- Participaron: Samuel Mozzoni y Juana Maidana (4to IENM). Benicio Fernández y Juana Quintana (4to IMVA).
La trayectoria artística de Belu Alfieri es testimonio del poder transformador del clown. Dio sus primeros pasos escénicos en La Beba Teatro, donde, tras 25 años, sigue compartiendo su pasión por esta técnica, la misma que la llevó a explorarla en profundidad hasta convertirse en formadora de innumerables payasos de Sierras Chicas.
En diálogo con El Milenio, la actriz revela cómo el clown despliega una gama emocional única, generando risas y conectando con el público, a partir de la conexión con uno mismo.

El Milenio: ¿Cómo surge tu relación con el arte escénico y por qué te inclinaste por el clown?
Belu Alfieri: El arte escénico fue parte de mi vida desde pequeña porque mi mamá era música. A mis 12 años me uní al grupo Río Ceballos, ahora conocido como La Beba Teatro y nunca más dejé, porque descubrí que es lo que amo hacer.
El clown me enamoró por su profundidad, superando otras técnicas y géneros teatrales. Por eso me seguí formando específicamente y tomé varios cursos intensivos con grandes referentes como Julieta Daga, Laura Ortiz y David Picotto. Hace diez años tuve la oportunidad de viajar a Europa a estudiar en el País Vasco con Pablo Ibarluzea del Cirque du Soleil y en la escuela de Philippe Gaulier en París, un referente en el mundo del clown, a su vez discípulo de Lecoq (fundador de lo que se llama “teatro físico, de máscaras y gestos”).
La payasa es parte esencial en mi vida diaria, incluso en cualquier contexto voy detectando el potencial clown de la gente. En mi familia, mis dos hijos y mi compañero, payaseamos con o sin nariz. Se dice que la nariz es la máscara más pequeña por ser la que menos esconde y más revela. Permite acercarse a la libertad de juego, teniendo un pequeño escudo para hacer todo lo que se quiera sin juicio, sin auto boicot y sin ponerle tanta cabeza.
EM: ¿Qué es el clown y en qué se diferencia del concepto tradicional de payaso?
BA: El clown nace del payaso (de hecho, la palabra significa payaso en inglés). Entonces, aunque técnicamente difieren, también pueden usarse como sinónimos. El payaso tiende a ser más extrovertido y asociado al circo, mientras que el clown es más teatral y trabaja lo íntimo, lo sutil. Se construye desde lo más auténtico de cada uno, nuestras luces y sombras.
El clown juega mucho con el fracaso, es un ser tragicómico cuya tragedia divierte al público. Su objetivo principal es ser amado y aceptado. Como en la vida, se trata de una búsqueda y todo lo que hace el clown es una excusa para ser querido, conectando con el público a través de su mirada, mostrando quién es sin máscaras ni herramientas.
En cualquier caso, clown o payaso, tiene un humor sano, se ríe de sí mismo, de su propia idiotez. Está en permanente conflicto y todo le afecta mucho, por ser un ser emocional y permeable que puede pasar del llanto a la risa en un segundo. Nosotros entrenamos a nuestro idiota, o sea, al costado más ridículo, tonto y vulnerable que todos tenemos. Es cuando el público se identifica con esa idiotez, cuando se da la conexión y por ende la risa.

EM: ¿Cuál es la parte más desafiante de ser referente y formadora de clowns en la región?
BA: Me consideran referente en la zona porque fui pionera y la verdad que doy clases en Ríos de Ceballos desde 2011. Ahora tengo grupos grandes que por ahí casi no entran en el espacio, pero al principio eran poquitos.
Ver cuánto crece el interés por esto que me apasiona es lo más gratificante, incluso el ver nacer un clown en mis talleres, es hermoso, notar cómo se van liberando de las corazas sociales y se revela el verdadero yo permitiendo una conexión auténtica.
También ver crecer al alumno, que supere al maestro, es lo más lindo. Tengo alumnos que están brillando, como los “Salieris de Papetti” de Unquillo, que han generado varios espectáculos a partir del taller de La Beba. Este espacio se ha convertido en cuna de otros proyectos de clown.
Mi objetivo es contagiar la belleza de esta técnica y la transformación a la que invita. Además, cualquiera puede practicarla, incluso quienes no tengan experiencia teatral. Es terapéutica sin buscarlo, ya que trabajamos con nuestras emociones, generando risa, que es una herramienta sanadora. Lo desafiante, en definitiva, es llegar al corazón de la persona y que comprenda la profundidad de la técnica.
EM: ¿En qué proyectos estás trabajando y cuáles te marcaron más?
BA: Últimamente, me inclino hacia el humor porque siento que desde ahí se pueden trabajar temas serios. No lo abordo exclusivamente como clown. Tengo un unipersonal, por ejemplo, con siete personajes distintos, algunos son de clown y otros de bufón, que es todo lo contrario al clown, un ser de oscuridad que dice verdades de manera satírica.
Todos los proyectos en los que estuve me han dejado mucho. Uno que recuerdo especialmente fue un viaje con dos amigas llamado «Tres suflé». Hicimos clown por México, España y otros países de Europa. Actuamos en trenes, plazas, teatros; fue toda una aventura. Lo más desafiante fue aprender a vivir de esto y a valorar la conexión con el público como fuente de motivación.
Con “Son de mujer volumen II”, el proyecto que comparto con mi mejor amiga Mati Cabrera, a finales de octubre ganamos el Fondo Estímulo a la actividad teatral de la Municipalidad de Córdoba. Lo siento como un merecido reconocimiento, un pequeño aporte económico, pero que dice mucho como un aval de calidad.
Por otro lado, en enero me voy de viaje con mi familia a Bolivia, Ecuador y Perú. Tengo pendientes en Arequipa, sobre todo, amigos esperándome para dar talleres y algunas funciones; cuestiones que quedaron inconclusas en 2019, que tuvimos que volver repatriados por la pandemia.
Más allá de premios o proyectos, lo que me importa es seguir viviendo del arte, de dar clases y de actuar. Tuve que aprender a ponerle valor a mi trabajo, cuesta, porque a veces no lo ven como tal, pero hoy solo quiero seguir compartiendo esto que hago y amo.

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