SOCIEDAD
Por: Benjamín Godoy y León Zavala 4° IENM; Jazmín Falessi y Tiana Llorens 4° IMVA.
Hablar de dengue ya no es hablar de un problema lejano, sino de una amenaza cotidiana. Durante años se lo percibió como un riesgo propio de las provincias del norte del país o como una enfermedad tropical que apenas tocaba la puerta en Córdoba. Sin embargo, el cambio climático, las lluvias irregulares y la circulación del mosquito Aedes aegypti en casi todo el país alteraron ese mapa sanitario, que en la actualidad es mucho más complejo. Hoy el dengue forma parte de la vida urbana en ciudades grandes y pequeñas.
“El mosquito vino para quedarse. Llega a lugares a los que antes no llegaba y lo hace con gran severidad”, advierte Valentín Blarduni, director de Higiene y Ambiente de Unquillo. La frase suena como un diagnóstico, pero también como un llamado de atención.

Además, profundiza: “Hace dos años sufrimos una explosión de dengue. No fue Unquillo ni Córdoba, fue el país entero. Subió exponencialmente la cantidad de casos, no solo en número sino también en gravedad”.
Así, el verano de transición entre 2023 y 2024 significó el brote de dengue más importante de la historia del país, con más de 215.000 casos reportados en las primeras 13 semanas del año.
Con la llegada del calor, los casos se multiplican y los municipios tienen que desplegar estrategias que van más allá de la fumigación puntual, atendiendo a que el mosquito no nace en la calle, sino en el agua quieta de los patios: un balde olvidado, una botella destapada, un tanque sin tapa, un florero con agua acumulada.
Por lo tanto, en la vida cotidiana, se juega buena parte de la prevención. “La principal herramienta que tenemos como sociedad para evitar la propagación es atacar al vector central, es decir, al mosquito. Antes la dinámica era: alguien viajaba a Brasil, se contagiaba y diseminaba el virus acá a través del mosquito. Pero el año pasado, en octubre, ya teníamos casos autóctonos ¿Qué quiere decir? Que el mosquito ya estaba acá”, amplía Blarduni.
De esta manera, en octubre, Unquillo inicia su plan de acción con cuatro jornadas de descacharrado. Al respecto, Blarduni destaca: “Algo que incorporamos este año es que estamos yendo casa por casa, haciendo un trabajo educativo en torno al control de los vectores de la enfermedad”.
En ese sentido, el funcionario resalta que, a la hora de analizar los puntos rojos del mapa del dengue, hay una marcada tendencia. Esta se vincula a la periferia de Unquillo “y a la falta de acceso al agua potable en determinadas zonas, habitan vacas y caballos, con agua estancada disponible para la reproducción del mosquito” –describe-.

El Milenio: ¿Cómo se determina cuáles son las zonas rojas para el esparcimiento del mosquito?
Valentín Blarduni: Tomamos muestras de larvas y las analizamos, porque esas larvas son las que van a terminar siendo mosquitos. Entonces, si esas larvas son de Aedes aegypti, ya sabés que en esa casa va a haber un vector que transmite el dengue. Eso no necesariamente significa que el vector tenga dengue, pero manifiesta probabilidades claras.
EM: ¿En qué época se hace la toma de muestras?
VB: En octubre tomamos las muestras. Y es un momento muy propicio para aprovechar y entrar a las casas, hablar con la gente, mostrarles los espacios de riesgo, acercarnos, comentarles, darles información. Ese puerta a puerta es una manera de generar conciencia.
EM: ¿Hasta dónde llega esta campaña?
VB: Hasta la puerta de cada vecino. Nosotros podemos llevarnos todo el descacharrado, pero si no existe una conciencia sobre la complejidad del tema, no alcanza. La educación y la prevención son fundamentales. De lo contrario, nos llevamos todos los peligros, pero si no incorporaste hábitos de cuidado sobre el dengue, vas a seguir dejando que el agua se acumule en la puerta de tu casa.
EM: ¿Cuán compleja es la concientización respecto a esta problemática?
VB: Intentamos que la gente comprenda y tome conciencia. Hace dos años tuvimos un problema muy serio desde el punto de vista de la salud respecto al dengue y no nos tenemos que olvidar de esa situación. El año pasado fue muy bueno y, de alguna forma, esa memoria activa del año anterior hizo que el trabajo funcionara. Hicimos un control larvario previo y en octubre ya sabíamos cuáles eran los puntos rojos del mapa. Esa información fue determinante. Pero es necesario mantener ese estado de alerta porque el mosquito va a permanecer.
EM: ¿De qué depende el éxito de esta estrategia o de una campaña contra el dengue?
VB: En buena parte depende de la prevención, pero también es necesario medir y contextualizar a partir de las cuestiones ambientales. En caso de que este año tengamos mucha humedad, mucho calor y, aun así, logremos mantener una cantidad de casos igual o algo menor a la del año pasado, entonces será un gran indicador de que aprendimos algo. No hay una mirada exacta sobre este fenómeno, pero la prevención es el factor más importante.
EM: ¿Cómo opera la vacuna como herramienta para evitar la complejidad que implican los contagios?
VB: El año en el que afrontamos la peor crisis en torno al dengue, que fue el intervalo entre 2023 y 2024, no hubo vacuna disponible. El año pasado sí, y se vacunó al personal de salud y estuvo disponible para quien pudiera adquirirla. Los casos fueron muy bajos, pero no podemos atribuírselo a la vacuna. Es una herramienta más y es muy positiva en términos de que evita que la enfermedad se propague a otras personas. Es un recurso complementario para frenar la enfermedad.
EM: ¿Qué peso tiene entonces la dimensión educativa en torno al dengue?
VB: Todo el peso y la importancia. Hay que motivar a la población a participar activamente. Y hay que distribuir la información de manera clara y generando conciencia, tanto desde el aspecto educativo como desde el comunicacional. Desde los medios, desde las escuelas, todo lo que se pueda comunicar respecto al dengue es importante. Y es clave entender que evitar este problema depende muchísimo de un ejercicio individual, de cuidado.

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