SOCIEDAD
- Por: Pedro Moyano y Sofie Silaeva 4° IMVA; Mateo Gaido, Jerónimo Oberti y Joaquín Pen 4° IENM.
En 1993, cuando Río Ceballos aún ofrecía pocas alternativas para la primera infancia, Gabriela Kruzich decidió fundar un espacio que combinara contención y estimulación desde los primeros meses de vida. Así, nació el jardín maternal Elefante Trompita, un proyecto que se sostiene hasta hoy gracias al trabajo constante y una profunda vocación de servicio.
Recientemente, la Municipalidad de Río Ceballos declaró a este espacio de interés municipal por tratarse del más antiguo de la ciudad y por el que han pasado miles de vecinos. En sus inicios, el espacio funcionaba con apenas 2 docentes y 15 niños, en la mitad del edificio que hoy ocupa en la avenida San Martín, a metros de la terminal de ómnibus.
Sin embargo, el tiempo, el boca a boca y el compromiso sostenido lograron que el jardín creciera. “Hoy tenemos salas diseñadas especialmente para cada etapa, patios seguros, cocina, áreas para talleres y todas las condiciones necesarias para una educación de calidad”, celebró Kruzich.
Igualmente, el crecimiento no fue solo edilicio. Kruzich entendió, con el correr de los años, que para sostener a las familias de Río Ceballos, había que acompañar sus rutinas y horarios. De esta manera, la propuesta pasó de funcionar en horarios tradicionales a ofrecer una franja que abarca desde las 6 de la mañana a las 22 horas.
“Hoy somos 6 seños y yo, que estoy todo el día. Quiero que los papás se vayan tranquilos”, afirmó, remarcando que estar presente en los distintos turnos le permite garantizar una continuidad y un cuidado personalizado.
Esa combinación entre entrega y precisión no pasa inadvertida. “Mi hijo más grande me dijo: ‘Mamá, vos sos una mezcla de vocación con obsesión’, y creo que tiene razón”, relató entre risas. Para Gabriela, el jardín no es solo su lugar de trabajo: es su primer hijo y su proyecto de vida. Esa mirada social atraviesa incluso la decisión de mantener una tarifa plana, sin aumentos durante todo el año. En este sentido, aseguró: “Es para garantizar que puedan mantener la asistencia”.


El Milenio: ¿Cuáles son los criterios para elegir los docentes que forman el equipo y para permitir el ingreso y permanencia de los niños?
Gabriela Kruzich: Yo siempre elegí el equipo priorizando los valores humanos por sobre los títulos. Busco docentes sensibles, empáticos, con vocación real de cuidar y educar a los más pequeños, que respeten los valores y que tengan vocación sobre todas las cosas, porque sin esta, es un trabajo más. Obviamente también valoramos la formación y la experiencia, pero el perfil humano es central.
En cuanto a los niños, recibimos desde los 45 días de vida hasta los 4 años inclusive. Nunca discriminamos por ninguna condición, desde el principio fuimos inclusivos y abiertos a la diversidad. La permanencia se basa en el respeto mutuo y la participación activa de las familias. Hemos tenido durante estos 30 años niños con diferentes discapacidades, situaciones o síndromes que se han aceptado igual y hemos tenido acompañamiento terapéutico. La mitad de Río Ceballos pasó por el jardín, más de 3000 chicos, entonces buscamos colaborar con la comunidad de Río Ceballos, colaborar con lo que necesita la gente, porque muchos papás que trabajan todo el día tienen necesidades cada vez mayores. Entonces, al momento de pensar “¿dónde lo llevo?” surge la respuesta “de Gabi”. Entonces, los rioceballenses a mí ya me conocen como “La Gabi”. Es un lugar seguro donde uno le da de comer, los higieniza, los cambia.
EM: En estos 30 años, ¿cómo afectaron los cambios en la educación formal —como la incorporación progresiva del jardín obligatorio desde los 4 años— al trabajo en el jardín maternal y a la cantidad de niños que asisten?
G.K: Las necesidades laborales de los papás se extienden cada vez más cantidad de horas por la necesidad económica. Entonces, las 3 horas que te hacen en un jardín oficial no alcanzan, así que se complementa con las horas acá. Por ejemplo, actualmente tengo que llevar seis al Espíritu Santo (una escuela que queda a dos cuadras), de los cuales hay tres que entraron a las 6 de la mañana y de 14 a 17:30 cumplen con la escolarización, pero siguen necesitando estar contenidos en un jardín de infantes maternal.
Además, con cada uno vemos que hay que reforzar, la numeración, escribir el nombre, colores secundarios y primarios, algo de ciencia, muchas cosas que lo vamos haciendo con las seños y vamos trabajando como complemento del jardín.

EM: ¿De qué manera la institución ha sabido mantenerse vigente y sustentable económicamente durante estas tres décadas? ¿Cómo hiciste para mantener estas cuotas que no cambian de precio?
GK: Nos mantuvimos vigentes porque supimos escuchar, adaptarnos y ser responsables. Abrimos muchísimas horas y no cerramos en todo el año, lo que responde a una necesidad real de muchas familias. Esa flexibilidad y compromiso constante nos diferencia. También el trato humano, la cercanía con cada familia y cada niño.
El Elefante Trompita no es un jardín más, es un espacio donde se cultiva el vínculo. A veces hay familias que me dicen “¿Te puedo pagar la cuota en tres entregas? porque no llego”. Yo veo toda esa necesidad que están pasando, entonces tengo que tratar de ayudarlos y de acompañarlos porque de otros jardines en Río Ceballos me eligieron a mí, entonces tengo el privilegio de tener esas familias durante todo el año conmigo.
Estamos en Argentina y yo digo que apuesto a mi país, por eso pongo la tarifa plana todo el año, pero bueno, tengo docentes que también tienen que cobrar y es un equipo grande, entonces hago malabares pero les pago igual, se ve que soy buena administradora también. La seño Debi es la que me acompaña desde hace más tiempo y la que me ayuda con la parte administrativa. Ella empezó con 19 años a trabajar conmigo, se formó ahí, nos apoyamos mutuamente y tiene buenas ideas, hacemos un gran equipo.
La pandemia nos enseñó la importancia del lazo y aún en la distancia hicimos videos, encuentros virtuales, no dejamos a nadie sin propuestas. También cuidamos emocionalmente al equipo porque sabíamos que ese cuidado se iba a trasladar a las familias. Aprendimos a ser más resilientes, más creativos y a valorar aún más lo cotidiano.

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