Por: Lena Sarú Hitt y Rocío Bartolini 6º IENM – Paula Sammartino Martofleak, Celina Vidal y Juana Mancini 6º IMVA
Tunun es el antiguo nombre de un paraje cercano a Cosquín, que ha llegado a nuestros días conocido como Las Tunas. Allí, desde tiempos anteriores a la conquista española, vive una comunidad originaria perteneciente al pueblo Kamiare-Comechingón que, durante seis generaciones, ha existido cultivando la tierra y criando animales en sinergia con el monte a su alrededor.
La escena se interrumpe abruptamente. Un día, alguien toma un mapa y dibuja una línea por donde pasará la nueva Autovía de Punilla (RN38). Lo que los planos no muestran (o el Estado no recuerda) es que el recorrido definido para la traza de la ruta pasa justo por encima de los hogares de las familias que integran la comunidad.
Ante el riesgo que amenazaba con transformar radicalmente esta forma de vida, mantenida durante tanto tiempo, la cámara apareció como una forma de salvaguardar la memoria de aquello que podía desaparecer de un momento a otro.
Así comenzó a gestarse Tunun, el documental que se convertiría en el primer largometraje de Mestiza, una productora de matriz unquillense integrada por Yanina Luponio Sáenz, investigadora en Filosofía y doctoranda en Estudios Sociales de América Latina, y Yannick Constantin, docente en el Instituto Milenio Villa Allende, realizador audiovisual y documentalista.

El Milenio: ¿Qué significó Tunun para vos?
Yannick Constantin: Por un lado, para quien se dedica al cine, hacer el primer largometraje es un desafío tremendo, más aún en el contexto actual. Pero, sobre todo, Tunun significó conocer una historia de vida y un contexto comunitario que estaban muy cerca de nosotros territorialmente (en Cosquín), y empezar a entender las complejidades del poder que los atraviesan.
EM: ¿Cómo surgió la idea del documental?
YC: Desde Mestiza, nuestra mirada siempre está puesta en las problemáticas socioambientales. En el caso de Las Tunas, nos fuimos enterando de lo que pasaba en el territorio a través de la abogada de una de las familias, que es muy amiga nuestra.
Un día decidimos ir hasta allí, en principio, para registrar ciertos recuerdos de la madre de la familia Altamira, Natividad, a pedido de su hijo, Jesús, quien intuía que el lugar donde él se había criado, donde su madre había nacido y donde varias generaciones de su familia habían vivido podía perderse.
Así que el primer encuentro tuvo esa motivación: resguardar esos saberes y memorias de Natividad, que estaban próximas a cambiar. Y fueron muy perspicaces, porque así sucedió al poco tiempo.

EM: ¿Cuánto tiempo duró la realización de la película?
YC: Conocimos a los Altamira a principios de 2021 y dejamos de filmar a fines de 2024. El estreno fue en 2025. Como nuestra primera intención no era hacer un documental, sino un registro para la familia, lo primero que hicimos, mucho antes de prender una cámara, fue acercarnos y escuchar.
Después de hacer los primeros registros y recorrer el territorio con Natividad, al ver que la obra avanzaba, decidimos seguir filmando. Así se fueron sumando otras escenas relacionadas con la lucha política y social contra la autovía, que dialogaban con la historia de la familia Altamira. Esos encuentros de sentido nos daban la pauta de que allí había una película posible.
Entonces nos preguntamos qué podíamos devolver desde esa herramienta narrativa que es el cine, cómo aportar a una lucha mucho más grande que nosotros y a una memoria sumamente íntima desde una mirada que no siguiera perpetuando el racismo y la colonización.
EM: ¿Tuviste alguna experiencia que te haya marcado durante la producción?
YC: Creo que hubo dos momentos. Uno fue la tranquilidad y el aprendizaje que significaba caminar con Natividad por el monte. Cada vez que íbamos, volvíamos con otro tono, con otro ritmo. Aprendimos muchas cosas relacionadas con el saber de quien recorre una misma tierra hace ochenta años, un conocimiento muy profundo. Eso fue una de las experiencias que más me marcó y, por eso, era tan grande el desafío de hacer honor a esa confianza.
Por otro lado, estuvo la adrenalina del peligro de saber que estás de un lado que no pertenece al lado del poder. El Estado quiere construir una autovía y va a usar todos sus medios para conseguirlo, incluyendo la policía. Nosotros tuvimos la suerte de que no nos pasara nada, pero otras personas fueron detenidas, golpeadas e incluso hoy están siendo procesadas por protestar contra esto.

EM: ¿Cómo describirías esa relación entre los distintos factores de poder?
YC: Por un lado, tenemos comunidades que viven en un territorio desde hace cinco o seis generaciones, lo que las constituye en pueblos preexistentes a la consolidación del Estado Nacional.
Por otro, tenés ese mismo poder estatal que hoy funciona en una democracia, pero que, en muchos aspectos, no ha perdido las formas coloniales de quien avanza sobre un territorio que no conoce, avasallando todo lo que encuentra a su paso, incluidas las personas.
Entonces, la relación es muy asimétrica: no se discute de igual a igual y la ley no resguarda nada. Al final, termina imponiéndose el interés del gobierno, que hace de cuenta que cumple con ciertas normas, como la audiencia pública, pero ignora la voluntad popular y siempre encuentra la manera de cumplir sus objetivos.
Además, hay que hablar del racismo que opera en una sociedad que ensalza su herencia europea y niega la legitimidad de los pueblos indígenas que hoy siguen existiendo, como una continuación modernizada de esos antiguos habitantes.
EM: ¿Cómo cambió el estilo de vida de Natividad tras el paso de la obra?
YC: La traza final de la ruta se desplazó un poco, pero aun así dividió el campo en dos y dejó a la familia sin acceso al arroyo del que bebían los animales. Además, las explosiones y los movimientos de suelo hicieron que se secaran vertientes y se contaminaran pozos de agua. Por eso tuvieron que vender los caballos y las vacas.
Hoy ya no viven de la ganadería de gran porte, aunque siguen criando gallinas y conejos. Lo que uno ve es que un modo de vida que se sostuvo durante generaciones, de forma estable y en armonía con el entorno, se rompe por una idea de desarrollo que justamente promueve ese desequilibrio: para hacer una ruta, secaste un arroyo. Entonces, ¿realmente ganaste o perdiste?

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