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Carlos Alonso: “La ilusión es que el arte enriquezca la vida de la gente”


El artista plástico, oriundo de Tunuyán, Mendoza, fue uno de los 8 distinguidos con el Gran Premio a la Trayectoria 2018. En una entrevista cálida y sin matices Carlos Alonso, referente ineludible de la plástica contemporánea, desnuda su vida y su obra, síntesis perfecta de talento y compromiso social.

Carlos Alonso nació el 4 de febrero de 1929. Es uno de los artistas plásticos argentinos más importantes de todos los tiempos.

Luego de recibir el Premio a la Trayectoria 2018, y a pocos días de cumplir 90 años, el pintor habla con la juventud del entusiasmo y la seguridad de la experiencia.  La vocación, la identidad y el lugar de pertenencia, el arte, su obra, sus maestros, la dictadura, y la memoria, entre otros temas.

¿Cómo descubriste que querías dedicar tu vida al arte?

Según mi madre, y su memoria, ya dibujaba antes de aprender a leer y a escribir. Evidentemente lo traía conmigo sin saber. Creo que nadie sabe de dónde viene la vocación, cuando tiene esa fuerza y esa presencia ineludibles que copa nuestra persona. Es milagroso; la vocación es inexplicable e inevitable a la vez. Dibujé siempre, pero no como suelen dibujar los niños; en general es una etapa que después se supera. He visto muchos dibujos de niños que no se convierten en pintores. El dibujo que yo hacía apuntaba a la historieta, a un relato, a la descripción gráfica de la vida, de lo que yo veía, no de lo que imaginaba. Esto es lo primero que recuerdo. En el colegio secundario dibujaba todo el tiempo, tanto, que dibujaba en la clase de historia, de geografía, de matemática… Creo que eso me convirtió en una persona algo dañina para el resto de los estudiantes.

¿Qué historias contaban esos primeros dibujos?

En general eran historias violentas, historias de guerra, batallas. Es lo que recuerdo, no conservo nada. Cuando entré a la escuela secundaria seguía con la misma firmeza, con la misma vocación, y logré algo que me reafirmó vocacionalmente, y fue que me hicieran en el hall de entrada del colegio, en Mendoza, una exposición de mis cuadernos, los cuadernos de historia con dibujos, los cuadernos de matemática con dibujos. Supongo que lo hicieron como una forma de abochornarme, pero lograron todo lo contrario. Luego de eso mis compañeros me decían: “che, muy buenos esos dibujos”; “metele por ahí”. Y así fue.

A los dos o tres meses dejé el colegio y me fui a la escuela de bellas artes, donde tuve la fortuna de tener maestros muy sólidos, muy formados, muy formadores, muy abiertos, que reemplazaban la ausencia de galerías o museos que había en provincia.

¿A quiénes recordás, por ejemplo?

Gente que había trabajado y expuesto en Europa -como Lorenzo Domínguez, que nos pasaron una idea fundamental, que me sigue acompañando, y que es esta:

no hay arte argentino, arte español, o arte italiano; no hay pintura de un país o de otro, la pintura es una. El arte es uno, al que pertenecemos todos, donde sea que lo hagamos, en cualquier lugar de mundo.

Alguien dijo: el arte es como un océano, donde cada uno nada lo que puede y pesca lo que puede; pero estamos todos contenidos por el mismo mar, por el mismo océano.

¿Cualquiera puede ser artista?

Pienso que sí; lo fui yo sin ningún antecedente familiar… En mi casa no había libros ni cuadros, y en Mendoza prácticamente no había museos, salvo una pequeña galería. Quiero decir que por roce o por vivencia ciudadana no lo hubiera logrado. Por eso pienso que es un origen más profundo, más entrañable, diría que es como la índole. Y esta profundidad se descubre con el tiempo, así como las cosas que uno es capaz de hacer para no abandonar su vocación. A veces, la vocación va acompañada de la miseria, mejor dicho, del hambre. Y a veces, también, de la resistencia familiar, porque a lo mejor los padres sueñan con “mi hijo, el doctor”, pero “mi hijo, el pintor” es distinto. Aunque eso ha cambiado, ¿no?    

¿Será miedo lo que explica esa resistencia?

