Ruben Molíns formó parte de un equipo de traductores y especialistas en comunicación que viajó a las islas en 1982. En su relato, recuerda a los kelpers como personas que vivían tranquilamente hasta que, de repente, estalló una guerra en el patio de sus casas. “Lo más duro de esos días fue la certeza absoluta de que moriría allí, de que no habría ninguna posibilidad de volver con vida y ver de nuevo a mi familia”, contó.

Especial:

Antonella Ramacciotti

4to año, Instituto Educativo Nuevo Milenio


El pasado 2 de Abril se cumplieron 38 años desde el inicio de la Guerra de Malvinas, uno de los episodios más tristes de la historia nacional. En el enfrentamiento con Gran Bretaña, numerosos jóvenes argentinos fueron enviados a las islas con poca preparación y, muchas veces, sin siquiera saber a qué iban o a dónde iban.

En el aniversario de un suceso que ningún argentino debe olvidar, El Milenio entrevistó al ex combatiente y sobreviviente de Malvinas, Rubén Osvaldo Molíns, que actualmente vive en barrio Argüello. Con menos de veinte años, el entonces joven oriundo de Deán Funes se desempeñó como traductor de inglés (un rol muy importante ya que era necesario comunicarse con los británicos que residían en las islas) y formó parte de la compañía de comunicaciones.

El Milenio: ¿Cómo entró al servicio militar? ¿Qué función cumplió?

Rubén Molíns: Por haber nacido en 1963, me tocó hacer el servicio militar durante el año 1982. En ese entonces, la región del Tercer Cuerpo del Ejército, con sede en Córdoba, estaba “castigada” por un levantamiento que había llevado a cabo el General Méndez hacía ya unos años. El castigo era enviar soldados cordobeses a cumplir el servicio militar en cuarteles del sur del país.

En principio, yo estaba destinado a un regimiento de Infantería en Sarmiento, provincia de Chubut, pero por ser radioaficionado, conseguí que me cambiaran a una Compañía de Comunicaciones, CaCom9, en Comodoro Rivadavia. 

Además, como era traductor de inglés (había estudiado en ICANA durante nueve años), el poco tiempo que estuve en el cuartel, antes de viajar a Malvinas, mi trabajo tuvo que ver con traducir textos del inglés al castellano y hacer tareas de oficina. Mi instrucción militar en el campo fue muy corta, apenas un par de semanas.

EM: ¿Cómo llegó a Malvinas? ¿Sabían a qué iban?

RM: Los últimos días de marzo se percibía un particular nerviosismo en el pequeño cuartel donde estábamos. Estuve a punto de integrar un equipo de comunicaciones que viajaba para Río Mayo, en la cordillera. Todos pensábamos que pasaría algo con Chile, porque pocos años antes habíamos estado al borde de la guerra en el sur.

Finalmente me quedé por orden de mi superior. Tiempo después, nos enteramos que en realidad ese equipo había participado del desembarco en Malvinas, que estuvo destinado a Bahía San Carlos y que fue unos de los últimos grupos en regresar al continente, una vez finalizada la guerra. 

Al día siguiente fuimos al Comando de la Nueva Brigada, en Comodoro Rivadavia, para hacer escucha de todo el mundo, en inglés, y ver qué se decía de Argentina en otros países. En general, no éramos parte de las noticias y de los comentarios para estos emisores.

El 2 de abril a la madrugada nos enteramos que se habían recuperado las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur y que en algunos lugares había combates y escaramuzas. El 3, un grupo de diez traductores más otros soldados de comunicaciones, oficiales y suboficiales, volamos en un Hércules C130 que nos llevó a Puerto Argentino, en Malvinas. Mi lugar de base y de trabajo era el cuartel que había sido de los marines ingleses hasta hacía unos días, y una oficina en el Town Hall, en el pueblo.



EM: ¿Qué es lo que más recuerda de su paso por Malvinas?

