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Volvió el alma


Volvió el alma 1

Frente a los embates del tiempo Scola responde: esfuerzo. Frente al atleticismo y la imponencia física «Luifa» responde con fundamentos. Ante cada obstáculo que establece el juego, Scola responde con la tranquilidad que solo brinda la experiencia.

A Campazzo le recomendaron mantenerse en clubes locales, por su estatura. Utilizar su entusiasmo para hacerse de una carrera respetable, pero no trascendente. Sumergido en su estilo eléctrico ahora se la pasa lacerando las defensas más robustas de Europa con pelotas que son veneno puro. Sus lapidarias corridas se clavan como estacas en la pintura, su empuje se vuelve incontenible.

La selección argentina de básquet es un virus contagioso, escurridizo, atraviesa el tiempo. Por eso, poco importa que Máximo Fjellerup o Agustín Caffaro no hayan tenido memoria cuando la Generación Dorada se alzaba sobre el Olimpo en Atenas. Este virus se transmite de manera inexorable, de duela en duela, desde Bahía Blanca al duro verano de Colonia Dora en Santiago del Estero.

Y ahí va Argentina una vez más, impregnando a propios y extraños de un sentimiento rebelde, el de los que desean lo que les dijeron que no pueden.

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Facundo Campazzo se enfrenta al gigante Rudy Gobert. David ante Goliat en un duelo inolvidable.

Argentina martilla sobre Francia y Serbia con la paciencia de un orfebre, sin esperar la victoria rápida. Confía en el proceso y sabe que los gigantes no caen por el primer golpe ni por el último, sino por todos los pequeños arrebatos que hay entre medio.

Si alguien se apresura ante la emoción primitiva al ver tan cerca el triunfo, “Oveja” Hernández se encarga de traerlos a todos al rebaño de nuevo.

Es un grupo consciente de sus defectos. Se repliega detrás de un escudo colectivo. Obstruye el perímetro y conduce a sus rivales a un embudo cada vez más angosto. En ese espacio ínfimo los 2,16 metros de Gobert valen lo mismo que el 1,78 de Campazzo, y en el básquet como en la vida, cuando las fuerzas se igualan lo que prevalece es el corazón. Las potencias se desesperan.

Los gigantes ya no saben por dónde vienen los golpes. Argentina parece cambiar las reglas tácitas del juego a su antojo, y en una disciplina que se disputa en el aire, el combinado nacional elige e impone ir por tierra.

Aparece Garino para anular a quien sea que lidere la ofensiva contraria. Vildoza, el tercer base argentino, entra en cancha y la sinfónica no desentona. Laprovittola alterna entre su magistral manejo de balón y el overol de perro de presa para asfixiar a los guardias de Francia.

Cuando el marcador se aprieta en tierras asiáticas, la figura de Scola se alza con la misma fuerza que la Muralla China, el mismo material, los mismos cimientos. Los especialistas internacionales observan perplejos. “¿Ese no es el mismo que hace 13 años jugaba al lado de Yao Ming en Houston?”, se preguntan. Mientras tanto, el capitán, la pide faltando pocos minutos. Campazzo lo asiste y el ala pívot les da un respiro a sus compañeros con un triple en la cara del mejor defensor de la NBA. Francia cae aturdida, haciendo el mismo ruido que Serbia.

Scola se señala, pero no para hacer gala de su nombre y su actuación, sino para mostrarle al mundo el nombre de su país, de su equipo. Ya no acepta más cuestionamientos, “ganamos los partidos porque jugamos mejor que el resto”, remarca para no dejar espacio a los titulares que hablan de milagros o suerte.

Ante España la historia es distinta, la selección ibérica conoce a la perfección nuestro básquet, y es el único combinado capaz de trazar un paralelo en presencia y personalidad ante Argentina.

Volvió el alma 3
Otro capítulo emocionante de una historia sin fin. El mundo del básquet vuelve a rendirse ante la selección argentina.

En la última batalla los capitaneados por “Luifa” chocan contra una armada capaz de perforar la granítica defensa albiceleste. Marc Gasol toma la posta de su hermano y se vuelve eje en la llave. Ricky Rubio aplica a la perfección un plan conservador, que tiene como objetivo no caer en el vértigo de Argentina. España domina con autoridad.

Los minutos se agotan y luego de caer en el caos de la derrota durante breves posesiones, el equipo argentino recuerda quién es, de qué está hecho. Los perimetrales recorren la pista frenéticamente intentando limar distancias imposibles en el marcador. Gabriel Deck, orgullo de la humilde Colonia Dora, embiste contra el colosal pívot catalán en una lucha que conmueve.

Sus robos terminan en volcadas y una ilusión efímera vuelve a apagarse. España es campeona del mundo.

“Les ganamos porque les temimos. Sabíamos que ante ellos no es posible guardarse nada”, sostiene Sergio Scariolo, comandante del conjunto español y actual campeón de la NBA.

Los dirigidos por Hernández caen de pie, dando muestras de un amor propio que se convierte en mensaje. Tal cual lo explicó el cerebro de la selección días atrás, ver jugar a este grupo humano es educación.

“Muchas veces los límites de los equipos están dados por los límites del compromiso”, expresó Rubén Magnano. Es entonces, cuando al fin nos damos cuenta, la selección argentina de básquet no tiene límites.

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