Algo de la bohemia, algo de las historias alcohólicas… Sin embargo, es todo lo contrario: se convierte en un trabajo apasionante y te vincula además con una parte del mundo con la que nunca te vincularías si no tuvieras esta profesión. He conocido gente con la que me parece mentira haber convivido o compartido una mesa, una charla, un retrato. Cuando hice los retratos de Astor Piazzolla y  Osvaldo Pugliese… Increíble. Una vez apareció Vittorio Gassman que estaba de paso en Buenos Aires. Lo trajo Antonio Carrizo, que estaba en Radio El Mundo, cerca de mi estudio. Aparecieron juntos e hice un retrato para Vittorio, uno para Antonio y otro para mí. En fin, un tipo de posibilidades de vida que me sacó de la mediocridad en la que estaba condenado, de alguna manera, por ser clase media baja y estar en una provincia en la que no había museos.

Se te define como un artista social. ¿Qué te llevó a hacer de la realidad obras de arte?

En mi primer viaje a Europa descubrí a Diego Velázquez y a Vincent van Gogh, dos señales muy distintas, muy formadoras pero muy distintas. Yo era muy joven, tenía veintipico cuando vi a Velázquez por primera vez. Entonces dije: “ni aunque viva mil años voy a pintar así”. Fue un shock fuerte; un shock al revés. Sin embargo, cuando vi a Van Gogh me pasó lo contrario. Tuve la impresión de que esa pintura la podía hacer. Por eso digo que hay cosas que son formadoras y al mismo tiempo frustradoras. Por un lado, un nivel de calidad, de estética, de resolución de la forma y de la imagen, como tiene Velázquez; por otro, una imagen más directa, más cercana, y que te hace pensar que podes hacerla. Y esto último sobre todo en Van Gogh, que dejó de pintar a la monarquía para pintar su propio zapato. Todo eso te abre caminos. Cuando volves a tu lugar, como ha pasado con muchos pintores, todo aquel mundo y aquella fantasía te hacen sentir la necesidad de reflejar la propia realidad, la realidad de todos los días, la que corresponde a tu país y a tu gente; cosa que sigo fervientemente tratando de hacer.

¿Qué situaciones o experiencias materializaron esta necesidad?

Volví al país y fui a estudiar con Lino Spilimbergo un año a Tucumán. Después me fui un año a Santiago del Estero. Ahí descubrí niños con hambre; niños con los vientres hinchados de hambre. Descubrí la miseria, y las dificultades para sobrevivir. En algún sentido, todo eso me cambió completamente el lenguaje. Esa visión de Santiago del Estero me despertó una parte de mi vocación que tiene que ver con la comunidad. Creo que un artista tiene un grado de responsabilidad con la comunidad a la que pertenece que el lenguaje tiene las facultades de comunicar. Elegí la necesidad de reflejar lo que pasaba en situaciones de emergencia, en situaciones de pobreza, en situaciones que no correspondían a la capacidad, la posibilidad, la imagen o el deseo que uno tenía de su propio país.

El arte concebido desde una función social…

De alguna manera, el arte termina siendo patrimonio de la gente y parte del bien común de la sociedad. Si la obra no está hecha para decorar o expresar la propia existencia, creo que el mejor destino para la obra es que pueda servir para expresar los sucesos y lo que acontece en la vida social. La ilusión es que el arte enriquezca la vida de la gente. Por ejemplo, “Blanco y Negro”, una de las muestras que hice. El blanco y el negro no son solamente la ausencia de color, sino la posibilidad de signar un poco el mensaje y el contenido del trabajo. En esa serie el color no entraba; el color era como la fiesta de la pintura, el blanco y el negro eran la falta de la alegría y las posibilidades. Esas cosas se fueron alargando en mi trabajo y, queriéndolo o no, profundizando las diferencias entre la vida burguesa y la riqueza, y la vida de la gente pobre, de aquellos que no llegan ni siquiera al mínimo necesario para una subsistencia digna.



¿Qué te llevó a incluir alimentos y hombres de traje en tus obras?

