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Mil historias y un destino: un repaso por la vida y obra de Cristina Bajo

A 22 años de la aparición de “Como vivido cien veces”, la Saga de los Osorio llega a su fin con “Esa lejana barbarie”, la novela de reciente aparición que Cristina Bajo presentó el pasado 29 de septiembre en Villa Allende. En una oportunidad exclusiva, El Milenio dialogó a fondo con la reconocida escritora cordobesa sobre su infancia en Cabana, la revelación temprana y la consagración tardía de su vocación, sus proyectos actuales y sus reflexiones tras 80 años de una vida con muchas vueltas, pero un solo destino.


Por Lucía Argüello | luciaarguello@elmilenio.info


En la casa de Cristina Bajo hay muchas flores. Secas, de plástico o recién cortadas. También abundan los platitos y tasas de porcelana o cerámica, recuerdos propios y ajenos o regalos de sus admiradores que coexisten con una perra tímida y tres gatos recelosos que no se ven, pero están.

Aunque si hay un elemento omnipresente en todas las habitaciones ese es, sin lugar a dudas, los libros: dieciocho estanterías repletas de tomos de todos los géneros y edades se distribuyen a lo largo de las paredes, más unos cuantos ejemplares que andan sueltos en algunos muebles o sillas. “Los libros hay que tenerlos a la vista, sino es como que uno le pone una vuelta de llave a su cabeza”, sostiene la escritora.

Cada rincón de la vivienda lleva el sello inconfundible de su moradora, combinando lo clásico y lo moderno, lo antiguo y lo nuevo, como la propia Bajo, una mujer de 80 años que lee Juego de Tronos en una tablet y escribe novelas que transcurren en 1800 en una computadora que, aunque hace varios años ya reemplazó a la vieja máquina de escribir, se asienta cómodamente en un añoso escritorio que ya ha visto pasar muchas primaveras.

“Los libros hay que tenerlos a la vista, sino es como que uno le pone una vuelta de llave a su cabeza”, sostiene la escritora.

Como su dueña, se trata de una casa que esconde más de lo que muestra. Sentada en la cabecera de la elegante mesa del living, con las manos sobre su bastón, “la nueva gran dama de la literatura argentina”, como supo llamarla el periódico español El País, tiene un aspecto señorial y distinguido, con un aire serio y un tanto intimidante que se desploma ni bien empieza la charla, entre risas, anécdotas, una larga lista de recomendaciones literarias, detalles históricos desconocidos y reflexiones varias sobre la vida y otras yerbas.


Vida de novela


Definitivamente, el de Bajo es el hogar de una escritora, y la propia vida de esta escritora es material digno de novela. Nacida en la ciudad de Córdoba el 17 de junio de 1937, Cristina Bajo Arias pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia en Cabana, mágica tierra que le brindó muchos años de una felicidad por siempre añorada y recuerdos que hoy atesora con reverencia. Unos padres apasionados y poco ortodoxos le inculcaron el amor por la historia y la literatura, y hasta el día de hoy, sus ojos se encienden al hablar tanto de éstas, como de aquéllos. Fue en esos años que aparecieron los primeros rasgos de lo que después sería la Saga de los Osorio.

Sin embargo, como siempre ocurre en los grandes relatos, su camino dio varios giros antes de revelarle su destino. Como buena geminiana, Bajo ha sido una auténtica polirubros: fue maestra rural, cocinera por encargo, vendió desde libros hasta madera, cacerolas y cosméticos, tejió, bordó tapices infantiles, diseñó ropa artesanal e incluso supo redactar cartas para vecinos de las sierras que no sabían escribir, quienes le pagaban con un pollo, algo de pan o una docena de huevos.

Mientras tanto se casó, se separó y tuvo dos hijos que hoy le han regalado unos cuantos nietos. Durante todo este tiempo, Bajo seguía escribiendo, sin pensar en publicar, como una terapia que la alejaba de los problemas cotidianos.

