Historias de Sierras Chicas: “Siempre he mantenido una relación muy directa con la vida”

Desde muy chico dibujaba tirado en el piso mendocino. Hoy, a los 85 años, Carlos Alonso está lejos del retiro. Desde su casa en Unquillo, el consagrado artista hace un recorrido por los momentos más importantes de su vida. Los primeros dibujos, su relación con Spilimbergo, la militancia y la desaparición de su hija no dejaron afuera la reflexión del artista sobre la violencia en la actualidad.


Por Lucía Argüello y Matías Pérez

periodico@elmilenio.info

Fotografías: El Milenio

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“Ahora estoy pintando el retrato de mi nieto Iñaki que corre por todos lados, agarra los pinceles y me pinta los zapatos. Nos ha dado una nueva alegría”, contó el artista de 85 años.

UNQUILLO – Un camino bordeado por frondosos árboles serpentea hasta llegar a la cima de una pequeña colina que parece sacada de un libro de Tolkien. Una casa, a la vez sencilla e imponente, domina el maravilloso paisaje de las Sierras Chicas a las cinco de la tarde. Por la puerta se asoma un hombre alto y fornido, de cejas gruesas y cabello blanco, expresión amable y sonrisa abierta. “¿Vieron qué lindo? Parece la casa de un pintor ¿no?”, bromea Carlos Alonso, uno de las figuras más emblemáticas del arte argentino, hoy vecino de Unquillo.

Nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, Alonso nunca dudó en retratar los dolores, las miserias y las esperanzas de una Argentina turbulenta. De trazo firme y actitud vanguardista, su compromiso con la realidad social y política queda patente en series como “El ganado y lo perdido” y “Manos anónimas”, esta última realizada a raíz de la desaparición de su hija, Paloma, durante la última dictadura militar. Entre caballetes, lienzos y pasteles; Alonso dialogó con El Milenio y recordó los momentos más relevantes de su vida.

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“Todo empieza por el cariño, por el amor a la pintura y a lo que pintás. Finalmente en el fondo siempre hay un ejercicio amoroso. Si hay algo que te puede emocionar en un cuadro es el amor con el que está tratado”, reflexiona Alonso.

El Milenio: ¿Cuándo decidió dedicarse al arte?

Carlos Alonso: Yo no recuerdo la verdad. Mi madre dice que a los cinco años yo ya dibujaba horas y horas tirado en el piso, de panza en la baldosa. Ahora que estoy con las rodillas flojas capaz que termino dibujando en el piso otra vez, ¡panza en la baldosa! En el colegio dibujaba todo el tiempo, menos en las clases de dibujo, porque nos hacían dibujar unos yesos que era más aburrido que bailar con la hermana. Dibujaba historietas generalmente. No tuve otras virtudes, asique esta me tenía que servir para todo.

Enseguida dejé el colegio secundario y me metí en la Escuela de Arte en Mendoza. Ahí se multiplicaron mis posibilidades al estar con otros chicos de mi generación que también querían ser pintores, me sentía parte de una movida. Salíamos quince pibes con nuestros caballetes a pintar el paisaje, éramos quince Van Gogh. Incluso alquilamos una piecita y nos pusimos nuestro primer taller libre. Y así empieza la historia ¿no? Yo siento que traía en mí ese lenguaje.

EM: ¿Cómo fue para usted la experiencia de viajar a Europa, tan común para los artistas de la época?

CA: A mí personalmente una de las cosas que más me impactó fue la diferencia entre la pintura clásica y un pintor como Van Gogh. La pintura clásica vos la ves imposible de hacer, ni en mil años voy a poder pintar como Velázquez. Pero cuando te ponés frente a Van Gogh decís: ‘esto sí lo puedo hacer’. Es como más cercano. En ese momento descubrí que se podía ser pintor sin pintar como Velázquez.

Igual siempre pensé que si en vez de ir a Europa me hubiera ido a los museos de México por ejemplo, como hizo Seguí, hubiera cambiado un poco la historia. Aquello pertenecía a otra cultura, a otro continente, a otros estados de la conciencia; mientras que esto era muy vital. Si uno ve los murales de Orozco te das cuenta que no tienen nada que envidiarle al Guernica

EM: Pero más tarde que pronto se encontró con esa tradición latinoamericana…

CA: Sí, desde luego. Si hay algo que yo he mantenido es una relación muy directa con la vida y con los sucesos políticos y sociales de Latinoamérica, que ha sido lo que me ha signado y me ha dejado marginado de alguna manera de otras posibilidades universales, en cuanto a la proyección internacional de la obra.