RM: Durante muchos años no quería recordar nada, seguramente como un mecanismo de defensa. Con el tiempo, los recuerdos que comenzaron a aparecer tenían que ver con las personas que vivían allí, los kelpers (malvinenses). Una de nuestras tareas como traductores era comunicarnos con los lugareños. El gobierno de Argentina les ofrecía llevarlos hasta Uruguay y desde allí, a Inglaterra.

Una mañana tuve que acompañar a un hombre que tendría unos cincuenta y pico de años hasta su casa, a ver unos equipos de radio, para decidir si los confiscábamos o no. Le ofrecí la posibilidad de que él y su familia pudieran irse a Inglaterra y me dijo que había estado tres veces en ese país visitando parientes y que, para ellos, los kelpers no son ingleses. También había estado en Buenos Aires y Comodoro Rivadavia, y sentía que, para los argentinos, ellos eran extranjeros. Me contó que había nacido allí y que todo lo que tenía en la vida estaba en su casa, con su familia.

Pocos días después comenzaron los bombardeos sobre Puerto Argentino y siempre volvían a mi recuerdo los rostros de esas personas que vivían muy tranquilas en un lugar bellísimo, y de un día para el otro, dos países pelearon una guerra en el patio de sus casas.

EM: ¿Qué fue, desde su perspectiva, lo más duro de aquellos días?

RM: Sin duda, lo más duro de esos días fue la certeza absoluta de que moriría allí, de que no habría ninguna posibilidad de volver con vida y ver de nuevo a mi familia. A los 18 años, uno no tiene mucha perspectiva para comprender esa situación, solo se la puede sentir en las entrañas, llorar por las noches recordando los rostros de las personas queridas y despedirse en silencio de ellos.

Soldados argentinos en Malvinas. Foto Daniel García en Archivo General de la Nación Argentina.


Mucho tiempo después, cuando mi hijo cumplió sus 18 años, pude comprender en qué lugar había estado, qué cosas había vivido siendo un niño con cuerpo de joven. También pude comprender a mis padres y el infierno por el que ellos pasaron esos días.

Sin duda, lo más duro de esos días fue la certeza absoluta de que moriría allí, de que no habría ninguna posibilidad de volver con vida y ver de nuevo a mi familia.

EM: Dentro de lo terrible de esa experiencia, ¿recuerda algo positivo?

RM: Es muy difícil rescatar algo positivo de una situación tan extrema como una guerra. Los veteranos que vuelven siempre sentimos la culpa de no haber muerto allá, como tantos otros compañeros.

Hace unos pocos años, pude darme cuenta que ahora dispongo de tiempo para desarrollar actividades que me permiten poner al servicio de otras personas, algunas cosas que he aprendido a lo largo de mi vida. Por ser veterano de guerra, al poco tiempo de volver pude empezar a trabajar en Gas del Estado, donde estuve por 25 años hasta que me jubilé.

Participar de proyectos sociales en los que son necesarios tiempo y recursos y que me parecen muy valiosos en este momento social, es un regalo para mí. Y lo puedo hacer por haber estado en Malvinas y hoy no tener que estar trabajando diez horas al día en una oficina para ganar un sueldo.

Soldados argentinos hechos prisioneros luego de la rendición, 14 de junio de 1982. Foto en Archivo General de la Nación Argentina.


EM: ¿Cómo fue el regreso y los años que pasaron desde entonces?

RM: El regreso del sur fue también una situación muy dolorosa. Llegamos al aeropuerto en Córdoba y allí solamente estaban las madres y los padres de los pocos soldados que volvíamos. Sentíamos que nos ocultaban de la vista de la sociedad, que éramos una vergüenza por haber perdido la guerra.

Durante mucho tiempo, lo único que nos ofrecieron fue atención médica y psicológica en el hospital militar de Córdoba. Después apareció la primera pensión para veteranos, que, si bien era menos que una jubilación mínima, ayudaba mucho a los muchachos que no habían podido conseguir laburo, ya que por lo general no había trabajo para los “locos de la guerra” en ese tiempo.