Finalmente, en 1995, se alinearon los astros. Acosada por la enfermedad y temiendo morir sin que sus hijos supieran qué había hecho durante todas esas horas frente a la máquina de escribir, cedió a la presión de un amigo, Javier Montoya, quien estaba decidido a publicar ese borrador que tanto había fascinado a su esposa, Silvina Rivilli. Así apareció “Como vivido cien veces”, de Ediciones del Boulevard, casi cuarenta años después de que su autora comenzara a escribirlo.

El libro tuvo un éxito tan inmediato como sorpresivo, no sólo en Córdoba, sino también en Buenos Aires, dando el puntapié inicial de una prolífica carrera. Aunque la novela histórica siempre fue su género de cabecera, Bajo también ha escrito varias antologías de cuentos, leyendas y memorias e incluso un libro de cocina. En 1998, fue elegida “Mujer del Año” de la provincia de Córdoba. En 2004 fue galardonada con el Premio Literario Academia Argentina de Letras por su antología “Tú, que te escondes” y en 2005, con el Premio Especial Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por “El jardín de los venenos”.

Como supo decir El Milenio en otra ocasión, “la de Cristina Bajo es una historia llena de historias”. Hoy, mientras “Esa lejana barbarie”, el quinto y último libro de los Osorio, agota ejemplares en las librerías del país, la escritora, a sus 80 años, disfruta de un merecido reconocimiento y comparte algunos de los vericuetos de su larga travesía por la vida en esta entrevista.


Entre libros y algarrobos


Los espero en Cabana”. Esa fue la respuesta de Cristina Bajo cuando le preguntaron, hace algunos años, cuál sería su epitafio. Y es que, a pesar del tiempo transcurrido, este barrio unquillense con aire de villa serrana independentista, siempre será, para la escritora, “su lugar en el mundo”. Llegó en 1944, cuando tenía seis años, y se fue a los 27. En el medio, estudió con las monjas de Unquillo y Río Ceballos, despertó su encanto por la literatura y la historia, aprendió a amar la naturaleza tranquila de las sierras y escribió las primeras páginas de la novela que la llevaría a la fama cuarenta años después.

“Lo que más extraño es vivir en las sierras”. Foto: Lucía Argüello

¿Qué recuerdos guarda de su infancia en Cabana?

De Cabana guardo recuerdos muy lindos y considero que hemos sido una familia afortunada porque, aunque hemos pasado algunos malos ratos, mis cinco hermanos y yo tuvimos una infancia hermosa y siempre recordamos aquella época con nostalgia.

¿De dónde viene su relación con la literatura?

De casa. A nuestros padres les gustaba mucho leer y eso que ambos eran hijos de extranjeros que vinieron muy mal de España económicamente. Mi mamá siempre nos leía, nos enseñaba música clásica, pintura. Era una persona muy estimulante. Recuerdo que nos llevaba a la quinta, nos enseñaba a desyuyar, a hacer dulce, a zurcir las medias, a cocinar, a limpiar. A chicas y chicos por igual (al día de hoy, mis hermanos cocinan mejor que sus mujeres).


“A la tarde, cuando hacía frío, mi mamá nos encerraba en la cocina y nos leía poesías de Juana de Ibarbourou, la Historia Sagrada, el Martín Fierro y cuentos de Dickens”.


¿Tenían muchos libros?

Muchísimos. Mis padres siempre iban a Buenos Aires y traían las últimas obras de autores entonces nuevos, como Aldous Huxley o García Lorca. Mi papá se había recibido de Proyectista y Arquitectura (aunque trabajaba mucho como ingeniero) y le encantaban los libros de historia. Mi mamá era ama de casa, pero escribía, pintaba, leía mucho y compraba revistas extranjeras todo el tiempo. La nuestra era una casa con mucha cultura.


“Me acuerdo que, cuando visitaba las casas de mis compañeros, muchas veces volvía horrorizada diciendo ‘mamá, ¡no tienen biblioteca!’. Para mí una casa sin libros era incomprensible”.


En un momento teníamos tantos, que ya no sabíamos dónde ponerlos. Así que mi papá compró un ropero enorme, de tres o cuatro puertas, le hizo unos estantes y empezamos a guardar los libros ahí.

