Por: Guadalupe González , Lucero López y Lourdes Valenzuela 4° IMVA – Ignacio Varea y Felipe Floridia 4° IENM
La rutina de un adolescente que practica deporte puede volverse desordenada y frenética. Dos mochilas. En una, los cuadernos, las carpetas y los apuntes del colegio. En la otra, los botines, las zapatillas, la ropa de entrenamiento o algún elemento indispensable para el deporte. Entre una y otra, muchas veces queda poco espacio para pensar qué comer.
La escena se repite en miles de jóvenes. Muchos descansan poco, pasan mucho tiempo frente a las pantallas, atraviesan la jornada escolar y, casi sin transición, se suben a un colectivo, van al club o llegan al gimnasio. Después puede venir una clase de inglés, otra actividad o, finalmente, regresa a casa. En medio de esa rutina, la alimentación suele quedar librada al azar o la simple practicidad de llenar el estómago y seguir.
Para Macarena Loréfice, licenciada en Nutrición y especialista en nutrición y fisiología del deporte, ese detalle es determinante. No sólo porque la adolescencia es una etapa de crecimiento, sino porque muchos estudiantes combinan esa rutina con una exigencia física cada vez mayor, que contiene no sólo la práctica de un deporte sino el entrenamiento físico en gimnasio, por ejemplo.
“Un adolescente que además de hacer una rutina escolar realiza actividad física tiene que sumar las necesidades ligadas al movimiento”, explica. Y allí aparece uno de los principales desafíos de la nutrición deportiva: entender que alimentarse no consiste únicamente en comer alimentos considerados saludables, sino en darle al cuerpo aquello que necesita en el momento adecuado.
Loréfice es especialista en ese metié. Además de su formación en nutrición deportiva, diabetes y otros campos vinculados a la disciplina, es antropometrista internacional. La ciencia que estudió permite medir y comparar las dimensiones, proporciones y composición del cuerpo humano mediante técnicas, como -por ejemplo- el análisis de los pliegues cutáneos y de los perímetros y circunferencias musculares.
De esta forma, se centra en la composición corporal de los deportistas y se corre de uno de los números que más obsesiones genera, especialmente durante la adolescencia: el peso. El número que aparece en una balanza, señala, reúne distintos componentes: masa muscular, grasa, líquidos, masa ósea y otros tejidos. “Una persona puede pesar 80kg y tener un alto porcentaje de masa muscular. O lo contrario, tener un alto porcentaje de grasa”, agrega. Por lo tanto, antes que perseguir un número, la especialista propone aprender a mirar el cuerpo de otra manera.

El cuerpo no se resume en una balanza
Pocos escenarios resultan más desafiantes para la relación con el propio cuerpo que la adolescencia. Una etapa marcada por los cambios, el desarrollo y una mirada nueva y compleja sobre la propia imagen.
Ser adolescente nunca resultó sencillo en ese sentido, pero en los últimos tiempos se agregó un condimento extra que pone en tensión la discusión sobre nutrición y autoestima. Se trata de las redes sociales que, junto con las dietas de moda y los discursos que prometen a jóvenes y adultos transformar su cuerpo en cuestión de semanas, conforman los ingredientes de un cóctel explosivo.
Así, existe una tendencia a la proliferación de regímenes que sólo valoran el consumo de proteínas y que en cambio dejan de lado o demonizan el consumo de carbohidratos.
“Hay que dejar de lado los fantasmas de las información. Para un adolescente este último es fundamental, porque asegura que el deportista tenga el glucógeno necesario, para que cuando realice una actividad física su cuerpo no tenga que recurrir al músculo como materia de energía”, detalla la nutricionista. Y añade: “Cuando no tenemos suficientes caemos en síntomas muy frecuentes en el ámbito deportivo, como el cansancio, la fatiga muscular y las lesiones”.
No todo es para todos
La nutrición deportiva es una ciencia de precisión, que hoy enfrenta de manera constante a una lógica de recomendaciones generales que no atienden a la particularidad de cada cuerpo. Por lo tanto, la misma receta puede funcionar o resultar negativa atendiendo al contexto y a lo que Loréfice llama “el timing deportivo”. “Comer saludable no es lo mismo, en el deporte, que comer correctamente”, plantea la nutricionista.
En ocasiones, una lectura simple sobre qué plato comer no alcanza. Para un joven deportista que tiene escasos 40 minutos en el mejor de los casos entre terminar sus actividades escolares y practicar un deporte o empezar un entrenamiento de pesas, no sirve de nada una comida compuesta por pollo, verduras y arroz.
Lo mismo que en otra ocasión sería un gran plato, conteniendo todos los principales macronutrientes, puede resultar un alimento incómodo antes de un entrenamiento intenso.
Macarena, a sus 35 años, ya cuenta con una vasta trayectoria acompañando a deportistas desde sus primeras etapas hasta alcanzar niveles de élite y selección. En ese recorrido, uno de sus grandes aprendizajes fue comprender que la alimentación no puede suplir ni el talento ni el entrenamiento y, sin embargo, constituye uno de los mejores complementos para sostener ambos, a lo largo del tiempo.
Para que la nutrición funcione como pilar en la vida del deportista, el primer paso consiste simplemente en hacerse una pregunta que parece sencilla, pero que puede cambiarlo todo: no solo qué estoy comiendo, sino qué necesita mi cuerpo para hacer lo que le estoy pidiendo.
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