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Los asilos, otra opción

Los geriátricos son centros de alojamiento y de convivencia que tienen una función sustituta del hogar familiar. Sin embargo, en muchos casos, los adultos mayores terminan siendo condicionados por las reglas del lugar y se les imposibilita desarrollar su vida naturalmente.

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Por Redacción El Milenio | periodico@elmilenio.info

Colaboración: Lihue Ferro, Matías Cataldi y Alejo Romano. 4° IENM – IMVA.

El envejecimiento de la población es uno de los retos demográficos más importantes a los que se enfrentarán los países en este siglo. Se podría decir que este envejecimiento es fruto de los avances científicos, médicos y sociales, por lo que debe ser considerado un logro, pero al mismo tiempo se trata de un proceso profundo y multifacético, con repercusiones en la estructura de las familias, en el ocio y la cultura, las economías, en el mercado de trabajo, en la accesibilidad de las ciudades, en los sistemas políticos, en los patrones de consumo, etc.

En Argentina, adhiriendo a la propuesta de Naciones Unidas, se considera que una persona es adulto/a mayor a partir de los 60 años, tanto varones como mujeres.

Según un informe de la Universidad Nacional de Córdoba, nuestro país se encuentra en un proceso de transición demográfica avanzada, ya que la población de adultos mayores alcanza al 14,27% de la población total. La esperanza de vida al nacer es de 72,45 años para los varones y de 79,95 años para las mujeres (80 años).

En la Provincia de Córdoba, más precisamente, el 16% de la población es mayor de 60 años. Esta etapa de la vida puede ser una etapa de pérdidas o de plenitud, dependiendo de la combinación de recursos y estructura de oportunidades individuales y generacionales al que están expuestos los individuos en el transcurso de su vida, de acuerdo a su condición y posición al interior de la sociedad.

En este contexto, es que la vida del adulto mayor puede transcurrir en su propia casa, en la vivienda de familiares, o bien en residencias o geriátricos.

Las residencias para mayores son definidas por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación como “centros de alojamiento y de convivencia que tienen una función sustituta del hogar familiar, ya sea de forma temporal o permanente, donde se presta a la persona mayor de sesenta años una atención integral”.

Teniendo en cuenta esto, muchos suponen que estos centros funcionan de contención de los adultos cuando envejecen, brindándoles compañía y atención, mientras que otros los consideran como coercitivos de la libertad del anciano, que los condiciona en la rutina de su vida.

Libertad condicionada

Toda institución necesita un mínimo de organización, y las residencias gerontológicas se caracterizan por la presencia de fuertes normativas. Así se estipula a quienes allí viven un horario para dormir, para las comidas (se les estipula también qué comida y para qué día), para recibir visitas, para controles médicos, se les asigna un dormitorio para dormir y, la mayoría de las veces, un compañero de cuarto.

No aparece en ningún momento la posibilidad de elección, la decisión del adulto mayor. Esta ausencia de elección se ve también en muchos casos en la decisión de internación, la cual es tomada, la mayoría de las veces por los familiares del anciano, sin considerar la opinión que él/ella tenga al respecto. Éste en cambio aparece como un objeto de intervención, quien acata de manera pasiva las decisiones que sobre él se toman bajo la consigna de “cuidarlo” o “mejorar su calidad de vida”.

A su vez, se reconoce que si bien las residencias para adultos mayores son, por definición, instituciones de puertas abiertas, en las cuales las personas con suficiente autonomía pueden entrar y salir sin restricciones, el sistema no funciona así.

Algunos nombran el sistema como “carcelario”, mencionan que las puertas están cerradas por cuestiones de seguridad, temor a que la persona tenga algún accidente y esto ocasiones problemas con la familia, etc. La persona residente debe solicitar el permiso para salir, el cual obtiene con mayor o menor facilidad dependiendo de la institución.

Al respecto, se requiere un debate profundo respecto del rol de estas instituciones en la sociedad, para que funcionen efectivamente como hogares y no como cárceles.

Gabriela Díaz, encargada de la Residencia Geriátrico Pinares de Villa Allende, contó a El Milenio que contienen en la actualidad 30 ancianos en el asilo, de entre 50 y 102 años, pero que la mayoría de las personas llegan a partir de los 85 años aproximadamente.

“La mayoría de los abuelitos entran por la patología, o una discapacidad física, una demencia y  no pueden ser asistidos por sus familiares, estos son los casos que mayormente tenemos. Aunque hay otro grupo más chico, de personas que han venido por su propia voluntad, para estar acompañados, que han estado viviendo solos”, aseguró Díaz.

Respecto a la situación de “abandono” que pueden vivir los ancianos, Díaz explicó que “un 25% son visitados diariamente o 2 veces a la semana, y el resto cada 15 días o una vez al mes”.

Cruda realidad

Nunca el ingreso a una residencia geriátrica es algo deseable. Muy por el contrario, siempre está precedido de situaciones sumamente traumáticas como enfermedades, discapacidad, dependencia, lo que -sumado a la imposibilidad económica y habitacional de las familias- genera el ingreso de un ser querido a un geriátrico.

Son cada vez más raros los hogares multigeneracionales que antes eran lo normal. Históricamente, el cuidado de los viejos de la casa recaía, como tantas otras cosas, en la mujer, se trate de la hija, la nuera o la nieta mayor. Hoy, en general, ya no es así.

El tema es que nadie tomó la posta. En una proporción importante de los hogares, el anciano tiene asegurado un lugar si es “funcional” al quehacer de la familia. Atiende el teléfono, cocina, hace las tareas con los nietos, los lleva a la escuela, etc. ¿Pero cuando no puede?

Otro modelo son los abuelos viviendo solos, en el mejor de los casos juntos, muchas veces sólo/a por viudez. En este modelo, se cumple la misma regla: en la medida en que mantenga su independencia, su capacidad de autocuidado, y de paso nos ayuda con nuestros hijos, está todo bien, pero ¿y si no puede?

La realidad indica que, con suerte, los viejos de la familia ocupan el tiempo necesario para un almuerzo de domingo o quince minutos todos los días para “saber cómo están”.

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