Celebramos junto a ustedes el Día del Lector, que fue instituido para el 24 de agosto de 2012 en conmemoración y homenaje al nacimiento del escritor Jorge Luis Borges.

Tras su aprobación en el Senado y la Cámara de Diputados de la Nación, en Argentina se instituyó finalmente la fecha 24 de agosto como “Día del Lector”, en conmemoración y homenaje al día del natalicio del escritor argentino Jorge Luis Borges.

El proyecto de ley, impulsado por el senador porteño Samuel Cabanchik (Proyecto Buenos Aires Federal), fue aprobado por unanimidad en ambas cámaras.

El objetivo es el de promover la lectura y la democracia a través de la realización en dicha fecha de actos de divulgación de las letras y de reconocimiento a la obra y a la trayectoria de la máxima figura de la literatura nacional.

El texto del proyecto mencionaba una recordada frase que Borges escribió en su poema “Un lector”: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leído”.

El proyecto asimismo destacaba: “la democracia presupone y necesita de ciudadanos lectores que sepan entender y manejarse en el cúmulo de textos que se producen en la actualidad. Para ello, no basta sencillamente con saber deslizar los ojos por el texto, sino que es preciso saber decodificar significados, voces e intenciones”.

La iniciativa del Dr. Cabanchik ya había sido presentada en agosto de 2011, y obtuvo entonces la aprobación unánime de la Cámara alta. Por otro lado, esta fecha es reconocida desde 2008 por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires mediante la Ley 2480, pero recién a partir del 24 de 2012 tuvo alcance nacional.

A continuación se transcribe el texto completo del Proyecto de Ley, que fue promulgado por el Poder Ejecutivo Nacional:


  • Artículo 1º — Instituir el día 24 de agosto de cada año como “Día del Lector”, en conmemoración y homenaje al día del natalicio del escritor argentino Jorge Luis Borges.
  • Artículo 2º — Encomendar al Poder Ejecutivo Nacional la realización en dicha fecha de actos de divulgación de la lectura y de reconocimiento a la obra y a la trayectoria de Borges, como figura insoslayable de la literatura nacional y universal.
  • Artículo 3º — Invitar a las provincias y a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a adherir a la presente ley.
  • Artículo 4º — Comuníquese al Poder Ejecutivo Nacional.
  • Dada en la sala de sesiones del Congreso Argentino, en Buenos Aires, el día veintisiete de junio del año dos mil doce.

¿Para qué sirve leer?


Puede sonar una pregunta bastante pragmática. Por eso quiero compartir, desde mi vivencia personal, cinco razones por las cuales vale la pena leer. Los invito a hablar de la lectura más allá de su función en el aprendizaje, de ser supuesta transmisora de valores o de herramienta para tener mejores competencias en este mundo de desencuentros. Mejor hablaré de la lectura como aquella que produce un estremecimiento físico y psicológico bastante parecido a la felicidad.

Leer me da calma


Leer es un alto en el agitado ritmo de la vida diaria. Es, sin duda, una actividad que requiere de la calma, aquella que a veces perseguimos en el almuerzo o antes de dormir mirando insistentemente el celular y las redes sociales como en búsqueda de algo insospechado que nos saque de la rutina y al final nos acostamos cansados y medio vacíos de humanidad, de sentido. Usamos los dispositivos más increíbles que la tecnología haya creado para asuntos que no nos llenan y olvidamos que para nuestra fortuna allí también están los libros, en forma de apps, libros digitales y otros formatos que recogen esa emoción de esforzarnos por conocer algo que nos encanta y que requiere más de 140 letras para dejarnos satisfechos.

Saben los adultos con hijos y exceso de trabajo lo que vale la calma, lo que significa encontrarse consigo mismos en algún momento del día y conmoverse, enojarse o reírse a carcajadas de los asuntos más profundos o nimios de la vida y que se encuentran con gran efectividad en los libros. Para encontrar bienestar.

Leer es leer, hasta cuando parece no leer


Casi podría asegurar que el primer encuentro de los niños de mi generación con la literatura no fue precisamente a través de libros. Será un lugar común decir que hace unos años, nos desprendíamos con poco dolor de nuestras camas los fines de semana en busca de las adaptaciones animadas de los hermanos Grimm, o las fantásticas narraciones de “El narrador de cuentos” y no porque la televisión en sí misma nos gustara, sino porque estas historias en particular tenían algo de inexplicable, una inquietante sensación personal, casi privada, como si nos estuvieran hablando a nosotros mismos de nuestros sueños en la vida real o en una posible. Esa magia la logra la literatura, la buena, la que sacude el corazón de quienes la tienen cerca no importa el formato en que se presente.

Resultará muy raro hablar de la televisión, su archienemiga, en un texto sobre la lectura, pero habrá que hacer una pausa en esta larga disputa y reconocer cómo este medio, a muchos, nos permitió llegar a otros textos que lograron recuperar esa especie de paraíso que con el tiempo fuimos perdiendo entre los afanes del día y el consumo indiscriminado de entretenimiento. Valorar el formato impreso por encima de los otros es una limitación en la actualidad donde muchos poseen dispositivos que pueden guardar miles de libros y que permiten mayor acceso.