“Vuelvo habitualmente. Cabana no está tan diferente”. Foto: Lucía Argüello

¿Qué es lo que más extraña de aquellos años en Cabana?

Lo que más extraño es vivir en las sierras. Vos a mí me das sierra, piedra, árboles y agua, y ya estoy. En la última casa que teníamos, nuestro dormitorio daba al arroyo y en verano dormíamos con la ventana abierta. ¿Vos sabés lo hermoso que es apagar la luz y dormirte con el sonido del agua corriendo? ¡Y los animales! Pájaros de todo tipo, zorros, liebres, incluso vi un puma una vez, con mi hermano, cuando tenía ocho años.

Nos habíamos escapado a la siesta para no dormir y bajamos al arroyo a pescar mojarritas o algo así. Mientras estábamos en eso, un puma saltó desde dos metros de altura y cayó al frente nuestro, del otro lado del vado. Con mi hermano nos quedamos paralizados. El bicho vino y se puso a tomar agua, sin quitarnos la vista de encima, después dio la vuelta, saltó y desapareció. Eso para mí fue mágico.


“Cuando vos vas a las sierras, en mi experiencia, es como que te hacés uno con la naturaleza y te sentís de otra manera. Yo creo que, si le damos un respiro a la naturaleza, reacciona inmediatamente”.


¿Vuelve habitualmente a Sierras Chicas? ¿Lo ve muy diferente a como lo recuerda?

Sí, vuelvo habitualmente. Cabana no está tan diferente. La parte donde yo vivía sí, porque es la que está más cerca de Unquillo, la llamada Villa Cabana en aquel entonces, pero en la zona donde alquilo y voy de vez en cuando, justo al pie del Cerro Mogote, no hay mucho nuevo, está todo como era antes. Hasta hay un zorro que viene todos los días. Hace rato que quiero volver a vivir allá, a una de mis antiguas casas o alguna de las que hizo mi padre, pero me piden una fortuna.


Primeras palabras y vida polirubro


Una tarea del colegio desató en la pequeña Cristina Bajo un torrente de palabras que ya no se detendría nunca a lo largo de su vida. Sin embargo, antes de que sus escritos vieran la luz, pasó por una serie muy variada de trabajos, de los cuales siempre supo disfrutar y aprender.

¿Cómo empezó a escribir?

A mí me gustaba mucho leer y escribir, desde siempre, y en ese entonces, en el primario, había una cosa que nos motivaba mucho y era que todos los días teníamos tareas de composición y lectura. El primer día que yo llego al colegio de monjas de Unquillo, poco después de Semana Santa, nos dieron una típica consigna de redacción: ¿qué hiciste en las vacaciones?

En aquel momento, mi mamá nos estaba leyendo “Capitanes valientes”, de Rudyard Kipling, un libro sobre dos chicos que son grumetes y viajan en barco hacia tierras lejanas. Y yo estaba enamorada de Nueva Zelanda, investigaba en la enciclopedia e iba armando cuadernitos con descripciones de los animales, las plantas, etc. Entonces, ¿qué se me ocurre escribir? Un viaje a Nueva Zelanda en barco.

Al otro día llega la monja con todos nuestros cuadernitos y me dice: “Vos no has ido a Nueva Zelanda, ¿por qué escribiste esto?”. Entonces yo le cuento toda la historia de que mi mamá nos estaba leyendo un libro y demás. Cuando termino, me contesta:


“La próxima vez que te dé una tarea, escribí sobre lo que yo te pido, pero escribís muy bien. Cuando termines los deberes a la tarde, yo te voy a enseñar a escribir”.


Y ella me enseñó, la hermana Esther. Fue en 1947 más o menos, yo estaba en tercer grado, que sería el cuarto de ahora. Me daba ejercicios, un día tenía que poner todos los adjetivos que se me ocurrieran para describir cómo eran los ojos, otro día tenía que describir la expresión de esos ojos y así. Realmente era muy buena la educación de aquel entonces y la hermana Esther era una monja muy abierta, me dejaba hacer dibujitos en la esquina del cuaderno. Hasta el día de hoy yo elijo las tapas y las ilustraciones de mis libros.

