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Covid-19

De los “zoompleaños” a la distancia social, la interminable lista de cosas de la “nueva normalidad”

Sanitizar, Wuham, tres gotas de lavandina en un litro de agua, alcohol al 70%, adenovirus, "zoompleaños", tasa de letalidad, muertos por millón, ASPO-Dispo; la lista de cosas nuevas incorporadas y aprendidas en este 2020 de pandemia es interminable y la mayoría de ellas difícilmente serán olvidadas.

Sanitizar, Wuham, tres gotas de lavandina en un litro de agua, alcohol al 70%, adenovirus, «zoompleaños«, tasa de letalidad, muertos por millón, ASPO-Dispo; la lista de cosas nuevas incorporadas y aprendidas en este 2020 de pandemia es interminable y la mayoría de ellas difícilmente serán olvidadas.

El 19 de marzo, los argentinos quedaron congelados frente al televisor. La imagen que avanzaba desde Europa llegaba a Argentina y ahora era el presidente Alberto Fernández quien anunciaba el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio» (ASPO), segundo aprendizaje después de Wuham, la ciudad remota de la China donde todo comenzó. Argentina, como el resto del mundo, vivía en una película de ciencia ficción.


«Todos tuvimos que empezar a gerenciar el impacto que la pandemia nos provocó, tuvimos que aprender a hacer teletrabajo, la escuela de los chicos, quienes tienen más recursos tuvieron más colchón, es cierto, pero lo que ocurrió con el coronavirus nos afectó a todos«, reflexionó la investigadora del Conicet Silvina Arrosi, consultada por Télam.

«A mí, como socióloga es la primera vez que soy parte del objeto de estudio«, apunta.


Luis Navarro es dueño de una pizzería a dos cuadras de la estación de San Isidro, en el conurbano bonaerense. Entre los chicos de los colegios de la zona y los empleados de los Tribunales vendía unas 300 viandas por día que pasaron a 10 durante los primeros meses de la cuarentena.

«Al principio fue duro, no sabíamos qué hacer, había que pagar el alquiler, los empleados entonces se nos ocurrió abrir la verdulería«, cuenta Luis.

Como solía hacer las compras para hacer las pizzas y empanadas en el Mercado Central de Beccar, se le ocurrió ampliar la lista y empezar a vender verduras y así, en el pequeño espacio frente al local donde antes se amontonaban a comer los chicos del barrio, ubicó los cajones.

«Ahora se reactivó un poco más, no es lo que era, pero vamos tirando y no tuvimos que cerrar«, se consuela.


La verdulería fue la opción rápida que les permitió a mucho barrenar la tempestad. En un radio de cinco cuadras, se abrieron otros cinco locales durante el primer mes de cuarentena.

Es que pasado el entusiasmo de los primeros días de ordenar hasta el último cajón al ritmo marcial impuesto por los tutoriales de Marie Kondo, la certeza de que el ASPO se había convertido en parte la vida cotidiana hizo lugar a la realidad. Ya no solo había que preocuparse por sanitizar verduras y leer el tarro de lavandina para hacer la dilución correcta. ¿Acaso alguien había leído antes las instrucciones del tarro de lavandina? También hubo que aprender a adivinar sonrisas detrás de los barbijos, a querer sin besos ni abrazos o tomar mate en soledad.

«Una pandemia nos cambia la vida, con todas pasó lo mismo, en el comienzo del VIH había mucho temor, pero después aprendimos a incorporar al preservativo y hoy se avanzó tanto que parejas en las que uno es positivo y el otro no, pueden tener relaciones sin riesgo de infectarse porque se logró bajar la carga viral a niveles indetectables», opina Omar Sued, presidente de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI) y miembro del comité asesor del Presidente.

Para Sued, el coronavirus es también la oportunidad de replanteos. «Se ha revalorizado el rol del sistema de salud, de la importancia de que en cada ciudad tiene que haber alguien que se encargue de seguir a los enfermos, de hacer vigilancia epidemiológica, y también, a nivel mundial hay que revisar los sistemas de alerta. Vamos a volver a tomar mate y a poder abrazarnos pero hay otras cosas que no van a desaparecer, como el teletrabajo o la telescuela«, señaló.