EM: Usted militó en el Partido Comunista durante un tiempo ¿no? ¿Cómo fue esa experiencia?

CA: Yo milité de joven, entré a los 16 años. Fue una experiencia saludable en cuanto a que era una elección de vida. Los jóvenes en esa época entendíamos que la vanguardia estaba en la lucha de la clase obrera. Entonces aspirábamos a que esa vanguardia también fuera la vanguardia del arte, o sea, que anunciara también una nueva forma de pintar y de ver el arte a partir de ese alimento que era la militancia. Como decía Siqueiros: “No veo por qué, si la pasión política incendia mi vida, no va a incendiar mi pintura”.

Pero por otro lado fue una experiencia negativa porque dejé de leer poesía para leer material político, y confieso que no me enriqueció. Además, había un choque entre lo que yo sentía y lo que se pretendía que pintara, y eso hizo eclosión cuando hice la muestra “Puro Lino”, en 1968. Me dijeron que estaba tirando a Spilimbergo por el suelo pintándolo vendado y sufriente, cuando era la verdad de cómo estaba él. Dijeron que me mofaba de él, me hicieron una caricatura en la que estaba yo con el caballete y el pincel en el dedo gordo del pie y decía “El pintamonas de Carlos Alonso se mete con Spilimbergo”.

Me echaron del partido, me tiraron a la basura. Fue muy doloroso para mí porque eran mis camaradas. No tuve ni siquiera la posibilidad de defenderme, de tener una charla con alguien que me dijera por qué. Esos fracasos son como columnas que se quiebran, como rupturas que se producen en la elección del camino.

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EM: Un poco después del Golpe del ‘76 usted abre la muestra de “El ganado y lo perdido”, ¿qué lo motivó a realizar esa serie?

CA: En ese tiempo yo vivía en Roma pero ya había visto algunos sucesos violentos, lo de Trelew por ejemplo, y yo dije ‘esta semilla va a dar un árbol enorme de violencia’ porque esas cosas no suceden gratuitamente en una sociedad. Yo creo que eso fue lo que me impulsó a trabajar sobre la imagen de la violencia que traía el ejercicio de la carnicería. Ya cuando ilustré El Matadero de Echeverría vi cómo un oficio como la carnicería puede trasladarse a la cultura y a la vida. Yo presentía que eso no iba a tener un final sino el que tuvo, aunque desde luego que nunca me imaginé que iba a ser semejante tragedia.

Y cuando se hizo la muestra en Buenos Aires empecé a ver otros síntomas. La Opinión, que era el diario más leído en ese entonces, en vez de mandar al crítico de arte mandó al crítico de política, hubo amenaza de bomba, empecé a ver gente que no era de la calle Florida, gente de los barrios. Tuvimos una visita en casa muy sospechosa de funcionarios que decían que eran de inmigraciones pero no lo eran, venían a husmear la casa. Mataron a Burrichón Alberto que era íntimo amigo mío, acá en Mendiolaza. Ahí empezó el miedo y decidimos irnos con mi esposa, Mercedes, y Pablito, mi hijo de cuarenta días.

EM: El Golpe de Estado afectó a toda la sociedad pero a usted lo golpeó directamente con la desaparición de su hija ¿Cómo siguió pintando después de la dictadura?

CA: Y después viene Unquillo, que es la necesidad de retomar una historia imposible pero que empieza por el mismo lugar, que empieza por la naturaleza, como buscando sanarse o por lo menos atenuar el dolor imposible de curar. Re encontrar la fuerza para sobrevivir, para volver a amar otra vez las cosas cuando ya está todo cargado de odio y de dolor. Encontrar otra vez la punta de alguna esperanza, de alguna ilusión que te haga tener la frescura y la inocencia que hace falta para pintar.

EM: ¿Fue como un renacer?

CA: No sé si un renacer pero sí una cura. Poder volver a poner en un cierto orden el estallido que significa constatar la capacidad de violencia que puede tener una clase sobre otra, un poder sobre el otro, el militarismo contra los civiles, contra gente desarmada, inerme.

EM: ¿Cómo tomó la decisión de pintar “Manos Anónimas”?