Para saber encontrar la literatura, la poesía donde quiera que vayamos.

Leer me hace libre


Rodari decía: “El uso total de la palabra para todos me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo” y creo que Rodari tenía razón, que había encontrado el pequeño guisante que lastimaba a la princesa del cuento clásico debajo de los colchones, cuando dijo estas palabras libertarias, porque reconoció lo incómodo que puede ser leer y escribir en un mundo que restringe, que no le conviene que pienses y digas mucho y que además está empeñado en que nunca tengas tiempo.

En esta realidad agobiante, la literatura para niños o para adultos (prefiero pensar que no existe una tal literatura para niños sino una literatura de calidad o no) resulta ser una manera de soltarnos de cadenas, de ver el mundo con los ojos de muchas personas, de salir de la realidad que se ha prefabricado para nosotros y adentrarnos en la intimidad de los otros para así sacar nuestras propias conclusiones. Ana María Machado, una admirada autora de libros para niños, decía que la única solución para evitar la enajenación, la única historia que crea la ideología –refiriéndose a la presente en los libros-, era la diversidad, la posibilidad de ver muchas perspectivas del mundo y me gustaría trasladar esa idea no solo a los libros sino a la vida en general. Cuando conocemos más aristas de un problema, cuando sabemos las causas y no solo los efectos somos más audaces, más profundos y más críticos. ¿Para qué sirve leer? Para pensar libremente.

Leer me conecta con otros y con el mundo


Leyendo he visto crecer en bibliotecas, escuelas, espacios públicos y hogares a niños más críticos, con más capacidad de asombro y con mejores herramientas para vivir en este mundo difícil que construimos. Niños que se duelen más por el otro, que conocen más el mundo, que tienen más clara su participación como ciudadanos y como hermanos, porque a través de los libros construyeron su subjetividad, una personalidad llena de voces y de experiencias que con palabras e imágenes llenaron su mundo de referentes culturales, emociones y realidades que les hicieron más humanos, más felices. Hace un tiempo escuché que no existe un lugar más seguro que un libro y pese a todos los contrargumentos que se me ocurren en el momento, podría asegurar que sí, que no habría un sitio más seguro para conocer acerca de la muerte, de la sexualidad, del amor, de la guerra y de la amistad que una historia que le pasa a otro, pero que nos pasa por dentro a nosotros, al identificarnos, al ponernos en los zapatos del otro y llenarnos de ideas y palabras para enfrentar lo que conocemos y lo que aún no. ¿Para qué sirve leer? Para reconocerme a mí y a los otros.

Para ser más feliz


La felicidad a veces la venden en botellas, viajes, objetos o en diplomas, pero a veces la felicidad se obsequia en la lectura en voz alta de una biblioteca pública; en espacios familiares como el Globo Restaurante – taller donde los libros inspiran la forma de la comida o se realizan talleres de lectura en familia y en muchos otros escenarios para las ideas que movilizan los libros. En la sonrisa de los niños cuando se emocionan por una imagen, una frase o una acción de un personaje, cuando leer no se trata de mí solamente sino del cariño que le entrego a un pequeño. Solo falta encontrar el tiempo para acompañar a los niños a encontrarse con los libros de una manera menos dirigida –escuela- y más orgánica como en el paradero, un restaurante, el parque. Que los niños vean leer a los padres y hablen de lo leído en la cena, estamos seguros, es más efectivo que las clases de lenguaje.

Que la felicidad no se vuelva una excusa tonta para justificar la necesidad de leer más en un país que desluce en pruebas de lectura y demás medidores de lo imposible. Visite las bibliotecas, lea en familia, regale un libro de cumpleaños, lea usted y después preocúpese por que su hijo lea -como en los aviones que debe ponerse usted primero la máscara de oxígeno para ayudar a otros.- La felicidad existe y existe en oposición a la tristeza. Resulta paradójico como identificamos la segunda con tanta eficacia y la primera se nos escurre de las manos cada tanto. No la deje ir.

Sobre Jorge Luis Borges


(Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) Escritor argentino considerado una de las grandes figuras de la literatura en lengua española del siglo XX. Cultivador de variados géneros, que a menudo fusionó deliberadamente, Jorge Luis Borges ocupa un puesto excepcional en la historia de la literatura por sus relatos breves.

Aunque las ficciones de Borges recorren el conocimiento humano, en ellas está casi ausente la condición humana de carne y hueso; su mundo narrativo proviene de su biblioteca personal, de su lectura de los libros, y a ese mundo libresco e intelectual lo equilibran los argumentos bellamente construidos, simétricos y especulares, así como una prosa de aparente desnudez, pero cargada de sentido y de enorme capacidad de sugerencia.

Recurriendo a inversiones y tergiversaciones, Borges llevó la ficción al rango de fantasía filosófica y degradó la metafísica y la teología a mera ficción. Los temas y motivos de sus textos son recurrentes y obsesivos: el tiempo (circular, ilusorio o inconcebible), los espejos, los libros imaginarios, los laberintos o la búsqueda del nombre de los nombres. Lo fantástico en sus ficciones siempre se vincula con una alegoría mental, mediante una imaginación razonada muy cercana a lo metafísico.