De cuna y pelota

Claudio Rivadero es un nombre que resuena en el fútbol argentino desde los años  90, un apellido ilustre heredado de su padre, y una historia propia con extenso recorrido por algunos de los clubes más importantes de nuestro país.

El polifuncional volante dejó su huella en el San Lorenzo campeón de 1995.

Por Ignacio Parisi | ignacioparisi@elmilenio.info

Sin dudas Claudio Rivadero forma parte de los grandes recuerdos del fútbol cordobés de fines de siglo.  Nació en Bell Ville en cuna futbolera, como no podía ser de otro modo, ya que es  hijo de Francisco Rivadero, aquel formidable jugador de enorme trayecto por equipos de Córdoba.

De pequeño creció viviendo la carrera del futbolista en primer plano de la mano de su padre, aprendiendo el oficio que luego terminaría siendo el suyo. Con pocos años de edad ya soñaba con cumplir el “sueño del pibe”, y tiempo más tarde emprendería el trayecto que lo llevaría a hacerse un nombre propio.

“Pancho” como le dicen, debutó en primera en el año 1991 en el Club Atlético Talleres de Córdoba, logrando asentarse en primera con su tremendo despliegue en  la mitad de cancha, más precisamente como un “5” de férrea marca y primer pase.  Tiempo más tarde llegaría al acérrimo contrincante de la “T”, Belgrano de Córdoba. Sus buenos rendimientos en dos grandes del interior hicieron que capte la atención de San Lorenzo de Almagro. Allí se ganó el corazón de la gente gracias a su entrega y polifuncionalidad.

En la escuadra  azulgrana cerró una campaña memorable, siendo ponderado por la hinchada  como parte de un equipo que devolvió a un grande de la Argentina a los primeros planos del fútbol nacional, saliendo campeón de la mano de Rubén Veira.

El milenio: ¿Cómo fue el paso a un equipo tan grande como San Lorenzo en un escenario nuevo como era entonces Buenos Aires?

Claudio Rivadero: Bueno yo venía de jugar ya tres años en primera, dos en Talleres y uno en Belgrano, tenía un nombre acá en Córdoba. En Bueno Aires es otra cosa, por suerte tenía un ex compañero de Talleres que estaba en el plantel, también estaba “El diablo” Monserrat, a quien ya conocía de muchos enfrentamientos en contra. Entrabas al vestuario en San Lorenzo y era impresionante, había personajes como Oscar Ruggeri, o el “Gallego” González. Pase cinco años ahí en los que me di cuenta que había que dedicarse exclusivamente a jugar al fútbol. Por ahí acá en Talleres, o en Belgrano nos pasábamos meses sin cobrar, teníamos problemas económicos serios que nos dejaban estar completamente abocados al fútbol. Nos pedíamos plata los unos a los otros para la nafta, para el colectivo. En San Lorenzo no, y los referentes te pedían que estés cien por ciento dedicado a jugar.

Era un vestuario con muchos nombres de peso pero eran referentes positivos, de los que buscan objetivos grupales por encima del bienestar personal o el éxito individual.  Ese equipo salió campeón después de 21 años sin títulos en San Lorenzo. Si no hubiésemos tenido un grupo con metas claras y el técnico que teníamos que era “El Bambino” Veira,   no hubiésemos logrado lo que logramos.

EM: Referido a tu paso de Talleres a Belgrano, ¿Pensás que se ha flexibilizado el fútbol en relación  a jugadores que por cuestiones profesionales tienen que pasar por dos equipos que son clásicos rivales?

CR: Si, totalmente, en algunos lugares, no sé si en el hincha, pero en la mente de los jugadores sí.  También depende del lugar, en Rosario por ejemplo eso no se puede hacer, Gimnasia y Estudiantes de La Plata menos. A mí me tocó en Talleres y Belgrano y por suerte hay muchos casos, por ejemplo el de Luis Galván, muchos referentes de Talleres se pasaron a Belgrano, como también ha sucedido en River y Boca, han pasado Berti,  Batistuta. Se ha vuelto un poco menos dramático pasar de un equipo a otro clásico rival.

EM: Vivís en Villa Allende y estuviste un tiempo trabajando en La Polinesia ¿Qué te encontraste en esa experiencia?

CR: Llegué ahí porque Luis Martín un chico de Villa Allende me propuso  ir. La verdad es que vivo desde 2004 ahí y no conocía La Polinesia.  Estuvimos durante  meses trabajando con los chicos y me gustó mucho. Trabajábamos con 250 pibes y la pregunta que a uno le surge es, ¿Qué hacen estos chicos cuando no vienen acá? Es un barrio muy carenciado en un contexto difícil por el tema de las drogas. Nosotros íbamos y los hacíamos entrenar, les llevábamos una fruta o algo para merendar, los chicos realmente lo estaban esperando.

EM: ¿Cuál es la anécdota más particular que te ha ocurrido en el fútbol?

CR: No me puedo quedar con una sola en realidad,  jugar en contra de Mardadona y haber hecho un gol ante él fue algo muy especial, era difícil marcarlo no solo porque flotaba en la cancha sino porque uno quedaba mirando su juego y perdía de vista el partido, Diego estaba un paso antes que el resto. También me pasó algo muy divertido cuando jugaba en San Lorenzo. Fuimos  a jugar la copa Joan Gamper durante dos años seguidos, en uno llegamos a la final y perdimos contra el Barcelona.  Un equipo donde jugaba Robert Prosinecki, Juan Antonio Pizzi, Figo, Luis Enrique, y Ronaldo en su mejor momento, un jugador increíble.

Al día siguiente nuestro plantel paraba en el Hotel Princesa Sofía, al lado del Camp Nou. Yo quería un autógrafo de Ronaldo y le pedí a un compañero brasileño, Paulo Silas, que me acompañe a saludarlo. Él nos presentó y Ronaldo me miró, observó un aro con una cruz que yo tenía y me dijo que le gustaba. Semanas más tarde estaba viendo un clásico Barcelona vs Real Madrid, y al saludarse los jugadores veo que Ronaldo estaba usando el mismo aro que usaba yo.

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