Los colegios religiosos tienen fama de ser estrictos, pero parece que en su caso no fue así

Yo no sé si he tenido suerte o qué, porque todos los que han pasado por colegios religiosos te dicen que las monjas son malas, pero a nosotros nos tocaron monjas muy buenas. Hasta mi hermano, que es ateo, de izquierda y extremadamente crítico, coincide en eso. Nosotros estábamos medio pupilos, nos quedábamos todo el día, desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde y a veces más, porque por ahí a mi papá se le descomponía el auto cuando andaba trabajando por ahí y venía como a las doce de la noche.

Las monjas nos llevaban de acá para allá, cosechábamos verduras en la quinta, buscábamos huevos, ayudábamos a poner la mesa y a lavar los platos, nos enseñaban a hacer lámparas votivas y ostias y nos dejaban comer los pedazos de ostia que sobraban. Hoy capaz que lo considerarían trabajo infantil, pero para mí fue hermoso, el colegio era como un segundo hogar realmente. Después hice el secundario con las monjas de Río Ceballos, que eran más distantes si se quiere, aunque tampoco la pasé mal con ellas.


“El colegio de monjas de Unquillo fue crucial en mi educación, en mi formación, en mi vida y en todo”.


A lo largo de su vida tuvo muchos trabajos y oficios, ¿cuál diría que fue el más importante?

Todos en su momento sirvieron para algo, pero tener la librería me encantó, lástima que en una época muy mala tuve que cerrarla. Aparte pienso que era mala administradora, era poner el zorro a cuidar las gallinas, la mitad de los libros terminaban en mi casa. Pero fue muy lindo, me gustaba mucho el trato con la gente. Cuando venía alguno que quería comprar un libro pero no sabía cuál, yo le hacía un test y veía qué era más o menos lo que le gustaba para recomendarle uno. Siempre se iban contentos y después me traían más gente. Era un arte. La lectura en la vida diaria es fundamental, no sólo como distracción, sino como formación, te ayuda a pensar.

De cualquier forma, todo lo que hice me gustó. En un tiempo que estaba económicamente muy mal, preparaba viandas para una vecina que no le gustaba cocinar (y cuyo marido se vivía quejando) y hasta eso disfruté, porque me encanta cocinar. Todo fue como un reto o una aventura para mí, y eso que hice muchas cosas: vendí libros, cacerolas, cosméticos, hice tapices infantiles, ropa, tejidos y hasta tuve una venta de madera.


“Tengo 80 años y no tengo un trabajo fijo, porque en una de esas mis libros, de golpe, se dejan de comprar. Por suerte parece que no va a ocurrir, al menos por ahora”.


De amores, guerras y el nacimiento de un país


La adoración de Cristina Bajo por la literatura sólo es comparable con el entusiasmo fervoroso que profesa hacia la historia, otra herencia parental. En su juventud, se vio fascinada por los relatos de esa turbulenta época que muchos historiadores llaman la “formación del Estado argentino”, y otros tantos, “guerra civil argentina”, un período caótico y oscuro de la vida nacional cuyos hechos más importantes suelen ser desconocidos por el común de la gente.

Eso, sumado a la inspiración de “Historia en dos ciudades”, de Charles Dickens, la película y el libro homónimo “Lo que el viento se llevó”, la obra del irlandés Walter Scott, fundador de la novela histórica, y el encuentro casual en algún texto con un tal Osorio que había llegado a Córdoba con Jerónimo Luis de Cabrera; fueron los ingredientes que dieron origen a la saga insigne de Cristina Bajo, que comienza en 1828 con la muerte de Dorrego y termina en 1855 con la caída de Rosas.

Así, a través de los devenires, peleas, amores y desencuentros de tres generaciones de la entrañable familia Osorio, Bajo no sólo pinta un detallado cuadro de la vida cotidiana del siglo XIX, sino que recrea aquellos tumultuosos años de luchas intestinas que vieron nacer al país que hoy llamamos Argentina, reivindicando dos elementos que frecuentemente son pasados por alto: la visión del interior (particularmente de Córdoba) y el lugar de la mujer.

