Por: Camilo Parera y Bautista Arce 4° IMVA; Juan Zapata, Genaro Benassi y Dylan Farías 4° IENM.
- Evolución Constante: Nacieron a principios de los 2000 con raíces en el ska y el reggae, transformándose hoy en una orquesta de 12 músicos que abraza los ritmos latinoamericanos.
- Identidad «Callejera»: Mantienen una «formación callejera» (vientos y percusión) que utilizan tanto para difusión como para shows en vivo, rompiendo la barrera entre escenario y público.
- Creación Colectiva: Prácticamente todos los integrantes componen y cantan, lo que genera un caudal de material diverso que se define democráticamente en los ensayos.
- Resiliencia Post-Pandemia: Tras la salida de varios miembros durante la crisis sanitaria, la banda logró reconstruirse y recuperar su formato numeroso.
- Vínculos Artísticos: Destaca su profunda amistad con «Semilla» Bucciarelli (ex Redonditos de Ricota), quien diseñó el arte de dos de sus discos, y su colaboración con la banda chilena Chico Trujillo.
- Legado Generacional: Con integrantes que ya rondan los 50 años, la banda hoy es seguida por los hijos de sus primeros fans, consolidando un público que atraviesa dos generaciones.
A principios de los 2000, Córdoba hervía de bandas nuevas y La Pata de la Tuerta (ahora La Pata) encontró allí su lugar. Con un pie en el reggae, otro en el ska y ambos bajo un umbral rockero, comenzaron a tomar forma sus primeras canciones —El Ángel, Muñeca, 4 Habitaciones— mientras el grupo afinaba su identidad en largas jornadas de ensayo. Recién después de ese recorrido inicial, entre 2000 y 2001, la banda decidió salir a tocar y mostrar lo que venía gestando.
Con el paso del tiempo, la transformación fue tan orgánica como inevitable: más integrantes, más vientos, más matices y la impronta de la música latinoamericana cada vez más presente. Pero había algo más: una base, una esencia que resistió a cada cambio.
Pablo Arias —guitarrista de la banda— recuerda que, pese a las idas y vueltas, siempre hubo un núcleo duro que sostuvo el proyecto durante dos décadas y media. Esa estructura les permitió atravesar momentos complejos —como la pandemia, cuando varios de los integrantes de entonces dejaron el proyecto— y lograr reconstruirse hasta volver a ser una banda numerosa, hoy integrada por doce músicos.
La ampliación del formato también fue una definición estética. El ingreso de los vientos terminó de empujar al grupo hacia un sonido más latino, sin perder la raíz rockera. Esa combinación, que nunca se escribió en un manifiesto, se volvió parte constitutiva del proyecto: una identidad sonora que no necesita demasiadas explicaciones.

En el conjunto, casi todos los integrantes componen y prácticamente todos cantan alguna canción. El caudal de material es enorme y está atravesado por múltiples miradas. Las canciones se seleccionan en ensayo, sin fórmula predeterminada: lo que se decanta, queda.
En los últimos años, el formato de singles y las formas contemporáneas de producción aceleraron ese proceso compositivo y el último tríptico de La Pata lo refleja. Aunque las tres piezas no comparten un concepto explícito, juntas encontraron una unidad sonora que, según Arias, revela esa impronta que la banda ya no necesita perseguir, porque ya está dada: “cuando suena, se sabe que es La Pata resume”.
Energía colectiva

Arias reconoce que detrás del espíritu festivo hay una idea que acompaña a la banda desde hace años: rebeldía con alegría. El concepto atraviesa tanto la letra como la actitud arriba del escenario. Y ahí aparece otro elemento distintivo: la cercanía con el público.
“Comenzamos muchos de los shows abajo del escenario y algo de eso, y de nuestra impronta, nos dio una conexión distinta con la gente. Es muy raro que una banda de rock empiece sus shows de esa forma. Y lo hemos hecho en lugares donde tocábamos para 30 mil personas”, destaca Arias.
Asimismo, el grupo cuenta con distintas dinámicas. Una de ellas es lo que sus músicos llaman “formación callejera”. En ese formato, los vientos y la percusión ocupan un lugar absolutamente central. “Comenzamos a usarla para difundir fechas, pero de pronto se convirtió en shows en vivo y en un disco”, explica Arias, quien en esa instancia suelta la guitarra para convertirse en trompetista.
A esta altura, La Pata no piensa sus recitales sin una lista variada donde cada cantante tenga su espacio. Hay temas nuevos, clásicos imposibles de sacar y otros que rotan según el show. En los conciertos más recientes, los estrenos del tríptico ya conviven con clásicos como Chaos Punk (2012).

El crecimiento generacional también es parte del festejo. Arias, que tiene 50 años, lo cuenta con humor: “ya estamos en la segunda generación”. Hijos e hijas de quienes seguían a la banda en sus primeros años hoy se suman a los recitales, como un espejo que devuelve el paso del tiempo con afecto.
Para Pablo, el horizonte es claro y sencillo. No se trata de planificar grandes estrategias, sino de sostener lo que hicieron siempre: componer, grabar, tocar. Esa constancia, dice, es lo que les permitió llegar a los 25 años sin imaginar otra vida posible. El futuro, dentro de esa lógica, es seguir andando.
Amistades que hicieron camino: “Semilla” Bucciarelli y Chico Trujillo

En el recorrido aparecen nombres claves. Uno de ellos es “Semilla” Bucciarelli –reconocido por ser bajista de la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota– cuya llegada a Córdoba derivó en una convivencia que fortaleció el vínculo con la banda mucho antes de acercarse a lo musical.
“Estuvo parando con nosotros durante meses, hasta que se instaló acá. Eso generó una amistad tremenda y su participación, vinculada a La Pata, tuvo mucho que ver con su faceta plástica. Grabó guitarras en algunas canciones, pero su huella más importante fue diseñar toda la gráfica —incluida la tapa— de dos de nuestros discos”, destaca Arias.
La relación con Chico Trujillo (banda chilena de cumbia) siguió una lógica parecida. No nació en un estudio, sino en giras compartidas, asados, tertulias y tardes de espera detrás de bambalinas. A fuerza de encuentros, se generó la confianza suficiente para que grabaran una canción en el estudio que La Pata tiene en Agua de Oro.
“Fue una experiencia maravillosa”, describe el guitarrista, quien explica que, más que influencias musicales directas, los encuentros con Bucciarelli y con Trujillo fueron cruces que ratificaron trayectorias.

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