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Entre aromas, sensaciones y colores

En la ruta E-53, cerca de Río Ceballos, se encuentra un emprendimiento familiar único en su tipo. Campo de Flores es un lugar sencillo y tranquilo que transporta a los jardines del pasado. Allí, aparte de producirse flores de corte, se ofrecen visitas, talleres de todo tipo y hasta la posibilidad de disfrutar una rica merienda en la casa de té.
  • Por Guadalupe Bustos y Catalina Gos (4to IENM). periodico@elmilenio.info

Mario García es uno de los creadores de Campo de Flores, un emprendimiento que comparte con dos amigos, Félix Serrano y Blas Spina. Con dos socios agrónomos, Mario comenta alegremente que “esta pasión los une a los tres”. 

Y es que, durante doce años, trabajó en el mantenimiento de una cancha de golf, experiencia que le brindó el conocimiento “técnico” que hoy aplica en este peculiar proyecto. Aunque aclara que “todo lo relacionado con la jardinería”, lo fue aprendiendo desde chico en su hogar.

Hoy no solo son productores y comercializadores directos de flores de corte, con las cuales confeccionan ramos únicos, sino que además cuentan con una casa de té y ofrecen talleres y visitas guiadas, convirtiendo a Campo de Flores en una postal de fantasía que muchos buscan conocer.

“Queríamos hacer algo totalmente distinto, que no existiera en la zona, pero que a la vez nos apasionara. Así descubrimos este nicho de las flores que hoy disfrutamos todos los días”

Mario García

El Milenio: ¿Cómo surgió Campo de Flores? ¿Cómo era el lugar antes?

Mario García: Esta era una granja de pollos para consumo y hasta hace tres años podíamos encontrarlos en cada uno de los galpones. En 2012, al hacerse tan urbano el barrio, los vecinos arreglaron con la municipalidad el cierre de la granja, aunque tardaron varios años en llevarla a otro lugar.

Viendo ese espacio vacío dijimos “¿qué podemos hacer?” y surgió esta idea de poner flores. Queríamos hacer algo que fuera totalmente distinto, innovador, que no existiera en la zona. Córdoba era muy floricultora cuando yo era chico y hoy no existe ningún productor de flores. El desafío era encontrar una actividad que nos apasionara y así fue como descubrimos este nicho de las flores que disfrutamos todos los días.

Nos inspiramos en algunas páginas de Inglaterra y de Estados Unidos. Trajimos semillas, unas 170 variedades que eran compatibles con la climatología de Córdoba. Fuimos poniendo y probando, algunas dieron resultado y otras no, y así fue como surgimos.

EM: ¿Cómo fue todo el proceso de transformación del espacio?

MG: La verdad que fue lindísimo. Nos propusimos como objetivo disfrutar todo lo que hiciéramos, por eso puedo decir que ha sido una experiencia increíble desde el día uno.

Como contábamos con pocos recursos, apelamos a lo que teníamos y a nuestra creatividad. Empezamos por el cultivo con la idea de hacer algo pequeño en el invernadero, así que lo primero fue sacar los árboles que había alrededor. Con las chapas del techo hicimos la casita de té y el taller, con un vagón agrícola construimos una casa de diseño, con los comederos de pollo fabricamos las lámparas y con las bandejas incubadoras de huevo hicimos algunas mesas.

Así fuimos trabajando con todo lo que se ve en la granja. Al principio lo encontramos como una forma de ahorrar, pero más adelante nos pareció lindo conservar y resignificar la identidad del lugar.

EM: ¿Cómo fueron sumando actividades aparte del cultivo?

MG: Cuando empezamos subimos algunas fotos a las redes y la gente nos empezó a llamar para venir. Entonces decidimos, hace un año, ofrecer visitas guiadas cada 20 días con un grupo de 20 personas. La idea terminó siendo un boom y tuvimos que hacerlas miércoles, jueves, viernes y sábados, se formó hasta lista de espera.

Todo esto generó que fuéramos mejorando el lugar. La temporada pasada empezamos a armar lo ornamental y luego decidimos hacer la casa de té para recibir mejor a las visitas y no suspender en caso de lluvia.

Una cosa fue llevando a la otra. En el camino apareció una propuesta para hacer un curso y empezamos con talleres de armado de ramos, de acuarelas, de coaching y de meditación. Ahora los sábados a la mañana ofrecemos una capacitación de un tema y a la tarde de otro.

Además, teníamos un tanque australiano con el piso roto, al cual le subimos el techo y armamos una pérgola. Ahí hacemos algunos cumples.


EM: ¿Cómo comercializan las flores cultivadas?

MG: En la floricultura normal, un floricultor cosecha sus flores, las lleva a un mercado y de ahí se abastecen las florerías. Acá innovamos y comercializamos directamente, hacemos todas las variedades que van en los ramos (los cuales armamos dos veces por semana) y una vez que nos llaman por teléfono, vamos y los entregamos.

EM: ¿En qué temporadas siembran? ¿Cómo es el proceso?

MG: Es muy dinámico y continuo, ya que, al no comprar ningún componente del ramillete a terceros, el desafío es tener producción todos los días del año. Por ejemplo, si queremos tener tales o cuales flores para el día de los enamorados, tenemos que sembrarlas ahora en septiembre.

Es un trabajo bastante intenso y no es algo matemático. A veces hace mucho frío o mucho calor, o llueve demasiado o llueve poco y esas variables pueden hacer que nuestros programas no funcionen. 

EM: ¿Cuántas personas trabajan en el campo?

MG: Son tres personas en la labor del campo y nosotros tres como socios que trabajamos igual. Es un emprendimiento familiar, yo tengo cinco hijos y trabajan tres, al igual que mi esposa y la de Blas. Esto va desde quien maneja las redes hasta quien sirve en la casa de té o coordina los talleres, todo es familiar.

EM: Para finalizar, ¿cuáles son sus proyectos a futuro?

MG: La verdad que esto no tiene techo. Desde lo social estaría bueno poner un restaurante o armar unos senderos, así las personas que vienen a comer pueden salir a andar en bici o hacer trekking. Este es un campo grande, si bien nosotros usamos ocho hectáreas, tiene 70. También está buena la idea de la comercialización de semillas o de ramos secos. La verdad que es muy extenso el abanico de opciones para seguir creciendo.