Alejandra López es directora de una escuela en Florencia Varela, en el sur del conurbano bonaerense: «No me puedo imaginar cómo va a ser el regreso a clases pero sí que va a ser difícil, no poder abrazar a los chicos cuando lloran, pedirles que se mantengan lejos y lo más terrible, enseñarles que ahora no pueden compartir, toda una vida enseñándoles que tienen que prestar …«, se lamenta.

Su colegio es uno de los tantos en que la mayor parte de los alumnos no tienen conexión a Internet.

«La mayoría tienen que compartir un celular con los hermanos y por lo general tienen planes prepagos«, explica Alejandra que pasó buena parte de la cuarentena sentada frente a la impresora de su casa armando los cuadernillos en papel para que los alumnos no se demoren en la tarea.

«Claramente la pandemia afectó afectó el sistema educativo, profundizando la brecha educativa previamente existente. Tuvimos un 20% aproximado de estudiantes con acceso a educación sincrónica, es decir que cuentan con internet alta velocidad y un dispositivo para trabajar con sus docentes varias horas. Un 70% o 75% aproximadamente trabajó asincrónicamente, a través de WhatsApp o Facebook o a distancia intercambiando tareas en los tiempos de entrega de bolsones de comida«, indicó la pedagoga y secretaria de Ciencia, Tecnología y Políticas Educativas de La Matanza, Silvina Gvirtz.

«En lo que respecta a las infancias hay estudios de UNICEF, el Observatorio de la Deuda Social Argentina y otros que dan cuenta de lo mucho que la pandemia afectó a las infancias. Desde un deterioro en las condiciones de vida para un número importante de chicas y chicos hasta una menor actividad física e incremento de tiempo frente a las pantallas. También sufrieron mayor ansiedad o depresión o miedos por el el aislamiento social. Si esta pandemia va a generar una oportunidad para la mejora del sistema no lo sabemos todavía«, sintetiza Gvirtz.


«El 2020 iba a ser un gran año«, se ríe Laura Pagés (48) actriz, guionista y directora de la escuela teatral Anemavolar. Tenía tres obras para estrenar entre marzo y abril y el proyecto de unirse a otros dos directores para ampliar la escuela.

«Seguimos con entusiasmo algunos ensayos virtuales, que no eran lo mismo, pero era parte de seguir y no bajar los brazos«, relata. La cuarentena avanzó y «con el horizonte totalmente desdibujado y difuso comencé un proceso de crisis, enojo, frustración, angustia y aburrimiento«.

A la bronca propia se sumó el trabajo de madre tiempo completo, la ayuda a sus padres y a sus problemas con el Zoom se le agregaron los de Vito, su hijo de diez años. Y ahí estaba, al borde del ataque de nervios cuando decidió que si había que convivir con la botella de lavandina mejor ponerle onda. Entonces, con una de sus mejores amigas decidió pegar el volantazo y lanzaron. Concretando, una tienda de diseño que combina piezas de concreto y productos de limpieza, a las que le fueron sumando frascos de alcohol en gel, jabón líquido y aromatizadores convertidos en objetos de decoración.

Así, junto a la computadora en que sigue con ensayos y clases por Zoom en su casa de Villa Crespo, se fueron sumando las cajas con los productos. Y aunque está feliz -«porque desde hace dos meses no paramos de vender»- también reconoce: «No me adapté, no me reinventé, empecé de nuevo«.


Arrosi, quien lideró una investigación del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes) sobre cómo impactó el coronavirus en la vida cotidiana, cree que algunos cambios llegaron para quedarse, como la educación a distancia y el teletrabajo.

«Es cierto el debate cara a cara siempre es más interesante, pero esto también nos sirvió para darnos cuenta de que a veces no hace falta viajar una hora para una clase de inglés«, opinó.

Sobre el futuro, Arrosi es optimista aunque opina que habrá que adaptarse a una nueva normalidad: «Lo que aparece a partir de la vacuna es un escenario optimista, pero cuándo vamos a observar ese impacto en la población es una incógnita«.

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