CULTURA
Por: Mateo Soria, Juan Cruz Ergueta y Constanza Narbais 4° IENM; Jazmín Oroná y Mora Bustos 4° IMVA.
Para Marina Rubino, cineasta, pintora y docente, hacer una película no es solo una expresión estética, es una forma de transformar el mundo, o al menos, de embellecerlo. Siguiendo ese impulso, la artista ha construido su camino profesional con una mirada que combina lo pictórico, lo cinematográfico y lo humano.
Cada obra audiovisual que imagina está atravesada por su formación en las artes visuales e influenciada por artistas como Caravaggio, Magritte, Alonso o Berni, que aparecen como ecos en sus decisiones estéticas.
Formada en Buenos Aires en el profesorado de Bellas Artes y en la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la UBA, su recorrido académico le brindó herramientas, pero, como ella misma resaltó, “el oficio se aprende en la cancha”. Fue recién al ingresar a un canal de televisión y a una productora de cine que pudo poner en práctica lo aprendido.
Aunque reconoce que al principio trabajaba con más miedo, hoy su relación con los procesos creativos es más flexible. “Antes me angustiaba lo que fallaba. Ahora sé que va a venir algo mejor, entonces me entrego”, expresa.
Esa serenidad también se refleja en su manera de enseñar. Desde hace años, dicta talleres en Unquillo, donde vive desde 2012. En el Museo Rivolta coordina uno sobre cine argentino e identidad; en el Centro de Producción Quirino Cristiani, ofrece iniciativas dedicadas al cine documental y otra intensiva para adolescentes junto a la actriz Mariana Caballero.
Para Rubino, enseñar no es imponer un saber sino construir con otros. Al respecto, señala: “Con la docencia no estoy enseñando, estoy creando con el otro”. Esa conciencia de pertenecer a algo mayor, de crear en red, atraviesa su cine, su enseñanza y su modo de habitar el arte.

El Milenio: ¿De qué manera decidís las historias que querés abordar audiovisualmente?
Marina Rubino: Para hacer una película primero a mí me tiene que suscitar curiosidad la vida de alguien, una comunidad, un algo alrededor de lo cual voy a hacer una película, porque es un tema con el que voy a estar por lo menos cinco o seis años. Entonces, en el caso de Ivonne (una de sus últimas producciones), me parecía una persona que era muy valiosa, había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, decidió ser monja, vino a la Argentina, hizo un montón de obras, y lo que más me interesaba de ella era que a pesar de que tenía permanentes derrotas, volvía a empezar. Eso como ejemplo de vida me vibraba también a mí.
EM: ¿Qué desafíos son los más recurrentes en esta industria?
MR: Todos. Por ejemplo, yo tengo un montón de ideas, pero por ahí me dicen «no nos interesa». Entonces hay que tener un plan B, un plan C, todo puede fallar en una película y en general siempre falla. Más allá de que uno tenga previsto hacer algo, hacer cine es algo bastante imprevisible. Entonces, el desafío es esto, ‘¿cómo me acomodo a estas imposiciones que me las brindan, no solo las personas retratadas, sino el ambiente y la realidad misma?’
EM: En tus talleres insistís en la idea de hacer cine con la comunidad y no sobre ella. ¿Qué implica eso en términos concretos?
MR: Si yo decido hacer un retrato de alguien o de una comunidad, yo no puedo imponer mis ideas. Prefiero que sea dialogado, me parece que es más nutritivo como obra, que sea colectiva y no solo que esté impregnada de mis ideas. Ahora estoy haciendo una película con dos sobrevivientes de un centro clandestino de detención y hay cosas que yo les pregunto si quieren o no quieren hacer o contar. En ese sentido, trato de que las decisiones sean consensuadas, porque yo quiero que se sientan representados en la película y no que prevalezcan mis ideas.

EM: ¿Cómo se entrena la percepción para contar desde lo comunitario?
MR: El entrenamiento es una palabra que yo uso mucho porque para mí la práctica artística se entrena. No es solo hacer, dibujar, pintar, escribir, contar historias, sino mirar películas, mirar pinturas, ir a museos, estar en la calle, tomarse un colectivo, vivir la vida, estar en la huerta, ir a un merendero, ir a una marcha, hacer cosas que uno no haría nunca. Ese es el entrenamiento. Uno para hacer películas necesita como consustanciarse con la vida, tener tema y con la práctica comunitaria es lo mismo, uno tiene que tenerla. El cine es una práctica artística comunitaria, no lo hago yo sola.
EM: ¿Cómo fue tu participación en la película Las Escaleras de Luli?
MR: Vi la película y le hice un informe a Cristian (el director de la película) de todo lo que se puede hacer con en la película, porque veía que muchas producciones que se generaban acá en la institución no salían del cole y le dije «todo esfuerzo merece rendir sus frutos». Me parecía que fue un gran trabajo lograr la producción, no solo para el equipo de realización, sino para los estudiantes que hicieron pasantía, los que hicieron un montón de trabajo, las mamás y los papás, los exalumnos, o sea, fue un despliegue de 200 personas. Ahí fue que me incorporé al departamento de medios para hacer como un acompañamiento de la película para su distribución.
EM: Mirando más hacia adelante, ¿Qué historia sentís que todavía tenés pendiente de contar?
MR: La que estoy trabajando ahora, por ejemplo, es una película que se llama «Escala de grises» y tiene que ver con estos dos sobrevivientes de un centro clandestino de detención y su hija que fue gestada ahí dentro. Hace 5 años estamos trabajando y son muchos años porque por un lado las investigaciones llevan tiempo y además no hay políticas públicas de apoyo a la realización de cine en este momento; la inversión es mía o de algunas becas. Para este proyecto me gané dos becas del Fondo Nacional de las Artes o del Fondo Metropolitano de Cultura, que son becas mini, entonces, todo se hace como un chicle. Con respecto a la película siento que el tema de los sobrevivientes es algo que no está muy contado, entonces, lo que estoy haciendo es un documental poético con estas personas.

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