2 abril, 2026

El Milenio

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Valeria Juan: Ser gitana en Argentina, una historia de identidad, tradiciones y prejuicios desde adentro

El pueblo gitano, con una historia y cultura complejas, enfrenta prejuicios y estereotipos. Valeria Juan, de 42 años, ilustra su experiencia dentro de esta comunidad en Argentina, donde resaltan la importancia del idioma y las tradiciones familiares, así como la dificultad de la educación y el cambio hacia la vida sedentaria.

Por: Vittorio Bassini y Mateo Piva 4° IMVA. Nicolás Aguirre. Máximo Lopresti y Agustín Ragaglia 4° IENM.


  • Identidad multicultural: No tienen un origen único; es una fusión de raíces egipcias, árabes y de la ex Yugoslavia.
  • Idioma propio: El dialecto montenegrino es la lengua madre, transmitida de forma oral.
  • Ruptura de estereotipos: Valeria desmiente mitos peligrosos (como el robo de niños) y explica que la base de su comunidad es el trabajo familiar intensivo.
  • El rol de la mujer: La educación formal suele ser limitada para las niñas, con un paso muy rápido de la infancia al matrimonio (alrededor de los 14 años).
  • El fin del nomadismo: Hoy vivir en carpas se asocia a la pobreza. El movimiento actual es por trabajo, pero pernoctando en hoteles o casas.

Hablar del pueblo gitano suele despertar curiosidad, mitos y, muchas veces, prejuicios. Lejos de las miradas estereotipadas, se trata de una comunidad con una historia compleja, una identidad profundamente ligada a la tradición oral, la familia y el movimiento, y un entramado cultural que se sostiene, en gran medida, puertas adentro.

Valeria Juan tiene 42 años, vive en Villa Allende y es comerciante. Nació y creció dentro de la comunidad gitana, una comunidad que, según explicó, no puede ubicarse en un origen geográfico único. “Es una fusión demasiado grande”, señaló, atravesada por migraciones históricas que incluyen raíces egipcias, árabes y de la ex Yugoslavia. 

Uno de los pilares de esa identidad es el idioma. El dialecto montenegrino es la lengua madre que se aprende desde la infancia, mientras que el español aparece como una segunda lengua. 

Las tradiciones se transmiten de generación en generación, especialmente a través de la vida familiar, las celebraciones y el casamiento entre miembros de la comunidad. Esa lógica también explica por qué ciertas decisiones personales, cómo casarse con alguien no gitano (criollo), como el caso de Valeria, implican rupturas profundas. 

En la Argentina, se estima que viven alrededor de 300 mil gitanos, distribuidos principalmente en el centro y el sur del país, mientras que en Córdoba la comunidad rondaría entre las tres y cuatro mil personas.

El Milenio:¿Cuáles son los prejuicios y estereotipos que existen alrededor de los gitanos?

Valeria Juan: El más famoso es que robamos niños. Nosotros éramos 10 hermanos, lo que menos queríamos era tener otro pibe más joven; les puedo asegurar que ni se nos cruzó quedarnos con ningún chico ajeno. La discriminación fue muy fuerte siempre, lo es hasta el día de hoy en relación a la estafa, al robo.

Lo que tenemos las comunidades chicas es la sentencia desde el día uno. Si alguien tuvo problemas con una gitana, ya está: los 400.000 gitanos que viven acá en la Argentina son todos ladrones, estafadores, chamulleros. Entonces, eso siempre nos afectó y yo no me daba cuenta cuando vivía en mi comunidad, me di cuenta después. Para mí era normal que me echen de un lugar porque estaba hablando mi idioma, porque no sabían lo que yo estaba diciendo, y entiendo que eso genera ignorancia.

EM.¿Cómo es el acceso a la educación para los gitanos y cuáles son las diferencias entre niños y niñas? 

