Los jugadores alzan su voz ante una realidad que golpea a la comunidad afroamericana.

Se viven horas de máxima tensión en Estados Unidos. El brutal ataque sobre Jacob Blake, un hombre afroamericano de 29 años, por parte de la policía caló hondo en el ánimo de un enorme sector de la sociedad estadounidense. Las protestas contra el racismo se vuelven a multiplicar en diferentes puntos del país y uno de los pocos espacios de poder en los que la comunidad afroamericana puede hacerse escuchar es el deporte.

La NBA, uno de los espectáculos más colosales del mundo, es por estas horas el megáfono por el cuál se expresa el enojo ante una problemática de escala social, sin solución a la vista. «Seguimos amando a un país que no nos ama«, manifiesta Doc Rivers, entrenador de Los Angeles Clippers, en rueda de prensa, con su poderosa voz de mando quebrada por la tristeza.

En Disney, dentro de la burbuja sanitaria más costosa del planeta se empieza gestar un suceso pocas veces visto. Con la congoja a flor de piel, Milwakee Bucks, el equipo con mejor récord en toda la temporada da el primer paso y se afirma en una decisión histórica: no salir a jugar, porque un policía (otra vez) decidió avasallar la vida de una persona de color. El boicot es inédito, el escenario es inédito.

Las voces de los más experimentados recorren ahora cada vestuario, para llegar al lobby de los hoteles y atravesar las habitaciones de cada plantel. No hacen falta las redes sociales, la pandemia amontonó a un puñado de estrellas del básquet para que tomen decisiones determinantes, casi como un capricho del destino, cuando la calle es un fuego.

Las autoridades de la NBA apresuran el trámite y anuncian lo que en realidad ya no está en sus manos. Los protagonistas, los que lanzan al aro cada noche, deciden que esta vez no.

La arena queda vacía y los ecos resuenan en los pasillos de los hoteles. Los jugadores dialogan hasta altas horas de la madrugada intentando descifrar los pasos a seguir. Chris Paul, base legendario del Oklahoma City Thunder, y presidente del gremio de jugadores, trata de distribuir las piezas en el tablero.

LeBron James, líder indiscutido por peso deportivo saca a relucir su presencia como líder social también. En la fiebre del momento la primera decisión por parte del ícono y sus compañeros es terminar la temporada, sin juego, sin campeón. Su visión es observada por decenas de colegas que lo admiran en profundidad. Su enfoque es el más crítico, el legado deportivo por el que se levanta cada mañana pasa a un segundo plano.

Los Angeles Clippers, candidatos al título parecen optar por la misma postura. El resto de los equipos apoya la continuidad y horas después alcanzan el consenso: la liga sigue. Lo curioso es que quienes más tienen por perder abandonando la burbuja, más dispuestos están a dejar ir los anhelos de gloria en pos de una causa que los atraviesa desde sus infancias.

Sin embargo, el magnetismo del juego le brinda a la palabra de los referentes una plataforma para capitalizar y expandir el alcance. «Que el mensaje de los líderes del básquet suene dentro de esta burbuja lo hace mucho más fuerte. Ahora mismo estamos demostrando cuán poderosos somos» , sostiene el ex basquetbolista Matt Barnes.

Lo colectivo parece primar por encima de cualquier aspiración individual. Algunos proponen videollamar a la familia del gravemente herido Jacob Blake. La velada se convierte en inolvidable. Los novatos entienden que son parte de una trama diferente. La anaranjada se transforma en trampolín. Entonces el triple sensacional de Doncic en el último segundo, o las epopeyas de Demian Lillard para mantener a los Blazers con vida se vuelven anécdotas minúsculas. La historia pasa por otro lado.

Para este grupo de atletas hay algo que decir. «Ya fue suficiente«, vocifera Lebron James mientras reclama la necesidad de que los propietarios de las franquicias tomen cartas en el asunto y se unan a la causa con algo más que palabras vacías midiendo posiciones en la opinión pública.

«Las decisiones que están tomando los jugadores impactan a comunidades a lo largo y ancho de todo el planeta«, destaca el analista y ex all star, Richard Jefferson. Horas más tarde, Naomi Osaka, tenista ex número 1 del mundo durante el 2019, decide no presentarse a jugar las semifinales del Masters de Cincinatti. Su por qué es claro: «Antes de ser atleta, soy una mujer negra«, resalta la nipona.

Kenny Smith, bicampeón de la NBA en los 90 y actual presentador de uno de los programas deportivos más populares de Estados Unidos abandona el estudio en plena transmisión, ante la atónita mirada de su compañero y el gesto de respeto. «El cambio no se lleva a cabo hablando. Hay que actuar y hay que hacerlo ya«, anuncia LeBron James.

Desde los rincones más oscuros de Akron, Ohio, el alero creció en un escenario donde las imágenes de fuerza letal sobre su comunidad eran tan rutinarias como las prácticas de libres en el gimnasio. Pero él y sus compañeros tuvieron suficiente y ahora quieren demostrar que las vidas negras importan de verdad, que el escrito es sus camisetas es indeleble y que su lucha, la lucha de los jugadores que decidieron plantarse ante el status quo deportivo estadounidense, recién comienza.