
- Por Ignacio Parisi
- ignacioparisi@elmilenio.info
El país. En el resabio de toda música que cale hondo hay otra melodía detrás, otra canción. Luis Alberto Spinetta, que el 23 de enero cumpliría sus 70 años está detrás de muchas músicas. De eso se trata un poco el arte en este caso. Hilvanar ideas que remiten a otras, que se entrelazan en el idioma del pentagrama y surgen en el escenario más encumbrado o en el incierto silbido de una calle cualquiera.
Spinetta trazó un camino particular, solo o acompañado. Su búsqueda temprana de hacer rock en español en un país en dónde el género se encontraba solamente vinculado con el idioma inglés lo terminó impulsando hacia un más allá que destrozaría cualquier estructura. El rock tuvo la fortuna de hallarlo, pero “El Flaco” era un artista incontenible.
En el banco sucio de la escuela garabateaba a los 15 años su “Barro tal vez”, contándole al mundo el “si no canto lo que siento me voy a morir por dentro”. Almendra fue el escenario de partida, los amigos, el barrio, la bohemia porteña y la osadía de poner en notas, palabras y ritmos un imaginario colosal.
El puntapié del llamado rock nacional en el amanecer de los 70 lo tuvo como ícono y referente. Almendra, su primera formación, sería un cuarteto de compañeros de ruta y un compendio de canciones al natural, despojadas de un concepto que atraviese la obra entera, pero llenas de poesía y melodías de esas que te desarman.
Almendra no estaba sola, en un contexto en el que tantas bandas fueron sacando a la luz una batería de simples que tiempo más tarde se volverían clásicos. Spinetta encontró en “Muchacha ojos de papel” su himno generacional, sin embargo nunca se regocijo en las mieles del hit y en cambio renegó de sus temas más populares y de la rentabilidad para seguir exigiéndose salir de la zona de confort y hacer aquello que de él nacía: componer.
A partir de allí Spinetta se extendió hacia proyectos como Pescado Rabioso, plagando de electricidad sus guitarras y poniendo el cuerpo a un sonido visceral o incursionando en nuevas armonías junto a Invisible.
Su carrera solista terminó de consolidar todo aquello que se avizoraba, Luis Alberto eligió las herramientas que quiso y decidió que su música ecléctica lo llevara a nuevos puertos, experimentando y poniendo en juego su sensibilidad para describir el mundo.
31 álbumes de estudio nos dejan enterrados en un pantano del que no queremos salir. Su despedida casi premonitoria junto a Las Bandas Eternas, es simplemente la pincelada final de un recorrido transcendente.
En última instancia su indescriptible obra nos deja plagados de interrogantes y apenas algún puñado de respuestas. Lo impulsa como un artista extraordinario y fiel a sí mismo, un arquitecto de la canción, que desde los cimientos indagó en una sola cuestión: la condición humana.
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