Por: Benjamín Martina y Pedro Nuñez 4° IMVA. Nicolás Rodríguez y Mauro Greco 4° IENM.
- Vuelo de precisión: A diferencia de la aviación comercial, el piloto hidrante vuela a muy baja altura, lidiando con turbulencias térmicas provocadas por el calor del fuego y visibilidad reducida por el humo.
- La técnica del «lanzamiento»: No se trata solo de soltar agua; el piloto debe calcular la deriva del viento y la velocidad para que la descarga caiga exactamente donde los brigadistas en tierra la necesitan para avanzar.
- Incendios de sexta generación: Son fuegos tan intensos que crean su propio clima, siendo extremadamente erráticos y destructivos, lo que exige una preparación física y mental superior.
- Prevención vs. Urbanización: Greco advierte que el riesgo aumenta cuando las viviendas se construyen dentro del bosque (interfase), exponiendo a las personas a ciclos naturales de fuego que ahora son más peligrosos.
Días enteros de fuego avanzando sobre el bosque, brigadistas trabajando al límite y, en el cielo, un avión que vuelve una y otra vez a descargar agua con precisión quirúrgica. Ahí aparece la figura del piloto hidrante, una pieza clave en el combate de los incendios forestales.
Lorenzo Greco conoce ese escenario de memoria. Italiano, 45 años, radicado en Córdoba desde hace dos décadas y vecino de Río Ceballos, es uno de los pilotos que, durante el verano, mantiene guardia aérea en el aeropuerto de Esquel y participa activamente en los operativos de control del fuego en la Patagonia y otros puntos críticos del país y del mundo.
Greco fue parte del combate aéreo de los incendios en el Parque Nacional Los Alerces durante el verano de 2024, una tarea que implicó descargar miles de litros de agua para sostener el trabajo de los brigadistas que enfrentaban las llamas cuerpo a cuerpo en tierra. No es la primera vez que lo hace: también colaboró en los incendios de Quillén en 2021 y suma experiencia internacional en países como Estados Unidos y Grecia, donde enfrentó incendios de gran magnitud en condiciones extremas.
Para Greco, ser piloto hidrante no es solo una especialización técnica dentro de la aviación, sino una forma particular de entender el oficio de volar. A diferencia de otros tipos de vuelo más automatizados, el combate aéreo de incendios puede durar 4 horas de vuelo y exige una lectura constante del entorno, decisiones rápidas y una adaptación permanente a escenarios cambiantes: viento, humo, geografía, visibilidad y condiciones climáticas que pueden variar en cuestión de minutos.

El Milenio: ¿Qué competencias técnicas y blandas considerás indispensables para un piloto hidrante de alto rendimiento y cuáles de esas capacidades fueron las más difíciles de desarrollar?
Lorenzo Greco: Para comprender este tipo de trabajo hay que sumergirse en la vida del brigadista. Nosotros nos vinculamos estrechamente con ellos para entender la dinámica del incendio que esté ocurriendo en ese momento. Por eso, el hecho de trasladar el agua pasa casi a un segundo plano: lo fundamental es comprender el comportamiento del fuego, que puede cambiar muy rápido, y desarrollar una mirada bomberil. Antes, en los cursos no se daba tanta prioridad a este aspecto, pero en los últimos tiempos se ha fortalecido mucho. Antes bastaba con que un piloto supiera cargar el avión y lanzar el agua, sin tener en cuenta la estrategia o la coordinación con el equipo en tierra. Hoy eso cambió: los cursos apuntan a generar una conexión más profunda entre el piloto, el brigadista y el bombero. En nuestro caso, por ejemplo, contamos con el grupo ETAC, que se dedica específicamente al combate de incendios forestales.
En cuanto a las capacidades más difíciles de desarrollar, sin duda la más importante es la comprensión del trabajo del bombero o del brigadista. Es clave entender qué necesita cada uno. Los bomberos de cuartel, como los de pueblos como Río Ceballos o Unquillo, suelen intervenir en incendios estructurales, pero también participan en forestales. En cambio, los brigadistas del ETAC trabajan exclusivamente en incendios de monte, no en estructuras. Esa diferencia es fundamental. Por eso, la capacidad de conexión con ellos es esencial, es la parte más compleja, pero también la más gratificante. Al final, este trabajo se basa en la confianza y la cooperación: se generan vínculos de hermandad, donde uno siente que defiende al otro, como salir a la cancha y darlo todo juntos.