The Shoemaker
The Likeness by Phiz (Hablot K. Browne). Illustration to Dickens’s A Tale of Two Cities.

¿De dónde viene su pasión por la historia?

De papá. Mamá leía muchas novelas históricas, pero papá leía historia. Siempre tenía un libro de historia abierto. De hecho, lo que hizo que yo empezara con la Saga de los Osorio fue un libro que me regaló él, la vida de Juan Facundo Quiroga escrita por Ramón Cárcano.

Ahí vi una escena que me impactó mucho y fue como un puntapié: la escena donde los hermanos Reynafé deciden matar a Quiroga. La casa de Tulumba al atardecer, la campana de la capilla llamando a rezar, las mujeres con los rosarios y los breviarios en la mano y los hombres apartados, bajo la sombra de un árbol, hablando sobre cómo van a asesinar al caudillo riojano. Ese contraste me fascinó: las mujeres en babia, vestidas de blanco, con sus rosarios; y estos facinerosos que en un rato iban a entrar a rezar con ellas diciendo “¿cómo lo matamos?”. Fue algo que me quedó grabado.

Cuando mi hermano vio que me entusiasmaba tanto con el tema, me regaló una serie de novelas históricas de Manuel Gálvez que relatan la guerra civil argentina. Mientras tanto, mi papá me dio las memorias del general Paz. Para mí fueron grandes disparadores.

¿Y cuándo vio la luz el primer Osorio, literariamente hablando?

El primer Osorio, que fue justamente Luz, en 1957. Cuando yo empiezo el libro, lo hago imaginando la primera escena: Luz sentada en la cocina de Los Algarrobos mientras la negra Severa le cuenta del linaje de los Osorio, de sus antepasados.

Escribir, escribía desde siempre, pero la historia de los Osorio empezó ahí. Aunque antes de empezar a escribirla lo que hice fue juntar información. Tenía carpetas y carpetas llenas de recortes sobre distintos temas o aspectos de la época como medios de transporte, indumentaria, peinados, libros, modismos, etc.


“Para la Saga de los Osorio empecé a investigar a los 17 y a escribir, a los 20”.


Y no sólo eso, mi papá me llevó a visitar todas las estancias y me regaló un libro titulado “Arquitectura colonial argentina”, con dibujos de Johannes Kronfuss. Si yo quería hablar de tal convento, ahí tenía el plano. Todas las casas que describo en el libro existen o existieron realmente.

¿Ya avizoraba escribir una saga?

Pensaba escribir una historia como “Lo que el viento se llevó” tomando la muerte de Dorrego y la de Quiroga. Pero empecé a leer y descubrí muchas cosas más. Entonces, cuando comienzo a escribir el segundo libro (que era sobre Laura y no tenía nada que ver con el primero) decidí ponerle unos años menos y hacerla prima de Luz, con lo cual ya tenía formada una sociedad. Después ya fue cosa de coser y cantar, como quien dice.

Continúa después del ping pong de preguntas y respuestas…


Ping pong


A pesar de su naturaleza geminiana que le complica las cosas a la hora de elegir una sola opción, El Milenio logró hacer un ping pong de preguntas y respuestas con Cristina Bajo para descubrir algunos de sus “favoritos”.

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¿Un color?

Azul, pero no para vestir.

¿Un animal?

Gato. Aunque también me gustan los caballos y los perros.

¿Una comida?

Papas fritas, sobre todo de noche, cuando estoy medio rallada.

¿Un libro?

Un Dickens o tal vez un Austen.

¿Un lugar en el mundo?

Cabana.


¿Qué fue lo que más le llamó la atención durante su exhaustiva investigación?

Hay una cosa que a mí me interesó mucho y es el trato de los amos con los esclavos, por lo menos en Córdoba. Yo estudié muchos documentos, y no sólo aquellos públicos, que siempre se escriben para la posteridad, sino fundamentalmente documentos privados, como cartas o testamentos, y encontré muchísimas muestras de buena convivencia con los negros que desmitifican un poco esto de “qué malos que éramos”.

