A dos días del gran diluvio, sentado en los restos de lo que era la entrada de su casa, está Moisés. La mirada detenida en el agua que corre frente a sus ojos. Tiene una pierna herida. Espera la ambulancia.
-Me van a curar el cuerpo, pero de los daños mentales que me provocó lo que viví quién me cura- dice, y con su mano derecha señala los vestigios de la catástrofe alojados en su cabeza.
Moisés vive en Unquillo hace varios años, con su pareja y un hijo de ella. Es paraguayo y luego de lo ocurrido el 15 de febrero no sabe si se vuelve a su país.
Su casa está ubicada a 10 metros del arroyo Río Ceballos, que el día de la catástrofe triplicó su caudal. El agua pasó por toda su casa, la del vecino, y por las de casi todo el barrio. Dejó marcas de más de un metro y medio de alto.
Todo ocurrió durante el mes en el que llegan los turistas a Sierras Chicas.
Era medianoche cuando las nubes cubrieron el cielo y el agua comenzó a caer. Fuego y agua, el cielo de Unquillo se vio iluminado por la pirotecnia en la segunda jornada de los Corsos 2015. De llovizna a lluvia intensa, de alivio a preocupación. Y no paró hasta que el sol comenzaba a asomar.
Alrededor de las 9 de la mañana el agua comenzó a caer nuevamente. Hubo dos picos de creciente con un lapso de una hora entre cada uno.
La fuerza del agua corriendo derribó casas, tapias y árboles; arrastró muebles, electrodomésticos, autos, piedras, escombros y varias vidas humanas; levantó asfaltos; socavó caminos y calles; hundió terrenos y así iba encontrando su histórico cauce. El domingo 15 cayeron más de 300 milímetros en aproximadamente doce horas, un tercio de lo registrado durante el 2014. Febrero acumuló 586 mm y se ha convertido en el más llovido de la historia de la región.
La inundación dejó, según datos oficiales, 11 muertos. En Unquillo más de 1000 evacuados, 478 viviendas dañadas y más de 170 comerciantes, trabajadores independientes y artesanos sufrieron grandes pérdidas.
amontonaron las otras cosas “en una esquinita, por las dudas”. Nunca imaginaron que todo eso era en vano. El agua subió más de un metro y medio.
-Enzo, mi hijo menor, entró a su pieza y vio que su placard se estaba mojando. Agarró una almohadita que tenía de recuerdo en uno de los cajones de arriba y salió corriendo. Fue lo único que pudo sacar. – Cuenta la mujer, mientras sus ojos se humedecen.
El agua entraba por todos lados: por la pieza de los chicos, por el baño, por las ventanas, por debajo de la puerta. Con un palo de piso Cristina intentó impedir su visita, pero no pudo. La heladera se cayó y las cosas que había adentro comenzaron a flotar por todos lados. Julio tomó de las manos a sus dos hijos y salieron. Cristina pensaba en Gonzalo, el mayor, que se había ido a trabajar minutos antes. No supo nada de él hasta el otro día.
-Lo más triste fue escuchar a mis vecinos gritar, estaban arriba de los techos. Ese día fue terrible. Mi vecina de enfrente había quedado dentro de la casa sola con el nietito y no podía salir. Vino un tronco y le tiró la pared. Después me contó que en ese momento rogaba que Dios la ayude, nada más. – Recuerda Cristina mientras abraza con fuerza a su hijo menor.
Después de 21 años de ver crecer a sus hijos en esa casa, Cristina y su familia deben echar raíces en otro lugar. Esta vez lejos del río.
Dos meses después el Municipio y la Provincia les adjudicaron un lote y una nueva vivienda donde volver a empezar.

Muchas personas que perdieron sus viviendas debieron ser relocalizadas dentro de la ciudad, en lugares más seguros.
Una soleada mañana de lunes, algunas de las familias damnificadas por el temporal se reunieron en un salón que de a poco se fue llenando de susurros. Sobre las mesas se acumulaban los papeles donde se sellaría el futuro de todos. Para ser relocalizadas debían aceptar formalmente abandonar aquellos lugares que hicieron suyos y que el agua arrasó en apenas minutos.
Antes de concretar el acuerdo, una mujer se mostraba angustiada, dudaba. Cuando llegó su momento de decidir, algo la contuvo. Mientras todos la miraban sacó el celular de la cartera y buscó una foto de su casa después de la inundación.
Antes de tomar la lapicera respiró hondo y agarró fuerte la mano de su marido mirándolo a los ojos:
– Nos vamos – le dijo y firmó.

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