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¿Qué pasó con el bar Recreo Alemán La Campana?


La emblemática casona del barrio La Quebrada, referencia indiscutida para los vecinos del sector, hoy funciona como casa de familia y se encuentra a la venta. Durante la época dorada del turismo, fue un lugar de encuentro para los extranjeros de la zona y muchos turistas iban a visitarla.

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El bar “Recreo Alemán”, conocido popularmente como “Casa de la Campana”, funcionó entre las décadas de 1940 y 1960.

Colaboración: Simón Bossina, Valentín Acebal, Matías Allende y Máximo Migliori (4to IENM).

Corría el año 1944 cuando el matrimonio de Cecilia Celik y Adolfo Köster decidió trasladarse desde Buenos Aires a Río Ceballos e instalar allí su bar “Recreo Alemán La Campana”. Según cuentan sus nietos, Guillermo y Eduardo Köster, el establecimiento formó parte de la oferta gastronómica y cultural de la localidad hasta fines de los ‘60, durante la época de auge turístico para “la perla de Sierras Chicas”.

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El Milenio: ¿Qué saben de la historia de la casa?

Eduardo Köster: La casa tiene alrededor de 95 años. En sus inicios, la construcción incluía sólo la edificación del frente (que ahora se alquila), pero cuando mis abuelos vinieron a Río Ceballos (exiliados de Alemania) y se la compraron a una familia de la zona, construyeron la segunda parte (donde vivo yo actualmente) y abrieron el bar “Recreo Alemán La Campana”. Tenía salón, dos baños, cocina, comedor, dos habitaciones y tres piezas en el sótano. Es de estilo colonial y no se le ha hecho ninguna restauración estética desde aquella época.

EM: ¿Cuál es la historia de la campana y su relación con la casa?

EK: Mi abuelo Adolfo tenía un bar en Buenos Aires, en la zona de Puerto Madero, y allá compró la campana que fue construida por los presos de una cárcel. La tenía en la barra de su local y, cuando se trasladaron a Río Ceballos, decidió traerla. Se erigió el arco en la entrada y se colocó la campana encima.

EM: ¿Venían muchos extranjeros a la casa?

EK: Cuando era chico sí, porque si bien no funcionaba todavía el bar, la zona de Villa los Altos estaba habitada por un montón de personas de otros países, que venían escapando de la Segunda Guerra Mundial (de hecho, la mayoría de las edificaciones de la zona son de extranjeros), y mi abuelo se juntaba con ellos a tomar el té.

Guillermo Köster: Yo conversaba mucho con mi abuela, tomábamos mates los sábados a la mañana. Una vez me comentó que en una de las visitas vinieron alemanes del Tercer Reich que vivían en La Falda. No me dijo sus nombres y, si lo hizo, la verdad no me acuerdo.

El bar era un lugar de visitas seguro. Mucha gente viajaba de Córdoba a Río Ceballos sólo para venir al “Recreo Alemán”. Tengo una foto del ‘50 en la que mi abuelo está en el centro de una delegación de 70 u 80 personas que fue a Buenos Aires a visitar la cervecería Quilmes. Era un referente de la zona.

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“La campana fue construida por presos de una cárcel de Buenos Aires. Mi abuelo la tenía en la barra de su local y se la trajo cuando vinieron a vivir a Río Ceballos”, cuenta Eduardo Köster.

EM: ¿El bar estaba destinado principalmente a los hombres?

GK: No, era para hombres y mujeres, hasta había baños separados. Aparte no era sólo cervecería, también funcionaba como casa de té por las tardes. Recuerdo que una de las tartas más exitosas era la de manzana. Además, incluía la parte del jardín (que da a la calle Castelli), donde había unos pinos y unas mesas enormes. Era bastante grande, con mis abuelos trabajaban tres o cuatro mozos.

EM: ¿Se acuerdan alguna anécdota de aquellos tiempos?

EK: Yo era muy chico cuando vine a vivir acá, pero mucha gente grande me ha contado cosas de “La Campana”. Decían que era un lugar muy lindo, que los vecinos se juntaban a tomar cerveza a la noche y que mi abuelo era bastante jodido, como todo alemán, a veces se hacía muy tarde y los echaba a todos (se ríe).

EM: ¿Cuándo y por qué cerró el bar?

GK: Cerró en 1967-1968 porque mi abuelo enfermó de diabetes en el 65 y murió al año siguiente. Mi abuela mantuvo el bar abierto un tiempo más porque en esa época no había obra social y siguió trabajando para pagar la deuda que había quedado en el hospital de los meses de internación.

EM: ¿Ha quedado algún mueble original?

GK: Mi abuela me dejó unos seis jarros de cerveza y me pidió que los conservara. Es lo único que quedó del restaurante. Todo lo demás (botellas, mesas, sillas, etc.) se vendió cuando cerró.

EK: Puede haber algo dando vueltas todavía, pero lamentablemente en la inundación de 2015 perdí muchos muebles de la casa, fotografías y documentos de su historia.

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“El bar era un lugar de visitas seguro. Mucha gente viajaba de Córdoba a Río Ceballos sólo para venir al Recreo Alemán”, recuerda Guillermo Köster.

EM: ¿Por qué decidieron venderla?

EK: Porque ya tenemos cierta edad y queremos heredarle una parte de esta casa a nuestros hijos.

GK: Tristemente, lo cierto es que hoy la casona no se valora por su historia, sino solamente por la edificación.

EM: ¿Y se va a vender con la campana o sin ella?

EK: Y… Esa es la gran pregunta. Yo creo que me la voy a llevar, no me gustaría venderla. Lo que pasa es que es como la insignia de la casa. Muchos vecinos la usan como referencia para decir, por ejemplo, “a dos cuadras de la campana” o “en la esquina de la campana”.

GK: Hace unos años visité La Cumbrecita y encontré un negocio que también se llamaba “La Campana”. Entré y les comenté de nuestra casona. Me dijeron que la conocían y me ofrecieron comprar la campana y todo, pero les respondí que no estaba en venta. Creo que es un bien simbólico para Río Ceballos y parte de su historia, es algo que no tiene precio.

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