SOCIEDAD
Por: Luisana Orzan y Julia Zangara 4° IMVA; Lucía Ballistreri y Aylén Nieva 4° IENM.
La pandemia caló fuerte en el día a día de todos, pero en términos laborales golpeó con mayor violencia sobre la economía informal. En este marco, el trabajo se redujo de manera drástica y en Villa Tortosa, Unquillo, al igual que en muchos otros barrios populares, la problemática se sintió mucho más fuerte.
Mientras tanto, Diego Sequeira y Nahuel Nieto miraban las calles y se preocupaban por aquellos niños y niñas que no sabían si podrían comer en cada jornada. Así, nació un proyecto que inició con unos pocos asistentes y que hoy cobija a más de 60 con apoyo escolar y además, la entrega de alrededor de 110 viandas semanalmente. “Empezamos a hacer la copita de leche en donde estábamos alquilando. Al poco tiempo se nos desbordó”, recuerda Diego.
Actualmente, la rutina diaria es organizada, flexible y ante todo, colectiva. “Nos dividimos tareas: uno hace el proceso de la comida, otro prepara la merienda, el otro pica el pan y yo llevo ejercicios cognitivos, como el árbol de la vida, el árbol de la generosidad, el árbol de la familia”, explica Sequeira.
Así, la intención es que los chicos y chicas no solo tengan un espacio de contención, sino que también aprendan a estudiar para poder adquirir mejores herramientas para su proyecto de vida.
Un espacio que respira comunidad

La actividad ocurre los martes y jueves, de 17 a 19 horas, aunque el horario se estira por el entusiasmo que prima. Al respecto, Cecilia Ponce, secretaria del merendero, comenta: “Les decimos a los que buscan solamente la comida 17:30, pero a las 16 ya están sentados ahí esperando y se quedan, felices”.
La iniciativa no cuenta con un edificio propio. Funciona en el fondo de la casa de una amiga de los propulsores, donde se erige una vieja carpa que cada tanto tienen que mover por la lluvia y reforzar cada vez que el viento dobla los caños.

Por su parte, unos viejos tablones se arman y desarman haciendo de mesa en este espacio cuya esencia es mucho más que un plato de comida: es la apertura de nuevas posibilidades.
“Muchos nos decían ‘no, yo no voy a estudiar porque voy a vender pan’. Nosotros les mostramos que, igualmente tienen que saber leer, hacer cuentas, comprender. Muchos chicos empezaron gracias a la motivación que reciben en el merendero. Tienen muchas complicaciones en su familia y acá se genera una cotidianeidad que tiene que ver con pedir las cosas ‘por favor’, con aprender a decir ‘gracias’ y con tratarse con cariño”, destaca Cecilia.
De la necesidad al orgullo compartido

La financiación combina apoyo municipal y donaciones. En esa línea, Diego detalla: “En muchas ocasiones hemos mantenido el espacio en base también a nuestros propios sueldos; pero siempre aparece alguien que nos va colaborando”. Cecilia añade que, a su vez, cocinan cenas con la idea de que los infantes puedan llevarlas a sus hogares. “Tratamos de que no sea un fideo blanco o algo básica. Queremos que coman rico y nutritivo”, sostiene la dupla.
En tanto, Diego reflexiona: “Nuestro mayor logro es cubrir las necesidades e intentar contener a 108 familias. Comenzamos con diez y ahora podemos ofrecerle ayuda a más de un centenar. Cada vez que nos vamos de acá lo hacemos cansados, porque le ponemos el cuerpo a la tarea, pero profundamente felices. Ante cada día que servimos la comida o encaramos una actividad escolar o la que sea, sentimos la adrenalina de si va a salir todo bien o si va a faltar algo. Pero nuestra felicidad es verles las caras a los chicos”.

También Cecilia remarca su orgullo frente al valor que le da la comunidad al trabajo genuino y desinteresado que ponen en marcha semana tras semana. “Me llena de alegría ver a alguno de los chicos que pasan por acá ser abanderados en el cole, o cuando te dicen ‘ya sé leer’, eso es lo lindo. Son niños que no tienen la oportunidad de tener alguien en casa que les diga vení sentate y te ayudo. Valoro mucho que tengan la ilusión de poder seguir estudiando, que tengan ganas de ser lo que quieran ser, aunque vengan de un entorno complicado”, señala.


A la hora de imaginar el futuro, el deseo de quienes lideran esta iniciativa es que el merendero deje de ser una necesidad y se transforme en un espacio para aprender y compartir. Asimismo sostienen que la meta es “tener un lugar estructural, aunque no sea un edificio”.
“Los chicos necesitan alguien que los escuche y que los entienda, porque además de pasar hambre pasan otro tipo de necesidades. Siempre le abrimos las puertas a la gente que quiera venir a compartir tiempo y conocimientos. Eso es lo bueno: ver, palpitar y entender, porque eso también es salir de nuestro lugar de confort y es muy sano”, concluye Diego.

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