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El milenio

10 años conectando Sierras Chicas

Una generación que se fue

generacion dorada


Por Gustavo Hoffmann, profesor de educación física en las Sierras Chicas.

Corría el mes de noviembre de 1994. Se estaba jugando el segundo partido de una de las semifinales del torneo juvenil de la Asociación Bahiense de Básquetbol. El estadio era el Osvaldo Casanova de Estudiantes y el rival, Bahiense del Norte. Yo jugaba en Estudiantes, el local, que estaba 1-0 abajo en la serie, y en Bahiense jugaba el Manu Ginóbili. Teníamos 17 años todos. Perdimos ese partido y quedamos afuera en la serie.

Bahiense jugaría con Olimpo en pocos días la final y se vería superado por el equipo amarillo y negro del Norberto Tomás. Pero ese día yo jugaba mi último partido en Estudiantes, antes de volver a mi Coronel Suárez natal, a mi Centro Blanco y Negro, a los provinciales de clubes, y a la Liga Nacional un año después.

Pero esa noche del Casanova fue mi última de mi año en Bahía. Y no entré a la cancha. No jugué minuto alguno. Tuve que ver desde el banco la derrota de mi equipo y, entre algunas jugadas recordadas, una penetración frontal rematada con volcada a dos manos del Manu, ese que por aquellos días andaba por el metro noventa “apenas”. Después del partido me podría haber ido caliente, despotricando contra mi entrenador por haberme quitado la posibilidad de jugar mis últimos minutos en la liga bahiense. Pero no fue eso lo que se me ocurrió hacer, muy por el contrario, me quedé a tirar al aro sólo, como dos horas, hasta que el canchero del Casanova me apagó la luz y me pidió la pelota.

Momentos como ese, los miro hoy a la distancia, y son los que me definen y me impulsan para adelante en mis convicciones y proyectos de vida. Y miro a mis compañeros de camino de aquellos días, y se me infla el pecho porque me descubro parte de una generación que se convirtió en dorada. Porque yo también tuve esos sueños grandes y locos de NBA, sueños que atravesaron mi adolescencia, y pusieron bien arriba la vara de mis ambiciones.

Sueños que no sólo tapaban de posters de Jordan y Magic mi habitación, sino que me movían a dejar hasta la última gota en cada entrenamiento, en cada partido, en cada hora pasada en el club y en el gimnasio. Horas que fueron muchas, miles, en los veranos, antes y después de los entrenamientos… y en algunos casos, después de los partidos, como les contaba en la anécdota de Bahía.

Claro está que finalmente no llegué a ser parte de ese mundo mágico de la elite del básquet. Mi esfuerzo me alcanzó “apenas” para jugar un año en Liga A y un par en Liga B. Algunos puntos y varios recuerdos de haber compartido cancha con los grandes que si llegaron a eso que soñábamos todos esos chicos de 17 años.

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Manu, Chapu, Luifa, Carlitos, con todos me crucé en alguna cancha allá por fines de los 90. Por eso, cuando empezó su historia grande a principios de este siglo, siempre festejé sus triunfos no como un hincha fanático, sino con un casi secreto orgullo, como quien, de alguna manera, se siente parte de todo eso. Y así los sigo viendo hoy, después de tantos años.

Todos crecimos. Yo seguí con el básquet, estudié educación física, me recibí, formé una familia, me mudé a Río Ceballos, en Córdoba, y allí, en mi lugar en el mundo, trabajo como profe en una escuela primaria pública y enseñando básquet a los niños del Club Atlético y Social de Salsipuedes.

No puedo contar cosas extraordinarias sobre mi vida, más que decir que amo apasionadamente lo que hago porque sé el valor que tiene transmitir un legado a mis alumnos, de todo aquello que tuve la oportunidad de haber vivido en mis años de deportista. Por eso cada vez que tengo la ocasión, les hablo a ellos, mis alumnos, sobre ustedes.

