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El milenio

10 años conectando Sierras Chicas

“Vivir a los saltos”

Por Ary Garbovetzky | agarbovetzky@gmail.com

Papeles de Recienvenido

Andar en la ciudad me hundía cada vez más en la depresión.

Una depresión del pavimento aquí, otra allá, mi fiel Ford Ka campeonaba en el slalom vial de la capital y a pesar del ingente abandono de las calles a la suerte de la erosión y el desgaste no rompí gomas ni tren delantero en años de transitar sin mezquinar interiores barriales y otras osadías.

Pongamos que era un beneficio secundario: mudarme a las Sierras Chicas podría ofrecer algún descanso al ajetreo del auto, kilómetros afuera del maltrato vial capitalino.

Lo que no sabía como recienvenido es que los peligros no sólo van para abajo, como en la ciudad: aquí surgen como pústulas del pavimento por doquier.

Poco más de un año viví en El Talar y ya casi no me comía ninguna lomada (la primera desde la ruta vieja, apenas salida de la curva, no debería contar; tampoco esa de aparición artera apenas pasando el mercadito de paredes blancas) cuando por amor me mudé a Unquillo, a un sector que –si lo hubiera sabido antes- está ubicado justo después de la curva El Peligro.

Las hay estilo meseta hasta la doble avenida, estilo joroba en la Spilimbergo y la San Martín, de acero sobre el pavimento en algunas calles interiores y a dos aguas, con un cráter encima (un bache sobreelevado), antes de llegar a Casa Serrana: llevo varios meses ya en mi nueva ciudad y no consigo esquivar todas las lomadas que se me aparecen en el camino.

Mi pareja asumió que si me acompaña no puede hundirse en el celular: debe oficiar de navegante y cantarme los accidentes del terreno que, como buena nacida y criada en la región, conoce sin necesidad de mirar la cartelería (que ¿dónde la escondieron?).

Si logro zafar de la del Buenos Días, seguro caeré en la del Intercórdoba y en la salida a Córdoba, soy cliente fijo de la meseta del Pilar, frente a la Terminal.

Aún no perdí el tren delantero. Pero sé que alguna vez la moneda caerá de la otra cara en ese breve instante, fugaz, en que el auto está en el aire luego de comerse una lomada, cruzo los dedos y pido: que no sea hoy, que no llego, voy a prestar más atención.

Tendré, entonces, mis primeros cinco minutos de fama.

¿Quién es ese que está puteando en la San Martín?

Ni idea, un reciénvenido. Rompió el auto. Se comió la lomada, el boludo.

Papeles de Recienvenido, homenaje sin igual talento al experimento narrativo de Macedonio Fernández, autor de inicios del siglo pasado, dueño de una particular ironía, que inspiró a Jorge Luis Borges.

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