- Participaron: Pedro Ardanaz y Tomás Robledo (4to IMVA). Josefina Etchemendy y Nicolás Reyna (4ta IENM).
A mediados de septiembre, la Municipalidad de Unquillo realizó un afectuoso y bien merecido reconocimiento a la Dra. Graciela Josefina Aymar por sus 50 años de servicio a la comunidad. “Graciela es quien ha visto nacer y crecer a varias generaciones de unquillenses”, sostuvieron desde el municipio.
«La historia de mi familia empezó aquí, yo sería la tercera generación en Unquillo«, relató Graciela a El Milenio. Nacida el 19 de marzo de 1949, la médica cuenta que su abuela vino desde Santa Fe debido a que su hijo (el padre de Graciela) padecía de tuberculosis, y por esos años se recomendaba el aire de las sierras cordobesas para un mejor cuidado. Así, fundaron la hostería El Colonial, ubicada en Avenida San Martín, donde ahora se encuentra el supermercado Buenos Días.
A los 24 años, Graciela se convirtió en médica. Se graduó el 19 de septiembre de 1973 y empezó a trabajar en el Hospital de Niños de Córdoba, donde hizo sus prácticas y parte de su especialidad. “Apenas entré me dije: esto es lo mío, aquí es donde pertenezco”, afirmó.
Su compromiso con la medicina y su profundo amor por las infancias la han marcado hasta el día de hoy, orgullosa de haber atendido con amor a más de dos generaciones de niños de diferentes ciudades de la región, siendo una de las profesionales más queridas de Sierras Chicas.
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Ida y Vuelta con Graciela Aymar

El Milenio: ¿Cómo siguió tu recorrido cuando reconociste que lo tuyo era la pediatría?
Graciela Aymar: Estando en el Hospital de Niños, un día vi un cartelito que decía que necesitaban pediatras en el Hospital de YPF en Caleta Olivia. “¿Dónde será eso?”, se me ocurrió preguntarme, mientras decidía anotarme de todas formas.
Al poco tiempo me llamaron. Una semana después ya tenía el bolso con la ropa y los libros, me despedí de mi familia y tomé un avión que me llevó hasta Comodoro Rivadavia (Santa Cruz), donde un vehículo de YPF me estaba esperando para llegar a Caleta Olivia. En ese momento comienza de verdad mi aventura.
Llegué a convertirme en la Jefa del Servicio de Pediatría y de Neonatología, encargada de la derivación de todos los bebés recién nacidos en incubadoras a Buenos Aires, porque en toda la provincia no contaban con la tecnología necesaria para atenderlos. Los traslados eran delicados y se realizaban en avión, fue una experiencia bastante fuerte para mí.
Con el tiempo, también se instaló mi marido y tuvimos hijos, que son orgullosamente santacruceños. Con la llegada de los años 90 y la privatización de YPF, nos tuvimos que volver a Unquillo.
EM: ¿Cómo fue ese regreso a Sierras Chicas?
GA: Al principio había tomado la decisión de colgar el estetoscopio y dedicarme a manejar un bazar que teníamos por la Avenida San Martín, pero en el medio seguía presentando mi currículum por todas partes.
Al poco tiempo me llaman del Miguel Urrutia, donde estuve mucho tiempo hasta que, por problemas de política, nos sacan a un montón de empleados. Ahí pasé a trabajar en Mendiolaza y en la Clínica de la Ciudad de Villa Allende (ahora Hospital Italiano), donde estuve hasta la época de la pandemia.
Ahora volví a trabajar en Unquillo en el Centro Privado de Salud, y mantengo mi trabajo en Mendiolaza. Son más de 30 años de labor, soy la pediatra de todos los niños de Mendiolaza y Villa Allende.
EM: ¿Cuál es tu motivación para seguir trabajando después de 50 años?
GA: Que amo mi trabajo. Vos me sacás a mis bebés y me muero. En la parte más dura de la pandemia, me encontraba sola y triste en mi casa, sin saber qué hacer, así que tomé la decisión de volver a trabajar. “Vos estás loca”, me decían mis hijos, pero era imposible que me alejen de mi profesión. Si me moría por Covid, al menos me moría contenta.

EM: ¿Qué recuerda de esos años trabajando en pandemia?
GA: En esos años fue vital trabajar en el campo de la puericultura, es decir el conjunto de prácticas relacionadas al cuidado y crianza de los recién nacidos durante sus primeros años.
Los padres primerizos necesitaban toda clase de información sobre cómo atender a sus bebés, desde cómo alimentarlos hasta cómo limpiarlos. Tuvimos que dar muchos turnos y nos quedábamos muchas horas trabajando, pero no me arrepiento, porque la alternativa era estar triste en mi casa, alejada de mi propósito.
EM: ¿Cómo fue el festejo que le hicieron desde la Municipalidad de Unquillo?
GA: Muy lindo. Fue un recibimiento con fiesta sorpresa y todo. Estaban todos mis amigos e integrantes de la municipalidad. Estoy muy orgullosa de mi trabajo y además agradecida porque pude llegar lúcida a esta etapa de mi vida. Soy muy creyente y sigo yendo a misa todos los domingos. Siempre le pido al Espíritu Santo que me ilumine para que no me vaya a equivocar.
EM: Es un cariño muy grande el que te tienen…
G: ¡No puedo caminar por Villa Allende porque todas las familias y sus hijos me reconocen y se me prenden al cuello! (risas). Soy de la vieja escuela, atiendo casos las 24 horas del día. A todos mis pacientes les doy mi WhatsApp y no tengo problemas en atender sus dudas. ¡Llego a recibir entre 100 y 200 mensajes por día!
Es una satisfacción muy grande demostrar todo lo que sé y sigo estudiando, porque me sigo capacitando. Soy parte de la Sociedad Argentina de Pediatría y todos los años rindo la actualización. Nos mandan tres libros y a fin de año rindo un examen de cien preguntas basadas en casos nuevos. Gracias a ese examen sigo manteniendo y defendiendo mi título de especialista.
El otro día entró a mi consultorio un chico que lo atendí hace 20 años y ahora está haciendo atletismo. Me dijo que necesitaba rellenar una ficha médica y, sorprendida, le dije que podía atenderse con cualquier otro médico, a lo que me respondió: “No, usted me recibió en este mundo, usted me tiene que acompañar”.
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