Y no sólo sobre sus gestas heroicas, sino fundamentalmente sobre como cambiaron una forma de ver y vivir el deporte en nuestro país. Sobre cómo empezaron esta historia allá en el Cenard. Sobre cómo lograron vencer a los NBA. Sobre cómo lograron subir a lo más alto del Olimpo. Sobre cómo nos representó cada uno en las mejores ligas del mundo, o sobre cómo quisieron y lograron transmitir un legado para los que vienen.

Por supuesto que quiero decirles un GRACIAS enorme de corazón, por todo lo que significaron para mi vida, para mi vocación, para mi forma de querer hacer las cosas aún hoy con mi familia y mi trabajo. Aunque se me ocurre que la mejor forma de hacerlo no sea redundar más con las palabras, sino seguir brindando todo de mí cada día, cuando me levante temprano para ir a esa escuela y ese club donde muchos chicos de seis, siete, diez, o doce años, me esperan con un brillo inmenso en sus ojos. Creo que esa puede ser mi mejor manera de rendir homenaje a esta generación que nos marcó a todos una forma de hacer las cosas para alcanzar los objetivos más genuinos de la vida.

Aquí, tranquilamente, podría poner un punto final a estas líneas, que representan ni más ni menos que algunas sensaciones personales, generadas desde ese espacio mágico que representa cada Juego Olímpico. Seguramente a cada uno de ustedes le ha removido algo interiormente todo ese hermoso despliegue deportivo de nuestros atletas en la máxima gesta deportiva global. Y eso que removió en nuestro interior nos dejará, a los argentinos, mucha tela para cortar. O tal vez, desde el lunes 22 de agosto de 2016, daremos una nueva vuelta de página a la vida, esperando simplemente la última novedad mediática. Si me siguieron hasta aquí, quisiera permitirme una reflexión final, casi de vestuario, antes de “salir a la cancha”.

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Los Juegos Olímpicos tienen la virtud de concentrar por quince días la mirada de gran parte de la humanidad. El torrente de imágenes que deja en el interior de quien se asoma a su orilla, tiene la capacidad de generar esperanza o simplemente de distraer con su colorido y espectacularidad. He aquí su ambigüedad. Nos puede convencer que éxito significa ganar siempre y a toda costa, estar en la tapa de las revistas y ganar millones; o puede aleccionarnos sobre la importancia de la práctica del deporte como espacio que renueva los sueños en niños y jóvenes convertidos en víctimas de la falta de proyectos y propuestas de parte de nosotros los adultos.

Puede, quizás, en esta segunda línea, hacernos reflexionar e involucrarnos para que los gobiernos inviertan en infraestructura deportiva, y que cada barrio tenga su propio espacio para practicar deportes y su propio personal capacitado que pueda orientar la práctica deportiva. En fin, la posibilidad está latente en cada imagen que recibimos de este mágico mundo: continuar su espíritu o simplemente consumirlo como una mercancía más depende de nosotros, una vez que abandonamos su orilla.

Desde mi recorrido de vida, estoy apasionadamente convencido que la práctica deportiva puede ser hoy auténtica “fábrica de sueños” para muchos niños y jóvenes que están recibiendo como legado una cultura de la desesperanza, la desidia y el desamor. Niños y jóvenes necesitados de espacios donde poder expresarse, espacios que les den sentido de pertenencia y forjen su identidad.

La permanente exposición de los chicos a las drogas, al consumo desmedido de la tecnología y otros flagelos de los que son “blancos de consumo” no se combatirá sólo con la prohibición privada por parte de sus padres, sino con la oferta pública de otros espacios de encuentro y desarrollo, como lo fueron siempre los clubes y las escuelas de deporte, expresiones que hay que fomentar y defender hoy más que nunca, en tiempos necesitados de nuevos horizontes de esperanza, para cada niño y cada joven y para toda la humanidad.

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«Que la felicidad traída este día gracias al deporte, inunde esta noche de imágenes a tus sueños, los de tu barrio y tu mundo, y que mañana despiertes con la esperanza renovada, que un nuevo mundo es posible…»

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