CA: Sabía que no lo podía hacer. Que estaba demasiado involucrado para hacerlo. ¿Cómo podía convertir la muerte de mi hija en estética? No podía transformarlo, no quería. Lo único que me quedaba era la esperanza de poder dar testimonio de eso para que no volviera a pasar, o para que ayudara a reflexionar sobre cómo somos y cambiar esa forma de relación que tenemos y que nos hizo tanto daño.

Pero pasaron muchos años. En el 86 empecé a hacer los primeros dibujos con la idea de hacer cuadros grandes, pero nunca llegué a pintar los cuadros grandes, siempre quedaron esos pasteles que eran más bien íntimos y que hoy están en el Palacio Ferreyra por suerte, sino estarían en un cajón como tantas otras obras y no habrían cumplido su rol.

EM: Si pudiera volver el tiempo atrás ¿qué época de su vida le gustaría volver a vivir?

CA: Yo creo que cuando empezó todo, cuando estaba todo por hacerse y teníamos la perspectiva de una aventura vital, humana y artística. Cuando salíamos a pintar en grupo, de forma alegre, esperanzada, soñadora, romántica; mientras al mismo tiempo luchábamos contra la tentación del dinero, del éxito, del triunfo. Lo más importante era la aventura de estar embarcados en una experiencia que iba a enriquecer y a consagrar lo mejor de nosotros a través de la alegría, la esperanza, el amor y los sueños.

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“Me levanto tarde y me pongo a trabajar en el estudio porque todavía tengo muchas cosas planeadas, como el libro y la muestra de La Divina Comedia en Recoleta para el año que viene. Después almuerzo, duermo la siesta y vuelvo al trabajo hasta que me da el cuero. “, confió el maestro.

El maestro y el discípulo

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En 1954, Carlos Alonso se topa con una experiencia que marcará su vida y su trayectoria: el peregrinaje a la Universidad de Tucumán y la invitación de Lino Spilimbergo a participar de un mural que le había encargado una importante iglesia tucumana.

“Spilimbergo fue de alguna manera un maestro, pero no tanto en lo pictórico como en lo personal. Él era fundamentalmente un hombre libre: libre de las convenciones comerciales, de las especulaciones, de la prensa del éxito, de la fortuna. Tenía esa coherencia, esa capacidad de defender el arte contra toda mistificación y su vínculo con el pueblo y el patrimonio; todo aquello que hacía del arte un producto no tan comercial como espiritual”, recordó Alonso con admiración.

La denuncia de que Spilimbergo era “un hombre de izquierda” puso fin a la aventura muralista, cuando el Vaticano le quitó el encargo y mandó a un “pintor de estampitas” en su lugar. Sin embargo, la amistad entre maestro y discípulo continuó creciendo a lo largo de los años.

“Coincidimos como seis meses en París. Él vivía con su mujer y yo lo visitaba todos los domingos. Me acuerdo que tenía un montón de cartas colgadas del alambre de luz. Una tarde estábamos charlando y me dice ‘tengo que abrir esas cartas algún día’. ¡No las abría! No sé por qué, se preservaba supongo yo ¡Pero no me decía ‘tengo que leerlas’, me decía ‘tengo que abrirlas’!”, recordó Alonso entre risas de nostalgia.

Un momento interminable

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Como tantos otros, Carlos Alonso vino a las Sierras Chicas buscando la paz que no se encuentra en las grandes ciudades. Sin embargo, hace tres años, un violento asalto lo devolvió a sus peores recuerdos y le arrebató nueve cuadros muy apreciados.

“Vinieron unos hijos de puta armados y tiraron a todos al suelo contra las baldosas; atados de pies y manos. Me pusieron una pistola en la cabeza y me gritaron ‘venimos por lo nuestro’. En ese momento pensé ¿qué es lo nuestro? ¿Acaso soy un poseedor ilegítimo de lo que tengo? ¿Qué hice? ¿Lo robé, estafé a alguien, corrompí, mentí? ¿Qué hice para que no sea mío lo que tengo?”, declaró el consagrado artista.  “Fue un momento interminable”, confesó.

“Estamos inmersos en un nuevo infierno de inseguridad”, afirmó Alonso y consideró que la cultura y la educación, como “contención de nuevas posibilidades del ser”, son la única salida. “Hay que darles instrumentos a las personas para que desarrollen otras capacidades, otras posibilidades de vida, otros principios”, concluyó el artista.

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