Mucho tiempo después, esa pensión se convirtió en un ingreso que verdaderamente significaba la posibilidad de vivir con cierta dignidad, pero ya habían pasado más de treinta años de olvido y menosprecio. Muchos no pudieron sobrevivir a esa situación.

EM: ¿Qué opina del trato de la sociedad para con los ex combatientes? ¿Percibe algún cambio en este último tiempo?

RM: El cambio que se ha llevado a cabo en estos treinta y ocho años es enorme. Hemos pasado de ser los chicos que perdieron una guerra, llevando encima una etiqueta de locura y dificultad para adaptarnos a vivir en sociedad; a ser hombres valorados y recordados por lo que tuvimos que atravesar. Muchos, además, son actores sociales que están colaborando con su trabajo en múltiples proyectos.

Veteranos de la Guerra de Malvinas visitan el Instituto Educativo Nuevo Milenio de Unquillo y el Instituto Milenio Villa Allende todos los años.


Una de las actividades que nos han permitido ocupar este lugar en la sociedad es la participación en las escuelas, para compartir nuestras experiencias no solo de la guerra, sino de cómo pudimos volver a ser parte de esta sociedad, sentir que tenemos algo valioso para ofrecer y recibir el reconocimiento como retribución. En ese ida y vuelta, fue creciendo una suerte de cura para tantas heridas.


Rubén forma parte de un equipo de formación llamado Germinar y ha participado en los grupos fundadores de dos escuelas de pedagogía Waldorf (una, el Instituto Secundario Dandelión de Saldán).

Rubén forma parte de un equipo de formación llamado Germinar y ha participado en los grupos fundadores de dos escuelas de pedagogía Waldorf (una, el Instituto Secundario Dandelión de Saldán).


EM: ¿Qué siente cuando llega el 2 de abril?

RM: Inevitablemente, unos días antes de estas fechas y por unos cuantos más hasta mediados de junio, cuando la guerra terminó, mi humor cambia. Por supuesto, a lo largo del tiempo tuve que hacer terapia para que lo vivido pudiera transformarse en algo positivo. Éramos demasiado jóvenes cuando todo esto pasó y en ese momento no fue posible encontrarle un sentido.

Cuando uno llega a esta edad, un poco más de 50 años, se plantea verdaderamente cuál es el sentido profundo de la vida, de lo vivido y lo que falta vivir, y haber pasado por Malvinas es un elemento que tiñe de un color muy particular toda la experiencia. Depende de cada uno que eso signifique agradecimiento por estar vivo y haber aprendido, o resentimiento, dolor y venganza.

EM: ¿Qué piensa sobre la guerra?

RM: La guerra, en general, es un estado de conciencia de la humanidad. Hace mucho tiempo, era el modo en que se resolvían las diferencias o conseguíamos lo que ansiábamos. Eso debería haber quedado muchos siglos atrás. Hoy tenemos otros modos de resolver nuestras diferencias y conseguir por derecho lo que nos corresponde.

Utilizar la guerra como instrumento dice mucho de las personas que conducen a los pueblos a esa locura.En este caso, un militar con aspiraciones políticas de permanecer en el poder imaginó que, si conseguía ganar, podría ser elegido por la ciudadanía. Por otro lado, una primera ministra que tambaleaba en su país tuvo la oportunidad de responder a una provocación y obtener el favor del pueblo británico.

Ambos buscaban ser aceptados e idolatrados. Y el pueblo fue manipulado para responder a esas expectativas. Sueños de poder generan una pesadilla donde jóvenes de los dos bandos pelean una batalla que no comprenden, que no les pertenece.

Pienso que la guerra nos dice mucho del nivel de conciencia que tenemos como humanidad. Debería ser algo que quede definitivamente en el pasado.