Resultado de imagen para africano dibujoEl negro estaba asimilado a la sociedad, los esclavos no sólo servían, sino que convivían con las familias y había un trato bastante afectuoso. Legalmente, en los testamentos y herencias, aparecían como los “familiares”, concepto que al principio me costó bastante descifrar. Les dejaban herencias importantes, desde ropa fina (que en ese momento era muy valiosa) hasta propiedades. Leí un acta del 1700 y pico donde un hombre le vendía a otro una estancia en Salsipuedes y le dejaba los esclavos, pero se llevaba al negro fulano que tenía 90 años y estaba ciego. “Me lo llevo conmigo porque mucho lo quiero y deseo que termine sus días en mi casa”, decía. Y como ese, varios casos.

No quiero decir que todos fueran buenos, pero los malos eran los menos. Incluso muchos ingleses lo destacaban en sus cartas. Yo creo que es algo que tiene que ver con la influencia de los jesuitas, un hecho que distinguió a Córdoba, porque en Buenos Aires la relación era más distante e incluso había maltrato. El propio Rosas instituyó de nuevo la esclavitud y tenía un negrito en su casa al cual dejaron idiota de tanto golpearlo. Sin embargo, los negros lo adoraban, era el jefe, los visitaba, había como una cuestión demagógica y enfermiza del encanto del líder.

¿Y la relación con el indio cómo era?

La relación con el indio en realidad fue bastante buena desde el principio. Ojo, no hay que caer en el error de confundir a estos indios con los ranqueles, que eran otro pueblo que venía de Chile y atacaba al nuestro. Los ranqueles se asientan en Argentina cuando empieza la guerra civil porque desmantelan los fortines.

Los indios nuestros en general han estado muy aceptados. Hubo problemas con los más agresivos, que estaba en el norte, pero ¿los comechingones? Ni hablar. Es más, Jerónimo Luis de Cabrera hace fundar la ciudad de este lado del Suquía porque del otro había un asentamiento indígena y el rey había ordenado que se respetaran esos sitios. Los indios tenían un estatus legal muy similar en derechos al del blanco, aunque no se respetara en la práctica, y el rey mandaba a hacer inspecciones cada tanto. El libro “Noticias secretas de América”, de Belgrano Rawson, habla de eso.

No éramos tan bárbaros…

Para nada, los Osorio representan eso y no es algo tan extraño, porque la gente buena se suele rodear de gente buena. La relación de los Osorio con sus esclavos y peones, yo la viví. Antes había un humanismo diferente. Yo andaba a caballo con los hijos de los peones y al día de hoy, los empleados que supo tener mi familia me saludan con afecto porque mis padres siempre fueron justos, correctos y bondadosos con ellos.


“Todavía nos juntamos cada tanto en la casa de la Niña Esther, una criolla humilde pero muy respetada de Unquillo, donde se reúnen los más ricos y los más pobres por igual a tomar mates todos juntos”.


Aparte, el interior era culto, y de todas las provincias, Córdoba era la más avanzada en ese sentido, incluso con respecto a Buenos Aires. Acá en el año 1700 nosotros hacíamos tertulias culturales donde se leía poesía, se escuchaba música buena, se daban obras de teatro. La primera escuela para niñas con enseñanza de lectura y escritura se fundó en Córdoba.

¿Y de dónde viene esa imagen tan diferente que tenemos hoy en día de Buenos Aires igual civilización e interior igual barbarie?

Es que la historia la escribieron los porteños. Desde siempre, Buenos Aires concentró todo el poder, político y económico. Hoy en día, si editás un libro acá, es un milagro que salga de Córdoba. Si a Buenos Aires no se le da la gana de mandar mi libro a Salta o a Mendoza, no llega. Y eso también es culpa de las provincias, que no se compran entre ellas, sino que traen todo de la capital. Y con la historia pasa lo mismo.


“Nos acostumbramos a que la historia venga de Buenos Aires y no debe ser así. Hay que leer la historia de tu lugar escrita por alguien de tu lugar, no dejar que te la escriba otro, porque siempre la va a ver de otra manera”.


Definitivamente, si usted hubiera nacido en 1800, sería federal

Hubiera sido federal, pero de las auténticas, porque hasta el día de hoy me encanta la idea de que las provincias sean más hermanas.

