Por: Julieta Vélez y Florencia Bertocco 4° IENM – Olivia Gorbea y Jazmín Galli 4º IMVA
Nacida y criada en el sur de Brasil, en una zona ubicada entre el campo y lo que actualmente queda de la selva atlántica, Gabriela Southier creció rodeada de saberes que circulaban dentro de su propia familia, sin saber que, años más tarde, serían la base de su trabajo.
“Mi abuela materna, que era de origen europeo, tenía su huertito y siempre estaba intercambiando yuyos con sus amigas. Era el tecito para la digestión, para dormir, para el dolor de cabeza”, recuerda la entrevistada.
Durante la adolescencia, atravesó un período de fuertes dolores menstruales que incluso la llevaron al hospital y la hicieron depender de medicamentos para atravesar un proceso que es “completamente natural, fisiológico, biológico” -en sus palabras-. En esa búsqueda por comprender qué sucedía con su cuerpo conoció a una yuyera que comenzó a compartir con ella otros conocimientos sobre las plantas y sus posibles usos.
Ese recorrido, construido a partir de la experiencia, la investigación y el contacto con otras personas vinculadas al mundo vegetal, terminó dando lugar a ReverdeSer, un proyecto que lleva diez años y que hoy se sostiene desde Unquillo.
Actualmente, en su taller de Alto Alegre, Gabriela elabora tinturas madres, ungüentos para distintas dolencias, jabones, desodorantes, pasta dental, óleo calcáreo para bebés y otros productos de fitocosmética.

El Milenio: ¿De qué se trata la fitoterapia y cómo actúa en el cuerpo?
Gabriela Cecilia Soutier: La fitoterapia es una terapia basada en plantas. Los fitoterápicos son extractos elaborados a partir de plantas cosechadas en el monte o cultivadas en huertas orgánicas y agroecológicas de las personas que me rodean. Tienen una acción terapéutica sutil, desde lo energético hasta lo físico, integrando los principios activos de las plantas y también esa parte energética de haber sido cosechadas en una luna correspondiente, respetando el período balsámico. Para mí, la fitoterapia es una forma de medicina tradicional, porque está presente desde hace cientos de años.
EM: ¿Qué implica para vos la recolección consciente?
GS: Es la base de mi trabajo. Cuando me mudé a Córdoba empecé con la recolección porque esta zona me permitía tener acceso directo a las plantas. Primero hice un mapeo para conocer cuáles eran los seres vegetales y las familias que tenía alrededor. Cuando voy a cosechar, por ejemplo, palo amarillo, puedo sacar hasta un 20 por ciento de una planta y después voy a otra. Nunca saco una gran cantidad, porque necesito que pueda regenerarse. Se trata de entender que la planta está ofreciendo medicina, pero también cumple una función dentro de un ecosistema.
EM: ¿Cómo es el proceso de elaboración de los productos y qué cuidados requiere?
GS: Los elaboro en un laboratorio, un espacio específico para eso, separado de la cocina y de otras actividades para evitar la contaminación cruzada. Trabajo con materiales nobles e inocuos, como cerámica, acero inoxidable y vidrio. Las plantas que cosecho las seco en mi casa, donde tengo un lugar especial para eso, y después las almaceno en bolsas de papel madera o frascos de vidrio.
Las maceraciones pueden durar entre 45 días y seis meses, según si se trata de una flor, una hoja, un tallo, una raíz o una corteza. Entonces, todo el tiempo mi trabajo implica pensar en el futuro. Si sé que llega el invierno y acá se seca todo, antes tengo que abastecerme con las plantas de estación para garantizar la producción de la próxima temporada.

EM: ¿Qué inquietudes manifiestan las personas que llegan a ReverdeSer y qué cambios percibís en los consumidores de Sierras Chicas?
GS: Muchas personas llegan cansadas de la industria farmacéutica o de los productos industriales. Dicen: “Me hace mal esta crema o este shampoo”, “me genera alergia”, pero no saben por dónde empezar. También aparece la duda de si estos productos realmente funcionan, porque estamos acostumbrados a efectos inmediatos y a una sociedad que nos dice cómo tenemos que vernos y qué consumir para encajar. Para mí, ReverdeSer acompaña una transición, en la que cambia la piel, el cabello, cambia el cuerpo porque uno está mandando otra información. Estamos en un momento en que la tierra está contaminada y, si la tierra está contaminada, lo que ponemos en nuestros cuerpos también puede estarlo.
EM: ¿Qué beneficios distintivos encontrás en la medicina herbal frente a la oferta de la industria farmacéutica tradicional?
GS: Creo que la gran diferencia está en que, cuando uno consume una planta, está incorporando algo con lo que los seres humanos convivimos dentro del mismo ecosistema. En cambio, en la medicina sintética muchas veces se aísla un principio activo de una planta y se lo potencia para que actúe directamente sobre una función determinada. Las plantas trabajan de una manera más integral: pueden ayudar a depurar la sangre, acompañar el funcionamiento del hígado y los riñones y, al mismo tiempo, aportar minerales y nutrientes. La palabra “yuyo”, de hecho, viene del quechua y significa planta alimento.
EM: ¿Qué lugar ocupa el acompañamiento a la hora de recomendar tus productos y de acercar a las personas al mundo de las plantas?
GS: Esa parte de ser terapeuta se me fue abriendo, no fue algo que conscientemente elegí. En mi casa siempre hubo un placard lleno de medicamentos. Era “me siento así, tomo esto”. En un momento empecé a mirar eso con una mirada crítica y a preguntarme qué pasaba si probaba otra forma. Y entendí que la planta no es solamente tomar un tecito. A veces implica descansar, dormir, bajar unos cambios, hidratarte mejor, mirar qué está pasando en tu entorno y en tus vínculos. Estamos envueltos en un sistema que nos pide ser productivos, tener éxito, no frenar nunca, y eso nos llevó a un camino en el que nos estamos enfermando. El gran desafío es fortalecer la comunidad, porque ahí están las personas que tienen experiencias y conocimientos sobre el mundo vegetal, incluso trayectorias ancestrales. Hay muchos saberes que quedaron afuera de la universidad y que se construyeron de manera empírica.

EM: ¿Hacia dónde proyectás el crecimiento de ReverdeSer?
GS: Tengo muchas ganas de volver a dar talleres. Hace un mes y medio armé nuevamente el espacio después de una mudanza y, como es pequeño, estaría pensado para encuentros de dos o tres personas. También he dado talleres en escuelas y jardines, y tengo un deseo muy grande de generar puentes con espacios educativos.
En lo personal, me gustaría que en el emprendimiento deje de estar sola yo haciendo todo y que puedan sumarse una o dos personas al proceso. Pero no pienso la expansión como llegar a todas partes, sino como una posibilidad de que más personas tengan acceso a estos conocimientos.
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