1 octubre, 2026

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Unquillo: El arte de narrar

Actor, narrador oral y formador, Nicolás Sirito convirtió una experiencia que nació de la necesidad de seguir trabajando durante la pandemia en una escuela virtual con alumnos de distintos países. A su vez, construyó un canal de YouTube con más de 50 cuentos, pero su búsqueda sigue siendo la misma: recuperar el valor de la palabra.

Por: Uma Romero y Agustina González 4° IENM – Facundo Pereyra y Luca Nebbia 4° IMVA


El vínculo de Nicolás Sirito con el teatro comenzó cuando tenía apenas 10 años y nunca se interrumpió. Salió del secundario y empezó a trabajar en la Comedia Cordobesa, el elenco provincial de teatro, y durante años la actuación fue su principal oficio. La narración oral llegó después, probablemente como una prolongación natural de ese recorrido. 

Ryszard Kapuściński y John Berger decían en su libro ‘’Los cínicos no sirven para este oficio’’ que lo contrario de un relato no es el silencio o la meditación, sino el olvido. Y probablemente allí resida el gran trabajo de Nicolás: avanzar en la dirección contraria, alimentando la historia hasta convertirla en recuerdo. 

Así, dar vida a la palabra escrita es un oficio. Nicolás advierte que un texto puede permanecer años en una hoja, impávido, inerte. Sin embargo, cuando alguien lo cuenta aparecen los matices, la cadencia, el sentir. 

Hay gente que aprende a hacerlo. Se estudia, se perfecciona, se aprende, pero es un ejercicio indisociable del don, sobre todo de transmitir emociones. El miedo, la risa, los olores, el contexto. De eso se alimenta el narrador para sacar al texto del olvido y convertirlo dn un recuerdo imborrable. 

Y es justamente esa labor la que Sirito encara en sus proyectos. Lo hace arriba de un escenario, en escuelas, en ferias de libros, en YouTube y también desde una computadora, donde durante los últimos años construyó una escuela virtual de narración oral que hoy alcanza a personas de distintos lugares de Latinoamérica.

Oralidad en las pantallas

La escuela virtual no fue, en realidad, el plan original. Antes de la pandemia, Sirito había armado una propuesta presencial junto a Toity Leiguarda, narradora cordobesa y una de las referentes de la disciplina en la provincia. La idea era combinar la experiencia de Leiguarda en narración oral con la formación teatral de Sirito.

En 2019 comenzaron a trabajar juntos. Un año después, el panorama cambió drásticamente. Como para tantos trabajadores de la cultura, la pandemia significó la interrupción de la actividad y la llegada de un terreno plagado de incertidumbre y ansiedad. Entonces Sirito tomó parte de aquella propuesta presencial y la llevó a internet.

Al principio lo inundaron las dudas. “¿Cómo voy a enseñar a contar cuentos por internet, a través de una pantalla, cuando es algo de la presencialidad, del mirarse?”, se preguntaba.

No obstante, la propuesta comenzó a crecer y, con ella, también creció el propio entusiasmo de Sirito por enseñar. Argentina dejó de ser el único lugar desde donde llegaban sus alumnos. Aparecieron personas de México, Chile, Perú y Uruguay, entre otros países. Paradójicamente, aquel contexto de encierro que lo asomó a mostrar su arte a través de una pantalla, terminó ampliando el alcance de su trabajo.

Yendo de YouTube al living

“Soy demasiado expresivo y eso, en el teatro, muchas veces es hasta mejor, porque el escenario suele ser grande. La platea también a veces es grande, entonces para que desde la última fila te puedan ver bien la gestualidad y el volumen, son dos aliados fundamentales. Pero en la narración oral el contexto es diferente, los espacios son más chicos, no hay un escenario con tanta luz y yo trabajo principalmente para niños, así que en ese sentido reduje mi gestualidad”, cuenta Nicolás sobre su adaptación a una disciplina distinta.

Ese aprendizaje terminó reforzando una de sus convicciones: narrar es mucho más que interpretar personajes. Es comunicarse. La misma búsqueda aparece en su canal de YouTube. El proyecto empezó de manera sencilla, cuando un amigo le propuso grabar algunos cuentos. 

Él se encargaba de la cámara y la edición, mientras Sirito solamente tenía que ponerse delante del lente y narrar. Llegaron a subir siete cuentos y algunas canciones antes de que su compañero se fuera a vivir al exterior.

Podría haber sido el final del proyecto. Pero comenzaron a llegar mensajes de familias y de chicos que lo habían conocido en las escuelas que visitaba. Durante aproximadamente una década, Sirito recorrió establecimientos educativos de Córdoba y les contaba a los alumnos que también tenía un canal. Al volver a su casa, encontraba comentarios de esos mismos chicos.

Entonces decidió continuar. Los primeros videos fueron, según reconoce, bastante rudimentarios. Pero siguió y a fuerza de trabajo logró encontrar su ritmo y hacer que su contenido siga evolucionando. 

Hoy el canal reúne más de 50 cuentos y algunas canciones, incluyendo contenidos que superan el millón de reproducciones. No obstante, el objetivo nunca fue solamente estar en internet. Su idea era que el canal pudiera llevarlo de vuelta al lugar donde más disfruta trabajar: frente a un público.

Esa relación ya empieza a aparecer. Algunas escuelas y ferias lo convocaron después de conocer su trabajo a través de las redes. Así, ya pudo mostrar su trabajo a distintas provincias e incluso sus alumnos de otros países ya le proponen cruzar fronteras.

En paralelo, y aunque Sirito no suele pensar demasiado a largo plazo, hay iniciativas que comenzaron a materializarse. Uno de ellos es un libro sobre narración oral, construido a partir de años de clases, funciones y experiencias en escuelas. 

En sus distintos proyectos y en su pequeño laboratorio, Nicolás trabaja con muchos elementos, pero hay una sola gran verdad que lo define: la palabra todavía puede cambiar la forma en la que vemos las cosas.

Hace tiempo está en YouTube pero nunca renunció a su identidad artística. No hace cálculos férreos sobre contenidos con llamados a la acción de dos segundos. Al contrario, su estudio está en la lentitud, en sentarse, en escuchar.

Tal vez por eso reivindica y pone el cuerpo en el acto de narrar. Quizás por eso se reafirma en el acto de contar cuentos como una forma de comunicación que existe desde mucho antes que cualquier pantalla y que, probablemente, sobreviva a todas ellas. 


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