Muchos de sus libros y relatos se ubican en esos agitados primeros años de la historia argentina, ¿qué es lo que la atrae tanto de esa época?

Lo que me atrajo fue la guerra civil. Con el 25 de Mayo hay un quiebre total en la Argentina, a nivel político, social y económico. Y uno ve que a partir de ahí vamos de mal en peor, hasta que llegamos a la muerte de Dorrego y ahí se arma el zafarrancho que dura hasta 1856. Entonces, mientras leía yo pensé: acá está la raíz del mal, la fuente de nuestra decrepitud como país.

Por eso quise desarrollar esa época, porque me parece crucial en vista de lo que pasó después. Y aparte para poner un poco de claridad en el tema de unitarios y federales, porque la diferencia entre ellos no era tan profunda como se cree. El problema fue Rosas. Él, que se decía federal, fue el más unitario de todos, y de hecho finalmente fue derrotado por Urquiza, un verdadero federal. La pelea no era de las provincias entre sí, sino del interior con Buenos Aires y el régimen rosista.

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¿Cómo definiría a Rosas después de haberlo investigado tanto?

Rosas fue un tirano, pasó por encima de todas las leyes y eso quedó más que claro cuando ordenó el fusilamiento de Camila O’Gorman, una joven de clase alta que se había enamorado del cura Ladislao Gutiérrez y había huido con él. Ambos fueron asesinados sin juicio. Ella tenía 17 años y estaba embarazada. Se saltó todas las leyes, humanas y cristianas. No había ningún antecedente de que se condenara a muerte a una mujer por algo así. A las mujeres muy rara vez se las mataba, en Córdoba hubo una sola mujer condenada a muerte en 400 años.

Ni siquiera leyó las cartas que le escribieron los jueces, donde todos se oponían a la sentencia de muerte. Y siempre dijo que “no se arrepentía de nada”. A raíz de las indagaciones que hice, tengo la teoría de que Rosas estaba enamorado de Camila, por eso actuó con tanta alevosía. El asesinato de la joven fue el detonante de su caída.

¿Cuál es el mensaje final de la Saga de los Osorio?

Yo terminé la historia con la caída de Rosas porque quería dar la idea de que podemos entendernos, que podemos llegar a una especie de paz, a una especie de pacto o concordia social. No quería terminar en que empezamos todo de nuevo. La Saga llega hasta 1855 para dejar esa apertura, esa ilusión de que todo puede estar bien y que la gente a la vez reflexione sobre cómo podrían haber sido las cosas.

¿Por qué eligió la novela histórica como género de cabecera?

Como tantas otras cosas, es algo que viene de mi niñez, pero un autor que me marcó especialmente fue el escritor escocés Walter Scott. Tras las guerras entre Escocia e Inglaterra durante el siglo XVIII, el pueblo escocés queda muy destruido, sobre todo moralmente. Los ingleses desarman su sistema económico y social, les quitan sus vestimentas tradicionales y les prohíben hablar gaélico, así como tocar la gaita.

Entonces Walter Scott, para levantarles el ánimo, empezó a viajar por todos esos pueblitos metidos en las montañas recogiendo baladas tradicionales que hablaban sobre los valerosos héroes y las grandes gestas de los escoceses, y le fue tan bien, que decidió convertirlo en novela, inventando así la novela histórica tal como la conocemos hoy.


“Walter Scott afirmaba que la novela histórica es la forma de enseñarle al pueblo, que normalmente no accede a textos académicos, su propia historia. Por eso una de las principales condiciones es la fidelidad a los hechos”.


Cuando empecé a indagar sobre la guerra civil argentina me di cuenta que, a pesar de tener mucha lectura encima, había un montón de cosas de las cuales nunca había escuchado hablar, como la batalla de La Tablada, que sucedió acá mismo, en Córdoba, y tuvo importantes repercusiones. Entonces pensé “esto se lo tengo que hacer llegar a la gente” y decidí usar el mismo método que Walter Scott.

Y en esta tarea tan delicada y fundamental de comunicar la historia, ¿cómo se trabaja el límite entre ficción y realidad?

