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Maradona

Soy el barro

Diego Armando Maradona, de Fiorito a San Paolo, la leyenda más cautivante del fútbol mundial.

“Caminaba y se paraba el mundo. Fuimos al Muro de los Lamentos y la gente dejaba de rezar para mirarlo. Lo único que me gustaría es abrazarlo y decirle «gracias capitán, me hiciste feliz»”, confiesa Oscar Ruggeri, campeón del mundo en México 1986.

El último potrero de Villa Fiorito recibe las luces finales de un día oscuro. En ese mismo espacio, más de 50 años atrás, un niño del conurbano marginal anunciaba frente a una cámara que su sueño era ser campeón del mundo.

Tiempo más tarde, entre garabatos de gambeta ese pibe de Fiorito dejó en ridículo al mundo entero. Tomó el pincel, inventó los colores, eligió el lienzo, construyó el marco, la muchedumbre aplaudió y él dibujó de nuevo. El camino de Maradona hacia el gol era distinto al de todos los demás. Lo que todas las personas sueñan al patear un manojo de medias, o al llegar al estadio más encumbrado del fútbol profesional, se volvía posible, solamente en sus pies.

Por eso, aquella tarde en suelo azteca se convirtió en la tarde más recordada en la historia del deporte. Diego, envuelto en sus contradicciones y su talento demostró ser capaz de ejecutar el robo del siglo ante los piratas más prolijos del planeta. Cuestionado por ser muy pequeño, Maradona alzó su puño pegado a su cabeza, tan alto que el enorme Peter Shilton se convirtió en piedra. Diego, el ilusionista de la melena enrulada, supo que su truco iba a ser descubierto por millones de personas, más nunca por los jueces.

Luego tomó la decisión que nadie puede tomar, la de capturar la pelota de espaldas, por detrás de la mitad de la cancha, para girar como un trompo y dejar estáticos a tres ingleses que lo rodeaban. Los obstáculos hacia el arco, hasta entonces infinitos para el resto de los mortales, se volvieron una paleta de colores. 

Gary Lineker, centro delantero y referente de la selección inglesa, afirmaría tiempo más tarde que nunca antes ni después sentiría la necesidad que sintió esa tarde de aplaudir a un rival. “Lo que Diego hizo ese día simplemente no era posible. Para peor, el campo de juego estaba tremendamente resbaloso, y Maradona pivoteo sobre tres rivales para luego expulsarse a toda velocidad a enfrentar al resto. No era posible, pero la conexión afectuosa entre Diego y la pelota fue algo que nunca vi en mi vida”.

El resto es historia, el diez argentino puso a sonar su propia orquesta para darle vida a una sinfonía de doce segundos que jamás será olvidada. Sus pies zigzagueantes, el arte del engaño, cadera hacia un lado, botín hacia el otro y cambio de ritmo. Un jeroglífico para las camisetas blancas, Diego y su gambeta de barro dejaron a Inglaterra entera de rodillas. “Cualquier estrategia que hubiéramos elegido, no hubiese funcionado ante él”, expresó Gary Lineker.

Diego, el pibe de Fiorito, capaz de arriar a una tribuna entera con su nombre, jamás podrá ser entendido desde la lógica. Su manera intensa y controversial de atravesar el mundo nunca podrá reducirse ni prestarse a conclusiones definitivas. Su hoja de ruta jamás podrá ser analizada desde el paraguas de la técnica, la táctica, la estadística, ni mucho menos el discurso mediático. La emoción popular no se explica desde el escritorio. El recuerdo de Diego y su implicancia le pertenecen a los niños y niñas que pateen una pelota en el osco potrero de algún barrio apartado. El recuerdo de Diego pertenece a quien siempre perteneció, le pertenece al pueblo.

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