Cultura
- Por: Malena Bertocco y Felipe Campana 4° IENM – Antonella Briñón y Catalina Santini 4° IMVA.
Corría el año 2008, cuando Omar Bertocco comenzaba a conocer la música celta, medieval y antigua gracias a YouTube. En este marco, fascinado por estos sonidos se propuso indagar en algunos de los instrumentos utilizados, como por ejemplo un tambor celta, que se tocaba de una forma distinta a uno tradicional. “En esa época el conseguir ese instrumento acá, era prácticamente imposible, no había nadie que lo fabricara y traer instrumentos de afuera era muy difícil ya que los envíos eran muy improbables”, explicó Bertocco.
De esta manera y aprovechando que poseía algunos conocimientos de artesanías, legado de un oficio familiar, inició con los intentos de fabricarlo. Búsqueda de fotografías y armado de planos fueron los primeros pasos para armar el elemento, llamado Bodhran, que se parece a una pandereta gigante y carece de las láminas metálicas que producen su sonido característico. Luego, continuó su tarea hasta llegar a las liras, que son las que más le interesan.
A lo largo del tiempo, el vecino de Mendiolaza se fue formando de manera autodidacta, en solitario, a través de prueba y error, como también compartiendo con músicos que le brindaban consejos para mejorar. Así, aunque al principio solo los hacía para él, con el tiempo fue ganando confianza en su trabajo y empezó a ofrecerlos, con una garantía de por vida. Al respecto, detalló: “Tengo la tranquilidad de que el instrumento va a funcionar, va a responder a las demandas del músico y si le pasara algo, puedo repararlo”.
A su vez, en el proceso de ir evolucionando en la fabricación, el oficio también le fue exigiendo perfeccionarse como músico para probar los sonidos que emitía cada pieza. “Yo creo que los luthieres de instrumentos muy complejos, como una guitarra, un violín, una gaita o una flauta, necesitan un oído y un conocimiento musical alto, porque tienen que probar lo que han hecho”, expresó acerca de esto último.

El Milenio:¿Cuál es la diferencia entre encargar un instrumento a un luthier o comprarlo en una casa de música?
Oscar Bertocco: En mi caso fue la imposibilidad, o sea en ninguna casa de música de Argentina tiene los instrumentos que yo fabrico. Creo que la gran diferencia es lo personalizado, poder hablar con el luthier acerca de ciertas precisiones y agregados y el sonido que se busca. Una casa de música debe tener una escala de calidad, pero ya están estandarizadas. Cuando una persona está buscando aprender un instrumento, sirve para comenzar. Por su parte, cuando una persona tiene cierto conocimiento y cierto desarrollo, ya está buscando algo más específico, entonces ahí está la luthería de autor.
EM: ¿Cómo es el proceso desde que te lo encargan al instrumento y cuánto tiempo de trabajo le dedicás?
OB: Siempre que he fabricado instrumentos han sido pedidos específicos. Nunca he hecho una fabricación masiva y lo ajusto a la necesidad del músico y su contextura física. Todo lo que implica la fabricación busco adaptarlo a los deseos o a las características del músico, mediante un proceso muy personalizado. Trato de no repetir un color ni la forma. En los detalles busco diferenciarlos, que no haya 2 iguales. Si yo me pusiera a tiempo completo, es un instrumento que se puede fabricar en 2 meses, pero no es una tarea exclusiva a la que me dedico. Además, porque no he querido convertirlo como en una fábrica, entonces le dedico mis tiempos libres, pero básicamente diría que son entre 2 y 3 meses.
EM: ¿Cómo es el proceso para conseguir y elegir los materiales? ¿Son todos de Argentina o a veces tenés que buscarlos afuera?
OB: Los materiales también son un proceso de mucha investigación, porque en todas las referencias que yo encontraba sobre el material con el que estaban hechos los instrumentos, era con maderas de otro país, por ejemplo europeas. Entonces, lo que empecé a hacer fue buscar las características técnicas de esa madera, el tipo de granulado, la densidad, la dureza para llegar a equivalentes locales.
Asimismo, utilizo maderas recicladas de objetos antiguos, que ya están secas, súper estacionadas y tienen 100 años de haber sido un techo o un piso, entonces están quietas. A veces, muy rara vez, he comprado maderas para Luthería específicamente, algún abeto europeo y demás para las tapas de algún instrumento.
EM: ¿Cuál es el instrumento que más te costó hacer y cómo fue ese proceso?
OB: El que más me costó hacer fue la lira. Fue por dos cuestiones: por más que uno logre el objeto, lo difícil es lograr la sonoridad. La afinación, buscar las tensiones que soporta la cuerda y demás, es mucho más complejo que la percusión. Lograr que una lira sonara bonita me costó mucho. Incluso probé con tipos de cuerda, como de nylon o acero. La complejidad fue esa, sacarle un sonido musical a un instrumento que básicamente era 100% artesanal y sin un background. Ahí es donde yo noté más la falta de la formación como luthier, no tanto en la percusión, sino en el instrumento de cuerda, se me quemaban los libros rápidamente. Yo diría que las liras han sido mi némesis.
EM: ¿Cómo establecés un precio a tus instrumentos?
OB: Lo que sucede es que no hay referentes locales. En Argentina hasta donde yo sé somos dos personas que fabricamos Bodhrans. Entonces, sobre cuánto cuesta un instrumento de esos acá, no hay una referencia en sí. Después los instrumentos extranjeros sirven, de alguna forma, para comparar, pero también es muy amplia la gama. En este tipo de instrumentos, la industria Pakistán está muy difundida, pero es todo un tema tratar de ajustar un poco a la realidad del músico local. Es decir, que sea pagable y también coherente con el valor de lo que es un instrumento musical, que no es un adorno o un juguete. Igualmente, eso nunca ha sido el eje. Me da mucho más placer saber que hay instrumentos míos sonando en otros lugares que el rédito económico.

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