Yo le dejo la ficción a los personajes. Los Osorio son personajes ficticios, no reales, si bien en algunos casos están basados en personas que sí existieron, como Luz, que es una combinación de tres mujeres de su época: Juana Manuela Gorriti, Mariquita Sánchez de Thompson y Eduarda Mansilla. Todo lo demás, el telón de fondo sobre el que transcurre la acción, es historia.

Los Osorio son para Cristina Bajo lo que los Buendía para García Márquez. ¿Cómo fue despedirse de una historia que la acompañó tantos años?

Me dolió mucho, quedé como vacía. Esta saga era parte de mi vida cotidiana. Todos los días me quedaba hasta tarde escribiendo y a la noche, cuando me acostaba, me ponía a pensar si me había olvidado de algo y tomaba nota en una libretita que tengo al lado de la cama. A la mañana, cuando me despertaba (tarde) ya sabía qué iba a corregir, entonces pensaba qué iba a escribir ese día. Realmente llenaba mis días. Ahora me acuesto… ¿y? Es horrible. Ni hablar si me acuerdo de algo que no puse ahora que ya está publicado el último libro.

¿Y actualmente tiene otros proyectos?

Sí, particularmente dos. El primero es un proyecto muy querido y bastante avanzado sobre las primeras capillas de la ciudad de Córdoba. Y el segundo es un libro que me ha pedido la editorial Edhasa sobre mitología griega para niños.

Se decidió a publicar a los casi 60 años…

En realidad, no me decidí, me obligaron.

Después de años de escribir en silencio…

¡Es que nadie quería leer lo que escribía! Mis padres siempre me apoyaron, pero la única amiga a la que realmente le podía confiar esto no estaba en el país (y en aquel entonces todavía no existía Internet). De los demás, ninguno me quiso leer. Muchas amigas después me pedían que les regale el libro y yo les dije “no queridas, ustedes tuvieron la posibilidad de leerlo y nunca me quisieron apoyar. Ahora, lo compran. Y si no lo compran, me importa un comino”.

Pero de repente, se convirtió en una escritora best seller. ¿Cómo fue eso para usted?

Fue una cosa increíble, al principio no podía creerlo. El día de la presentación, todo el mundo me decía, “si van 30 personas, date por satisfecha”. Hubo 300. A los pocos días, salgo a recorrer el centro para visitar las librerías donde estaban mis libros y la gente me paraba en la calle. Quedé deslumbrada.

Siempre me alegré de haber debutado tarde como escritora profesional, porque así voy a alcanzar a morirme siendo famosa. Conozco muchos escritores que publican de jóvenes y tienen mucho éxito, pero ¿sabés lo que es mantener tu fama desde los 18 hasta los 80?


“Una vez leí un cuento que decía que cuando vos nacés, un hada te pregunta qué querés: ser feliz cuando sos joven o ser feliz cuando sos viejo. Y según el cuento, los sabios prefieren ser felices cuando son viejos. Parece que, a pesar de todo, elegí bien”.


De Luz Osorio a Misia Francisquita

Cristina Bajo (Foto Ramiro Pereyra en La Voz)

Muchos lectores identifican a Cristina Bajo con Francisca Osorio, más conocida como Misia Francisquita, una mujer de armas tomar, decidida y muy protectora de su familia que es la tía paterna de Luz, la protagonista de “Como vivido cien veces”. “En una entrevista, hace un par de años, mi hermana dijo que empecé siendo Luz Osorio y ahora soy Misia Francisquita, porque tardé como 50 años en escribir toda la historia”, rememoró entre risas la escritora durante la presentación de “Esa lejana barbarie” en Villa Allende.

“Dicen que los personajes pueden tener ideas o ideología, pero el autor no. Misia Francisquita es mi forma de decir un montón de cosas absolutamente incorrectas que se le perdonan porque es una mujer mayor, porque ha sido monárquica y tiene uno o dos asesinatos a cuestas. Es una mujer que hace lo que quiere, aunque tiene sus propias normas”, señaló Bajo.


Fotogalería: Presentación de “Esa lejana barbarie” en Villa Allende


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