VJ: No había acceso, era muy difícil. Yo no hice la primaria ni la secundaria estando allá; nos enseñaba mi mamá a leer y escribir. Fue por una de las cosas que también me fui. Yo tenía otros planes en mi vida y la niñez prácticamente es muy corta entre los gitanos, y la adolescencia le diría que no existe.

Yo ya trabajaba a los 8 años y con 14 años ya estás pensando que te tenés que casar; era muy natural. Yo con 13 años ya me quedaba a cuidar a mis hermanos más chicos, porque mis viejos laburan desde las 6 de la mañana hasta las 8 o 10 de la noche. Ellos de verdad trabajaban todo el día, por eso molesta bastante cuando escuchás que los gitanos roban.

EM: Si vos te casas con un criollo, ¿podés seguir en la comunidad?

VJ: No, no podés. Mi papá estuvo muy enojado conmigo muchos años, así que la relación quedó nula durante un tiempo. Me sorprendió que me llamara años después. Con mi mamá y mis hermanos yo seguía teniendo contacto. Después pasaron como dos años hasta que yo tuve una buena relación con mis hermanas, pero era muy escasa, hablábamos por teléfono nada más.

Yo fui como una oveja negra, la desertora, y era una vergüenza para él que su hija se vaya de la comunidad gitana; pero lo asumí, me hice cargo de mi decisión y la llevé como se pudo. Yo me fui porque tenía la necesidad de cambiar un poco mi vida desde la educación; yo quería estudiar, quería aprender y no tenía las posibilidades. Si me hubiera quedado ahí, yo ya sabía cuál iba a ser mi destino, porque la vida gitana es casarte, tener hijos y ya está.

EM:¿Cómo era la relación con tus hermanos?

VJ: Creo que la generación de mis hermanos ya empezó a cambiar las cosas, ellos empezaron a ver las dinámicas y quizás les dolía también, pero no lo decían. Entonces, ellos con nosotros sí eran más abiertos; es más, la primera vez que mi hermano me enseñó a manejar terminamos chocando con un poste, y él se hizo cargo, me cubrió y no dijo que fui yo.

Yo creo que ya mis sobrinos y sus hijos van a venir con otra cabeza, con otra apertura. Todavía creo que hay que darle tiempo a las cosas o encontrarle quizás la vuelta: no que sea la gitana la que se tiene que ir, sino que también el hombre se incorpore a la comunidad. Hoy eso no es viable. Yo entiendo que mi padre tiene otra cabeza, que él piensa de otra manera y me parece innecesario exponer u obligarlo a vivir determinadas situaciones que no tienen sentido. Es un hombre grande, soy realista con un montón de situaciones, entonces la casa de mi papá se respeta. Por ejemplo, mi marido no va, yo puedo ir con mis hijos y voy vestida de gitana, porque trato de no provocar un malestar, de no desafiar.

EM: ¿Por qué la comunidad gitana en los últimos años ha elegido dejar de ser nómade? 

VJ: Hoy ser nómade es signo de ser pobre, porque vivir en carpa es porque no te queda de otra hoy. Hay tormentas fuertes, calor, el clima no ha ayudado; entonces vivir en carpa es porque no tenés plata para comprarte una casa, esa es la asociación. Vos podés ser nómade pero ya no en carpa.

Antes eras nómade porque buscabas el trabajo, las oportunidades. Por ejemplo, mi papá compró la casa en Córdoba entre el 92 y 93, pero pasaron muchos años hasta que nosotros nos instalamos en esa casa. Cuando veníamos, nos quedábamos tres o cuatro meses y nos íbamos. Era como que no había laburo en Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Chaco, Misiones, Salta. Así que vas viajando por los pueblos, donde la gente tiene necesidades.

Mi papá vendía herramientas, vendía fuentones, todas esas cosas y lo hacía en el campo, donde no llegaban esas herramientas. Entonces vivíamos en una chacra que estaba a 20 km de un pueblo. La razón de moverse siempre fue el trabajo. Hoy mi papá sigue viajando, pero se queda en hoteles o casa de familiares.


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