Por: Tomás Fornoni y Francisco Cuervo 4° IENM – Ariadna Duarte, Miranda García y Josefina Ércole 4° IMVA.
Desde Río Ceballos, la médica Rocío Actis Danna trabaja sobre la relación entre la mente, las emociones y el cuerpo. A través de su formación en medicina del estrés, conocida formalmente como psicoinmunoneuroendocrinología —una rama de las neurociencias que estudia cómo interactúan los sistemas nervioso, inmune y endocrino—, desarrolla un abordaje que busca entender la salud de manera integral y ayudar a las personas a reconocer las señales que su propio organismo les envía.
“Veía muchas personas que tenían enfermedades, les dolían cosas, pero los análisis eran normales y los médicos no encontrábamos un diagnóstico”, recordó. En esos casos, la explicación más frecuente solía resumirse en una frase: “Es estrés”, lo cual la llevó a profundizar en la problemática.
Igualmente, aclaró que “no es una falla ni algo que tengamos que evitar”. Por el contrario, explicó que se trata de una respuesta biológica necesaria para enfrentar amenazas y garantizar la supervivencia. El conflicto aparece cuando ese estado de alerta deja de ser temporal y se transforma en una condición permanente.
“Hoy el estrés está todo el tiempo dentro porque vivimos anticipándonos, preocupándonos y queriendo resolver cosas constantemente», indicó. Además, señaló: “el organismo está diseñado para atravesar períodos de activación seguidos de momentos de recuperación pero en la vida cotidiana esos espacios de descanso suelen desaparecer”.
A su vez, Actis Danna vincula el estrés crónico con otro concepto central de su trabajo: la inflamación. “Es la traducción bioquímica del estrés”, detalló. Ante este panorama es que comenzó su cuenta @mas.que.salud, el espacio que creó en redes sociales para compartir herramientas, experiencias y conocimientos vinculados al bienestar. “La idea es que podamos desnaturalizar esto que es tan cotidiano y entender que hay recursos para hacerlo”, señaló.
Para Actis Danna, comprender cómo influyen los pensamientos, los vínculos, el descanso, la alimentación y el entorno en la salud no solo impacta en el bienestar individual, sino también en la forma en que las personas se relacionan con el otro. En esta línea afirmó que “cuando tenemos menos estrés somos personas más contributivas, más solidarias y más empáticas”.

EM: ¿Por qué muchas veces nos cuesta salir de estados de estrés sostenido, incluso cuando reconocemos que nos hacen mal?
RAD: Es posible desarrollar una adicción al estrés, no porque nos guste sino porque el estrés genera química interna, cortisol, adrenalina y como estamos tanto tiempo ahí, se vuelve nuestra nueva zona de comodidad. Entonces cuando queremos salir, está la sensación de que falta algo, como una especie de abstinencia. Se dice que nos volvemos adictos a las emociones en las que más tiempo pasamos. Si siempre tenemos tristeza, cuando de repente nos pase algo lindo, va a ser extraño estar alegres.
Entonces, creo que el primer paso es poder darnos cuenta que estamos ahí, ver cómo se siente esa incomodidad, esa tensión, para así poder desnaturalizarla y saber que ese estrés no es gratuito, que genera inflamación. También ayuda buscar recursos, por ejemplo, aprender sobre gestión emocional es muy importante porque las emociones son mecanismos de bienestar: la tristeza nos dice que tenemos que volver a conectar con nosotras, conectar con las pérdidas para cerrar ciclos; el enojo nos dice que se están transgrediendo límites, que hay cosas que no están en orden; la preocupación nos dice que hay cosas que tenemos que digerir.
Cada emoción es como el hambre y como la sed: si yo tengo hambre, responde a la necesidad de nutrientes, si yo tengo sed, es que necesito tomar agua. Cuando nosotros conectamos con nuestras emociones, aprendemos para qué están y sabemos escucharlas, el estrés baja un montón, porque me puedo dar lo que necesito.
EM: ¿Qué ocurre a nivel fisiológico cuando una persona vive entre patrones de perfeccionismo, autoboicot y baja autoestima propios de estos tiempos?
RAD: Esto es mi opinión, no hay ningún estudio que lo diga, pero el 90% del estrés viene de cómo nos tratamos a nosotros mismos. En la infancia aprendemos que hay una forma en la que hay que ser, y nuestro sistema nervioso, que no sabe nada de la vida, se guarda la idea de cómo me tengo que comportar. Ahí aparece como un deber ser, una forma de esencia de mi ser y esa es la sensación que el sistema nervioso tiene: yo soy inadecuada; no estoy bien… Así, nosotros hacemos un montón de cosas para compensar y “protegernos”, pero en realidad nos hace sentir peor, porque ante el error, nos sentimos muy mal y los humanos nos equivocamos.
Se genera estrés porque tratamos de llegar a un lugar de perfección que es imposible, entonces me voy a tensionar. Por eso es muy útil cuando estamos siendo muy críticos con nosotros mismos, tratar de frenar eso. Es muy importante que vayamos siendo nuestros mejores amigos, esa es como una de las grandes curas para el estrés también.
EM: ¿Qué podemos hacer para llevar una vida antiinflamatoria?
RAD: Hay dos pilares: cuidar el cuerpo, alimentación, movimiento, naturaleza, descanso; y el otro es la gestión emocional. Todos tenemos heridas, dolores, cosas que nos estresan, patrones de perfeccionismo, de autocrítica, de evasión. Entonces, poder generar un estado interno, un vínculo conmigo y con la vida, que sea amable, que sea seguro, es una de las formas de llevar una vida antiinflamatoria.
A veces podemos tener hábitos, todo perfecto, pero en el fondo, me da vergüenza la vida o mostrarme y eso va a ir generando inflamación. Entonces, desde la mirada de la neurociencia, lo que más podemos hacer para tener una vida feliz y por lo tanto antiinflamatoria y también saludable y longeva. Se trata de aprender a tener un vínculo amable con nosotros mismos. Para mí esos son los dos pilares, incluso es más importante el de gestión emocional, observar nuestras heridas y poder sanarlas.

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