7 septiembre, 2026

El Milenio

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Daniel Ortega: Al ritmo de la colmena

Daniel Ortega lleva más de 50 años dedicados a la apicultura, la formación y la divulgación, en los cuales logró duplicar las colmenas en la provincia mediante un proyecto donde promovió la tecnificación del rubro. Hoy, su vínculo con las abejas va mucho más allá de la producción de miel: es una forma de vida, una filosofía basada en la observación atenta, el respeto por los ciclos naturales y la cooperación.

SOCIEDAD

  • Por: Alma Gigena, Victoria Allende y Leire Sella 5° IENM; Renata Negrelli y Sofía Escudero 5° IMVA.

En una época marcada por la inmediatez, hay trabajos que aún mantienen la calma propia del oficio y la espera paciente que nos enseña la naturaleza. Tal es el caso de la apicultura, actividad que se basa en la cría y cuidado de colonias de abejas para obtener diversos productos.

A esta se dedica Daniel Ortega, quien desde Unquillo produce “Las niñas”, una miel artesanal que se consigue en dietéticas de la zona y en panaderías que la utilizan para numerosas elaboraciones.

Lo que comenzó como un juego bajo la mirada atenta de su abuelo, se convirtió, con el tiempo, en un trabajo y modo de vida. Así, a mediados de los 80, Ortega fue parte fundamental de una transformación profunda en el rubro: integró la Fundación Banco de Córdoba, capacitó a más de 1.500 apicultores, promovió la tecnificación del rubro e impulsó la creación de salas comunitarias de extracción. 

Aunque el paso del tiempo y los avances tecnológicos cambiaron muchas cosas, el vínculo con la colmena sigue siendo, para él, esencialmente artesanal. “Hoy ya no hace falta abrir cada caja para saber qué pasa adentro. Basta con observar el movimiento, el polen que entra, el peso del cajón: así sabés si la reina está trabajando y cuánta miel hay”, explica.

También se han modificado los rendimientos. Mientras que en otras épocas se podía obtener hasta 130 kilos de miel por colmena, hoy se considera una buena cosecha alcanzar los 35 kilos. 

Las razones son múltiples: el uso intensivo del suelo, el cambio en los ciclos agrícolas, el confinamiento de los animales, el calor extremo e incluso – según algunas teorías–  la interferencia de las señales de telefonía celular en la comunicación entre las abejas. Al respecto, Ortega asegura: “Una abeja estresada produce menos. Un apicultor nervioso, pone nerviosas a las abejas”.

El contacto diario con las abejas, esas maestras silenciosas, es también una de las gratificaciones más íntimas del oficio”, comparte Daniel Ortega.

El Milenio: ¿Cómo fueron tus comienzos en la apicultura?

Daniel Ortega: Mi abuelo fue mi primera influencia. A los 90 años se recibió de perito apicultor. Tenía colmenas en el techo y nos daba miel en un palito que sacaba directamente del panal. Empecé en el campo, en Deán Funes, capturando enjambres o sacando colmenas a caballo. Me avisaban dónde estaban las colmenas silvestres y yo iba con un cajoncito. Así, de a poco, fui creciendo hasta tener casi mil colmenas. Eso es una gran ventaja de la apicultura: se puede empezar sólo con una, después pone otra, las divide, las va aumentando y va armando cajones. Lo que se llama “modular”.

EM: ¿Cuántas tenés actualmente?

DO: Ahora mantengo unas 40 colmenas. Antes tenía muchas más, pero con los años uno busca simplificar pero seguir disfrutando. Las tengo en Sinsacate y algunas en Unquillo, porque aquí en la zona la floración es corta. Comienza en agosto cuando florecen los garabatos, espinillos, el chañar. Y en octubre el algarrobo, esa es la época más fuerte para la abeja y después se corta, no hay prácticamente nada. 

EM: ¿Qué tipos de miel producís?

DO: Yo tengo prácticamente un solo tipo de miel, que es intermedia, porque la zona combina monte y pradera. En general, se distinguen dos tipos: la miel de monte y la miel de pradera de monte. Hay flores como el siempreverde que pueden hacerla amarga y hasta algo tóxica si se guarda mucho tiempo, pero en líneas generales, la miel de monte es la más rica. En el monte hay especies como el algarrobo, que da una miel muy clara, casi blanca, pero también otras flores como el mistol o la sombra de liebre que la oscurecen. Esa mezcla da lo que llamamos una miel multifloral, aunque si predomina el polen de una flor, se puede considerar monofloral. El análisis de polen es clave para clasificar la miel, porque siempre quedan residuos que permiten identificar el origen.

EM: ¿Qué desafíos enfrentás en tu tarea y cómo es tu día a día como apicultor?

DO: Nuestros horarios están marcados por la naturaleza. Si llueve, no se puede ir al campo: las abejas se encierran en la colmena y están inquietas, entonces no es ideal molestarlas. Esos días los aprovechamos para hacer mantenimiento en el galpón o extraer miel de los panales. Cuando el clima acompaña, el trabajo en el campo suele comenzar alrededor de las 10 de la mañana, que es cuando las abejas están en plena actividad. En ese momento muchas ya están fuera, recolectando néctar, así que dentro del cajón hay menos movimiento. Eso permite trabajar sin alterar tanto la colmena. La clave es molestar lo menos posible.

EM: ¿Utilizan trajes especiales? ¿Por qué se trabaja con humo?

DO: Siempre se trabaja con equipos especiales. Cuando uno llega al apiario -así se llama el lugar donde están las colmenas- lo primero es hacer un poco de humo general en el ambiente, como si se estuviera simulando un incendio leve. Después, se aplica suavemente humo en la piquera, que es la entrada de cada colmena, y ahí recién se empieza a trabajar. Hay que tener cuidado con eso: si uno exagera con el humo, las abejas se alteran. Es un trabajo que se hace con calma. Siempre decimos: “Apicultor tranquilo, abeja tranquila. Apicultor nervioso, abeja nerviosa”. Y es así. El ritmo lo pone la colmena, y hay que saber leerlo.

EM: ¿Cómo fue tu experiencia en la formación de apicultores? 

DO: En 1985 trabajé en la Fundación Banco de Córdoba. Capacitamos a 1.500 apicultores y en cinco años duplicamos las colmenas en la provincia: de 100.000 a 200.000. Creamos el Centro Tecnológico Apícola, trajimos expertos internacionales y organizamos el Congreso Apícola de 1994. En seis meses armé un evento al que vinieron 200 extranjeros y 4.000 personas. Fue un punto de quiebre: se incorporó el acero inoxidable, tecnología en frío y nuevos vínculos técnicos con el exterior. Esa es mi gran satisfacción: haber generado trabajo y cambiado la forma de hacer apicultura.

EM: ¿Qué cambios técnicos fueron más significativos? 

DO: Muchos. Por ejemplo, el traslado de colmenas. Antes se cerraban con esponjas y las abejas se estresaban, morían. Yo empecé a trasladarlas con la piquera abierta, usando media sombra. Así respiran, entran y salen si hace calor o frío. También se simplificó el trabajo con los acoplados doble eje. Pequeñas cosas que hacen una gran diferencia. Y el traslado de celdas reales fue otro avance enorme.


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