Por: Federico Antoun y Mateo Cistoldi 4° IENM – Alfonsina Giordano, Pierina Scocco y Renata Santa Cruz 4° IMVA.
“Ya de chico andaba subiéndome a los nidos, criando pajaritos y buscando animales”, recuerda Guillermo Galliano. Su vínculo con la naturaleza parece hasta intrínseco. Creció entre pichones caídos, garabatos de aves en sus cuadernos y largas horas de la infancia con el monte serrano como marco y figura.
De esta manera, podría decirse que hay tres dimensiones que atravesaron su vida entera: el turismo, la fotografía y la observación de aves. Y en la actualidad -a sus 51 años y viviendo en Unquillo- las tres forman parte de su presente como fotógrafo de naturaleza, guía de avistaje y colaborador de la organización Fundación Mil Aves, desde donde desarrolla proyectos de conservación y educación ambiental.
En los últimos años, esa combinación lo llevó a recorrer distintos puntos del planeta junto a pequeños grupos interesados en el turismo de naturaleza. Uno de los viajes más recientes fue a las Islas Galápagos, el archipiélago ubicado a casi mil kilómetros de la costa ecuatoriana que es la segunda reserva marina más grande del planeta.
Sin embargo, Galliano se vio sorprendido -como casi siempre- por la vida en el aire. “Todo el mundo se emociona con las tortugas o con nadar entre tiburones, pero para mí lo más fuerte fue ver los pinzones de Darwin”, cuenta Guillermo en torno a aquella especie de aves que cumple un papel fundamental para entender la teoría evolutiva del naturalista británico. “Yo había leído, toda mi vida, sobre eso y de repente ver esos pájaros en vivo fue impresionante”, relata.
A pesar del entusiasmo por los viajes y aunque esas travesías se hayan convertido en una parte fundamental de su trabajo, el especialista insiste en que el tema que más lo convoca está más cerca. Y apunta directamente a la realidad ambiental cordobesa.
Un paisaje en conflicto

Para Galliano, Córdoba vive una contradicción evidente. Por un lado, reconoce un enorme avance en educación ambiental dentro de las escuelas. En ese sentido, recalca: “Los docentes hicieron un trabajo increíble en los últimos veinte años. Hoy los chicos saben muchísimo más sobre naturaleza que antes.”
Pero, al mismo tiempo, cree que ese aprendizaje muchas veces no logra traducirse en decisiones concretas que impacten de manera positiva y sistémica en el cuidado ambiental. “Las leyes ambientales en Córdoba son buenas. El problema es que no se cumplen”, afirma.
Su diagnóstico es duro y atraviesa gran parte de su discurso. Según expone, el modelo de desarrollo actual sigue priorizando la rentabilidad económica por encima de la conservación del monte nativo y al respecto plantea: “Vivimos en un sistema extractivista donde siempre es más barato destruir la naturaleza”.
Siguiendo esa línea, el referente ambiental sostiene que “el conflicto no pasa por negar la necesidad de viviendas o crecimiento urbano”, sino por la falta de límites y controles reales. “No digo que no tenga que haber barrios o casas. El problema es avanzar sobre lo poco que queda”, explica.
Así, ha transformado su pasión en una forma de activismo, y en ese aspecto reconoce que durante años sintió la necesidad de dejar de ocupar el lugar de mero observador de la realidad ambiental que lo rodea. “Creo que muchas veces damos el ‘ok’ quedándonos callados”, señala.
Desde ese lugar, comenzó a involucrarse cada vez más en denuncias ambientales, campañas de conservación y proyectos comunitarios. A su vez, encontró en Fundación Mil Aves un espacio desde donde trabajar con independencia. “Somos pobres a propósito”, resume entre risas. La organización decidió no recibir financiamiento empresarial ni gubernamental para conservar autonomía absoluta frente a cualquier actor estatal o privado.
En su profundo interés por mostrar que todavía queda biodiversidad en la región y que vale la pena protegerla, la fundación realiza tareas de conservación en distintas reservas de la provincia. A eso se suman diferentes charlas educativas y relevamientos de fauna para poder registrar la evolución de distintas especies.
No todo tiempo por pasado fue mejor

Mucho de lo que Guillermo hace y construye en su día a día está vinculado a una mirada artesanal, calma y detallista de la naturaleza. Igualmente, Galliano sorprende con un enfoque optimista en torno al rol de las redes sociales y su posibilidad de visibilizar la importancia de la diversidad de especies que nos rodean.
En este sentido, destaca el crecimiento del avistaje de aves y la circulación de imágenes de naturaleza en plataformas. Lejos de pensar que banalizan el ambiente, cree que amplían el interés colectivo. “Ayudaron muchísimo. Antes sacar fotos era carísimo y muy difícil”, recuerda.
Hoy, celebra que la fauna local aparezca en el feed de los vecinos y que decenas de fotógrafos y amantes de la naturaleza tengan cada vez más oportunidades de apreciarla. “La gente empieza a reconocer aves, a saber qué especies hay, a interesarse”, celebra.
Pero más allá del entusiasmo, insiste en que el contexto ambiental sigue siendo delicado. Y cuando habla del futuro, vuelve una y otra vez sobre la misma idea: el monte nativo cordobés está al límite.
“En Córdoba destruimos el 97% de los ambientes naturales”, afirma. Para Galliano, esa cifra obliga a pensar cada nuevo desmonte desde otra perspectiva. Siguiendo esa línea, advierte: “Todo lo que se destruye ahora está avanzando sobre el 3% que queda”.
Con ese marco como punto de partida actual, sostiene que sus expectativas están puestas en las generaciones más jóvenes. Y no lo hace desde la ingenuidad sino desde la convicción de que el compromiso ambiental debe escalar a una dimensión colectiva y cotidiana.
Mientras tanto, entre viajes, charlas y salidas de avistaje, Galliano sigue construyendo una forma particular de habitar el territorio. En ella combina contemplación y denuncia, fascinación por la belleza y conflicto. Porque para él observar aves nunca fue solamente mirar hacia arriba. También implica entender qué ocurre alrededor.

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Excelente Guillermo !!!!!! De admirar su compromiso en defensa de la naturaleza !!Un abrazo Marisel