- Redacción: Lucía Gregorczuk.
- Participaron: Morena Pavón, Sabrina Ponce de León y Juana Correa (4to IMVA). Diego Vaca Narvaja y Franco Acebal (4to IENM).
Eduardo “Boyo” Quintana nació en Córdoba, pero hace 30 años que vive en el “Pueblo de los Artistas”, así que se considera completamente “unquillense”. Para este artista plástico, todo lo que hace “empieza en el dibujo” y después se va transformando: sea pintura, xilografía, calado en madera, todo empieza en esa mina de grafito que va marcando las primeras ideas. Hoy en día su obra ha excedido el soporte del papel para adquirir formas que van más allá del 2D. Así, se presenta en las paredes, en murales yuxtapuestos o en grandes obras de madera con texturas.

El Milenio: ¿Cómo fueron tus inicios en el arte y tu formación en este sentido?
Boyo Quintana: Yo viajé mucho y vi mucho arte. Entre mis 22 y 23 años, atravesé toda Europa. Hice vendimia en Francia, albañilería en Bélgica, vendí pañuelos hindúes en el metro de Barcelona y anduve también por Italia. Ahí tuve mucho contacto con los clásicos europeos. Me quedaba una semana cerca del Louvre y después capaz que iba a ver una Escuela Flamenca o una Veneziana.
Cuando me mudé a Brasil empecé a estudiar y a formarme con artistas, pintores y con grabadores. Ahí me hice de mis primeras herramientas. Finalmente, en la época de la vuelta a la democracia, decidí regresar a Córdoba.
Yo tenía una especialidad que era el grabado y la litografía, una técnica que se practicaba poco acá, y cuando el pintor Carlos Alonso se enteró, me trajo a Unquillo a trabajar con él. Eso la verdad que me abrió muchas puertas.
Alonso es uno de los artistas más importantes de la Argentina y tener la posibilidad de trabajar con él fue un gran aprendizaje. Fui durante mucho tiempo el impresor de su obra y la parte técnica de su arte gráfico, sus aguafuertes, xilografías y serigrafías.
EM: ¿Qué ramas del arte plástico has incursionado y cuál es la que más te representa?
BQ: Me representa todo lo que hice, hasta lo último que estoy haciendo. Todo es como un camino que uno va trazando, ¿no? Entonces todo lo que hice va contando mi trabajo, mis intereses e inquietudes.
Hoy trabajo con murales que tienen un gran tamaño, son obras divertidas, con más color. Son obras inspiradas en mi amor por la Bauhaus, una escuela muy importante de Alemania que integraba distintas disciplinas del arte, diseño, arquitectura, música, artesanía, etc.
Siento que he mezclado mi arte con lo que es Unquillo y su idiosincrasia. Sobre todo, me gusta muchísimo trabajar con quienes participan de los corsos y en todo ese imaginario que constituye el arte de las murgas.

EM: ¿De qué forma considerás que tus técnicas de pintura han cambiado a lo largo del tiempo?
BQ: A mí me gusta moverme un poco en todo, por eso creo en borrar los límites de las disciplinas. Hay todo un mestizaje de lenguajes, desde la instalación artística, hasta la performance, las manifestaciones del arte contemporáneo que van más allá de la pintura y del dibujo.
Aunque en mi caso todo ha nacido siempre del dibujo. Entonces cuando pinto siempre parto del dibujo, cuando hago este tipo de instalaciones de murales, que es todo de madera tallada, parto del dibujo también.
EM: ¿Y cómo describirías tu proceso creativo y las temáticas que abordás con tus obras?
BQ: Eso es algo que se dio de una manera bastante constante, y, a la vez, surge un poco de un conflicto. Como viví muchos años en Europa y Brasil, hubo como un choque muy fuerte para mí entre estas culturas.
A mí me gusta mucho la cultura nativa, me siento muy cerca de la Latinoamérica anterior a la colonización. Me atrae mucho el arte nativo argentino y el de otras civilizaciones más avanzadas, como la mexicana o la peruana. Este amor por estas culturas produce un choque con lo que aprendí del arte europeo y creo que de ahí nace mi obra, que podría definirse como un arte mestizo.
Cuando los europeos vienen acá y dominan a los nativos, les enseñan que tienen que hacer, santos y vírgenes que son de una cultura impuesta. Pero los nativos hacen algo diferente, esconden sus dioses entre estas figuras. Eso se llama sincretismo, un choque entre dos culturas. Yo me siento parte de eso.
EM: ¿Qué técnicas considerás que hoy son tus preferidas y cuáles te gustaría practicar de ahora en adelante o así?
BQ: Voy siempre explorando y cambiando. Hoy me gusta llevar mi obra fuera de las galerías de arte, porque es una tarea muy solitaria, la de encerrarse en el taller a producir.
A mí me está gustando mucho trabajar en lo tridimensional y trabajar en el espacio público, salir un poco de los sitios convencionales del arte. Hoy en día el artista sale y trabaja con la gente, porque la obra la completa el público, las personas que la ven.
Se vuelve algo menos competitivo y más colectivo, ya que las personas que ven el arte le otorgan un significado, completan el proceso de comunicación entre quien hace la obra, la obra como canal y quien la recibe.

El algarrobo del MACU
Boyo Quintana observa el algarrobo, viejo ejemplar, seco, inamovible, que le muestra sus ramas llenas de vida externa (arañas, hormigas, bichos bolitas), que está justo frente al MACU. Hablan, dialogan en el silencio del árbol muerto y del artista que indaga al mundo y ve en él arte. Boyo ve el arte de la naturaleza.
Algarrobo fue una muestra que hizo en noviembre de 2021 en el MACU y quizás fue uno de los hitos de su carrera en Unquillo, donde pudo traer el árbol al arte, donde literalmente hizo entrar un árbol a un museo y le dio una nueva vida, entre la danza y la intervención, la fotografía y las palabras.
“Puse un árbol en un museo. No era una obra mía, sino que era una obra de naturaleza. Sólo lo seleccioné porque estaba seco, en pie hacía más de cien años, cayéndose de a poco. Ponerlo en ese espacio fue valorizarlo como una obra de arte”, dice Quintana.

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