Por: Constanza Coronda y María Paz Sánchez 4° IMVA; Valentina Olivera, Dylan Farías y Guillermo Manzano 4° IENM.
Redacción: Bárbara Muñoz.
- Pionera en Villa Los Altos: Fue la primera directora titular de la escuela en 1963, cuando la institución funcionaba de forma precaria y solo llegaba hasta tercer grado.
- Gestión y crecimiento: Bajo su dirección, logró la creación de los grados restantes para que los estudiantes pudieran completar la primaria sin tener que caminar kilómetros hacia otros sectores.
- Labor comunitaria: Lideró la construcción del edificio escolar, el comedor y la cocina mediante el trabajo voluntario de los padres y donaciones de canteras locales.
- Compromiso social: Impulsó la creación de un jardín maternal en 1981 y organizó equipos de apoyo escolar en 1996 con la colaboración de empresas y la parroquia local.
- Reconocimiento: A sus 86 años, recibió el premio «Honrar la Vida» del Concejo Deliberante, un galardón que se entrega desde 2008 en conmemoración del retorno a la democracia.
- Actualidad: Continúa activa coordinando el grupo de danzas Isquitipe, participando en encuentros culturales y manteniendo el vínculo con sus exalumnos.
Con 86 años recién cumplidos, Susana Folgueras es una figura fundamental para entender la historia educativa y comunitaria de Río Ceballos. Llegó a la localidad en 1961, cuando la escuela de Villa Los Altos recién se había creado y funcionaba de manera precaria en la casa de una de sus fundadoras.
Desde esos primeros días comenzó a colaborar en los eventos que se organizaban en los hoteles -bailes, rifas, té- para recaudar fondos y levantar un edificio propio. Con la donación de un terreno por parte del dueño del loteo, la construcción de las instalaciones se puso en marcha, marcando el inicio de su vínculo con el trabajo comunitario: acompañar a los vecinos y comprometerse con la escuela aún antes de trabajar ahí.
Sin imaginarlo entonces, Susana terminaría convirtiéndose en la primera directora de la institución e impulsaría proyectos que dejarían huellas profundas en generaciones enteras. Así, su nombre sigue apareciendo en el recuerdo de las múltiples iniciativas que encabezó.
Por todo ello, el Concejo Deliberante le otorgó recientemente el reconocimiento “Honrar la Vida”, un homenaje que refleja más de seis décadas de labor en educación, gestión comunitaria y acompañamiento social.

El Milenio: ¿Cómo fue el proceso de creación de la escuela rural en Villa Los Altos y qué la inspiró a llevarlo adelante?
Susana Folgueras: Cuando la provincia me nombró en 1963 como la primera directora titular de la escuela de Villa Los Altos, la institución tenía solo hasta tercer grado. Entonces, gestioné la creación de cuarto grado.
Ese mismo año me autorizaron a abrirlo, al siguiente se creó quinto y en 1965 ya tuvimos los primeros egresados de sexto. Pero todo eso lo hice trabajando como personal único: yo era la directora, la única maestra y tenía a cargo todos los grados. En aquellos años llegué a tener casi 70 estudiantes, todos juntos en grados múltiples. Era imposible dar clase así, así que pedí autorización y me dividieron en dos turnos: a la mañana los grados más altos y a la tarde los más chicos.
Tenía la necesidad de que los niños pudieran completar su escolaridad. No podía decirles a los papás que no habría quinto grado o que tendrían que volver a caminar kilómetros para terminar la primaria. Era un compromiso moral y afectivo con ellos y con la comunidad.
EM: En aquellos primeros años ¿Qué desafíos enfrentaron como comunidad educativa?
SF: Los desafíos fueron enormes desde el comienzo. En 1964 nos otorgaron la cantina escolar, lo que hoy sería el PAICOR, pero la escuela no tenía comedor ni cocina. Entonces a la mañana daba clase, al mediodía los chicos comían en sus pupitres, limpiábamos todo y a la tarde seguíamos con las clases. Pronto nos dimos cuenta de que necesitábamos construir un comedor y una cocina verdadera. Ahí se puso en marcha un trabajo comunitario impresionante. Las canteras de la zona colaboraron con material, y algunas empresas con dinero o elementos necesarios. La mano de obra la hicieron los padres de los alumnos, cada uno aportaba lo suyo y trabajaban los fines de semana. Y las mamás se organizaron en turnos y limpiaban la escuela para que ese dinero pudiera destinarse a comprar libros, mapas y materiales.
EM: A lo largo de su trayectoria ¿Qué proyectos dejaron una huella en usted y qué valores considera esenciales para construir una comunidad solidaria?
SF: De todas las cosas en las que trabajé, la que más huella dejó en mí y en la comunidad fue la docencia. Volvería a ser docente rural, porque es una experiencia muy linda. La escuela estaba recién creada cuando me nombraron directora y fue creciendo al mismo tiempo que crecían los chicos y yo como docente. Ese vínculo con los alumnos, las familias y la comunidad es lo que más me marcó, y hoy, después de tantas décadas, sigo en contacto con muchos de ellos.
Creo que todo eso fue posible gracias a valores fundamentales: el compromiso, la constancia y el trabajo conjunto. Nada se logra solo; todo se hace en comunidad, con proyectos y formando equipos. También es importante sostener los valores y confiar en la comunidad.
Más adelante, ya fuera de Villa Los Altos, también trabajé con la parroquia. En 1981, junto al párroco, formamos un jardín maternal para niños de 3 y 4 años. Y en 1996 organizamos un equipo de apoyo escolar. La municipalidad gestionó pases de transporte para que los chicos pudieran asistir, y panaderías y empresas de la zona ayudaron con la merienda.
Todo lo que hacíamos requería gestión: notas, pedidos, insistencia permanente. Y algo que siempre destaco es que las instituciones deben tener las puertas abiertas: cuando eso sucede, la gente se acerca y se pueden lograr cosas.


EM: ¿Qué representa el reconocimiento recibido y cómo vivió el momento de entrega?
SF: La verdad es que me sorprendió muchísimo cuando me dijeron que estaba seleccionada para ese premio. Existe desde 2008, y se entrega todos los 30 de octubre, recordando el día en que volvimos a la democracia en 1983. Cuando llegó el momento del acto, lo viví con mucha alegría. Yo no soy amiga de las exposiciones, uno hace las cosas porque siente que debe hacerlas, sin pensar en los reconocimientos.
Fue muy lindo, porque había muchos amigos y exalumnos de distintas épocas que pasaron por mis manos en distintos momentos. Estar rodeada de ellos fue lo más significativo. Ese día sentí que el premio no era solo para mí, sino para todos los que trabajaron conmigo y para la comunidad que me acompañó siempre.
EM: ¿En qué proyectos o actividades está participando actualmente?
SF: Actualmente coordino un grupo de danzas llamado Isquitipe. Mi segundo esposo era profesor de folklore y de tango, y en el año 2016 empezó a dar clases a un grupo de adultos. Yo siempre lo ayudé con la coordinación: los contactos, los encuentros, toda la parte organizativa. Cuando él falleció en 2021, busqué una profesora para continuar con la parte artística. Participamos en encuentros nacionales, provinciales y locales; siempre estamos presentes en los eventos de Río Ceballos. Además, tengo una vida social bastante activa: muchas relaciones, muchos amigos, y sigo reuniéndome de vez en cuando con mis exalumnos.

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