Hay una serie que llamé “Hay que comer”. Y que trata de reflejar ese conflicto que significa para algunas personas, para algunas familias, para alguna clase social, tener la capacidad de producir como para sobrevivir dignamente. Están quienes tienen todas las posibilidades, quienes tienen garantizadas su subsistencia, y la felicidad y tranquilidad que ello puede traer; y quienes no; para estos últimos, su situación es una verdadera tragedia. La serie de los hombres oscuros la llamé “Manos Anónimas”, y trató de reflejar lo que pasamos como argentinos con el proceso, con la dictadura, de la cual fui víctima como tantos argentinos. De alguna manera a partir de ahí me propuse trabajar sobre esa temática y acompañar con mis cuadros a la memoria. Después de una parálisis de seis años pude empezar a hacer los primeros dibujos de “Manos Anónimas”, y terminó siendo una serie de 45 trabajos que afortunadamente están colgados en el Museo Evita – Palacio Ferreyra de Córdoba. O sea que encontraron su mejor destino: pasaron de un cajón del estudio a manos de la comunidad, y sobre todo del bien común y de la memoria.  

¿Servir al bien común y la memoria sería el mejor destino del arte?

Creo que es parte de la vocación de algunos pintores y autores, que vinculan su capacidad emocional y de trabajo para sumarlo a causas redentoras del hombre, contra la explotación del hombre, o sea, de poner esa capacidad y esa vocación al servicio de causas superiores, de causas que tengan que ver con mejorar la situación de la comunidad. Es una de las posibilidades del arte, no la única, hay tantas posibilidades como autores. Hay pintores que no pueden sino pintar bajo la luz de esta idea de redimir a los que más necesitan.

Decís que tuviste mil oficios con el arte. ¿Por qué?

Justamente, cuando tratas la pintura de una manera cargada de esta problemática, que no conduce a la decoración, sino a la conciencia de las personas, es como que uno pierde el 90% de los clientes. Entonces hice de todo, siempre con las manos, los pinceles, y los lápices. Cambié los materiales pero siempre con la pintura. Ilustré 30 libros, desde el “Don Quijote de la Mancha”, “La divina comedia”, pasando por Neruda, “Mademoiselle Fifi”, Maupassant, en fin, libros de autores argentinos y del mundo. Nunca lo hice como un hecho para ganar dinero o para vivir, sino que evidentemente cuando uno entra en un poeta no sale del poeta de la misma manera. Porque esa lectura, esa convivencia y ese trabajo de ilustración te hacen descubrir cosas en las que se emparentan la poesía y la pintura, tanto, que en un momento dado pensé que el mejor destino que podía darle a una pintura era que terminara sintiéndose como poesía, en el sentido de su grandeza y su capacidad de comunicación emocional. También hice tapas de discos, retratos… No sé si serán mil, pero sí unos cuantos oficios que también me permitieron hacer mis cuadros.

¿Qué similitudes y diferencias encontrás entre el Carlos Alonso de los comienzos y el actual?

Me pasa una cosa curiosa: me acuerdo de todo. Los trabajos tienen una especie de sello; es muy difícil que me equivoque. Cuando me presentan un cuadro falso enseguida me doy cuenta que es un cuadro copiado, que no es mío. Hay una cierta coherencia entre los primeros trabajos y los últimos.

Creo que aquella idea inicial de vincular el arte con la sociedad y lo personal con lo comunitario me signó como autor, y creo que esa es mi personalidad.

¿Qué significa para vos haber sido reconocido con el Gran Premio a la Trayectoria 2018?

Este premio me suena a una cosa que dijo Bernard Shaw, eso de tirar un salvavidas cuando llegaste a la otra orilla. Voy a cumplir 90 años. Hace treinta años hice la muestra de Van Gogh, El pintor caminante. Digo, qué lento este caminante… Pasaron 30 años. Pero bueno, aquí está.

¿Proyectos entre manos?

Estoy preparando una retrospectiva (para abril), que significa entrar a buscar las obras donde sea que puedan estar: en Roma, Milán, General Villegas, otras en Mendoza. Hacer una retrospectiva es como un buceo, como una investigación de mi propia vida, de mi propio trabajo. Estoy muy ilusionado porque al mismo tiempo se va a hacer un libro que va a recuperar todos estos trabajos, cerca de cien cuadros, y que esperamos poder presentar en la retrospectiva.


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