mayoría no va al colegio, hablando de los más grandes, que son los que me toca coordinar. De modo que estamos felices por lo logrado, pero también nos moviliza saber que necesitamos seguir analizando cómo podemos darles una mano más grande aún.

EM: ¿Cómo surge la posibilidad de trabajar en vínculo con la Municipalidad de Villa Allende? 

MSE: Yo me enteré de la existencia de una ordenanza municipal vinculada a los jóvenes en situación de riesgo. Esta legislación está relacionada al desarrollo, la educación y la salud de los chicos. Y me di cuenta que en Villa Allende no hay ninguna estructura que se encargue de operativizar la ordenanza y ayude a los adolescentes y niños, que viven en una situación socioeconómica muy compleja.

Por eso, desde VADI decidimos sentarnos a dialogar con la Municipalidad y establecer un programa interdisciplinario que toque diversos puntos e involucre a personas capacitadas en desarrollo social, educación, salud, psicología, etc. para intentar armar algo en base a eso.

El objetivo es que los alumnos de VADI puedan ingresar en este programa y que el mismo presente distintas etapas. Lo ideal sería que este proceso desemboque en algún tipo de formación o salida laboral, porque necesitamos cambiar las perspectivas de un montón de jóvenes que hoy no tienen opciones.

La mayoría de los alumnos proviene de los barrios Español, Industrial, La Cruz y Polinesias. Foto El Milenio (archivo).

EM: VADI trabaja desde la cercanía y el mano a mano con los chicos, ¿cómo les impactó la pandemia en este sentido?

MSE: Lamentablemente nos obligó a parar nuestras actividades deportivas y recreativas. Para nosotros ese es un eje fundamental, porque nos interesa estar en el día a día de los niños y adolescentes que vienen al espacio.

Además, la pandemia golpeó profundamente a muchas de las familias que encuentran en VADI su lugar. En mi caso, la realidad de los chicos con los que trabajo se ha vuelto aún más cruda desde que todo esto empezó. 

Basta con pensar que muchos de los adolescentes que llegaban a nosotros ya no estaban asistiendo a la escuela y con la virtualidad eso no hizo más que empeorar. Además, muchos de ellos vivían de changas, trabajos esporádicos e informales que se redujeron drásticamente en este contexto. La mayoría de los adolescentes que tenemos viven prácticamente en la calle, así que el golpe es directo. 

Desde nuestro lado, mientras no pudimos activar lo deportivo y las meriendas, salimos todas las semanas a entregar bolsones a familias de chicos que integran VADI. Primero recolectamos sólo alimentos no perecederos, pero luego comenzamos a meter frutas y verduras, carne y pollo. El respaldo de los comerciantes de la ciudad ha sido sencillamente fundamental para sostener esto.

Alrededor de 150 chicas y chicos realizan actividades deportivas y reciben una merienda dos veces por semana, cuando la situación sanitaria lo permite. Foto El Milenio (archivo).

EM: ¿Resulta complejo poder entablar una relación de respeto con los alumnos?

MSE: Con los más grandes es más complicado. Pero de a poco vamos entablando un vínculo de mayor confianza y escucha. Lo que intento explicarles es que para esta sociedad ellos están cortados con la misma tijera, y que esta es una pequeña herramienta o posibilidad de cambiar el rumbo. Ellos vivieron cosas que muchas personas no pueden ni imaginar. Es muy ingrato que alguien de 14, 15 años haya tenido que atravesar y normalizar entornos tan violentos. Nosotros queremos que la normalidad sea otra para ellos.

EM: Si seguís entrenándolos es porque pensás que esto se puede modificar, ¿no?

MSE: Claro que sí, pero intento que no nos volvamos locos con nuestras expectativas. Yo conozco a estos chicos hace años. No quiero que terminen en el Complejo Esperanza o peor. Ellos están intentando torcer un destino muy duro. Yo sé que son buenos pibes, estoy absolutamente convencido de eso. Porque siguen viniendo a VADI dos veces por semana a que un adulto los rete, les enseñe, los aconseje, los acompañe. No se dan por vencidos y eso me da una esperanza de que todavía hay algo por hacer.

EM: ¿Se puede decir que el deporte es la manera que tienen de conectar a los chicos con otros aprendizajes?

MSE: Claramente es así. Acá se les enseña respeto y compañerismo. Tratarse bien y comunicarse sin violencia y sin insultos es clave. Les mostramos que la merienda se sirve para que todos tengamos algo para comer y luego todos tienen que hacer el esfuerzo de dejar las cosas ordenadas. Es lo básico, pero ellos no tienen otro lugar donde aprenderlo.

Hoy los chicos entienden que todos los elementos que tenemos son colectivos. Nadie patea una pelota a cualquier lado ni tira un papel al suelo. Están aprendiendo que cuidando lo grupal también se pueden cuidar a ellos mismos.

Tenemos un sentido de pertenencia muy importante y nos costó mucho trabajo. Antes incluso se armaban bandos en función de los barrios de los que cada uno provenía y eso generaba enfrentamientos. Hoy ya han comprendido que este es un espacio de aprendizaje colectivo, quizás el único disponible para ellos en este momento tan complicado.

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