EM: ¿Cómo varían los procedimientos, la tecnología y la cultura operativa entre tus temporadas en Argentina y las que realizaste en Europa? ¿Cómo llegaste a trabajar allá?
LG: La diferencia entre Europa y Argentina es muy interesante. Aunque parezca sorprendente, Argentina está muy bien posicionada en materia de combate de incendios, a pesar de las limitaciones económicas que existen para este tipo de actividad. Muchos pensarían que en Europa todo funciona perfectamente, y si bien es cierto que allí cuentan con más recursos y un poder adquisitivo mucho mayor, por eso vemos que muchos cuarteles de bomberos argentinos tienen camiones donados desde Europa, la capacidad de trabajo y la dedicación artesanal de quienes se desempeñan en este rubro en nuestro país son excepcionales.
El estándar de los pilotos y brigadistas argentinos es muy alto. En Europa, cuando se dice “no se puede prender fuego”, simplemente no se hace. En cambio, acá muchas veces parece que se hace adrede, y eso obliga a estar mucho más entrenado y preparado. En Europa hay una planificación y prevención muy estrictas, por lo que los incendios se controlan rápidamente. En Argentina, la realidad es más desafiante, lo que exige una capacidad de respuesta mucho mayor.
Mi experiencia en Europa se dio gracias a la empresa a la que pertenezco. Cuando no trabajo en Córdoba, ya que esta actividad es por temporadas, de invierno y verano, tuve la oportunidad de hacerlo en el extranjero. La posibilidad de hablar tres idiomas (español, italiano e inglés) me permitió volar en el viejo continente. En ese momento representábamos al gobierno alemán, y debido a los numerosos incendios en el sur de Europa, fuimos enviados a Grecia.

EM: ¿Cuál es el factor diferenciador que te convierte en un recurso tan requerido? ¿Cómo te ves en tu rol a futuro, qué avances podrían transformar tu profesión?
LG: En realidad, todo nace de la pasión por volar. Quien no esté dispuesto a estar en lugares agrestes, con mucha turbulencia o a enfrentar situaciones que pueden causar miedo, probablemente no esté hecho para este trabajo. Ese es el primer filtro que marca si una persona tiene la vocación necesaria para ser piloto hidrante.
Hoy en día están surgiendo muchos pilotos de este tipo, y es una realidad que el mundo va en esa dirección, principalmente porque cada vez hay más incendios. Actualmente se habla de incendios de quinta o sexta generación: son fuegos extremadamente explosivos que, en pocas horas, por la gran cantidad de material combustible acumulado, pueden arrasar completamente un área y luego desaparecer, dejando una enorme destrucción a su paso.
Por eso la prevención es fundamental. Con el tiempo, al no haber incendios, la vegetación se acumula y aumenta la carga de combustible, algo que siempre fue así. Los incendios provocados por tormentas eléctricas son algo natural, sobre todo en regiones como la Patagonia. Sin embargo, el problema surge porque el ser humano, en lugar de mantenerse alejado de las zonas con riesgo, se instala cada vez más cerca de ellas, y ahí es donde se pagan las consecuencias.
Un ejemplo claro fue lo ocurrido hace unos años en Potrero de Garay, donde muchas personas construyeron casas bajo los árboles. Era cuestión de tiempo para que ocurriera un incendio, y finalmente sucedió.
Lamentablemente, el futuro del fuego parece ir en aumento. Existen intereses relacionados con la construcción y el desarrollo urbano que empujan a ocupar zonas naturales donde no debería edificarse. Cuanto más se construye en estos lugares, mayor es el riesgo de que ocurran incendios. En vez de preservar y apreciar la naturaleza, muchas veces se la reemplaza por cemento y paredes, y eso representa un problema serio para el futuro.
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