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El espacio de la capacidad

Nacido en el corazón de Apadro, el taller sociolaboral El Naranjo es uno de los emprendimientos más reconocidos de la zona. Con 25 años de trayectoria, se distingue por la buena calidad de sus productos, así como su impronta educativa e inclusiva. En una charla con El Milenio, sus integrantes y coordinadores cuentan qué significa para ellos formar parte de un espacio que, más que un negocio, es una familia.
  • Colaboración: Matteo Barale, Kiara Cassina y Luciano Parodi (4to IENM). Benjamín Silva (4to IMVA).

Desde 1997 funciona el taller sociolaboral El Naranjo, un espacio dedicado a la producción de alimentos y bolsas plásticas cuyo objetivo principal es brindar capacitación laboral a personas en situación de vulnerabilidad social. 

Se trata de una propuesta que nació en el seno de Apadro, una ONG que hace 40 años se dedica a la asistencia de personas con discapacidad y sus familias de escasos recursos. En este marco, El Naranjo surgió a partir de la demanda de un grupo de padres cuyos hijos terminaban la escuela secundaria y no veían futuro laboral posible. 

“El taller empezó muy gradualmente a cargo de estos papás, haciendo dulces caseros y bolsas de polietileno, pero de a poco fue creciendo”, comentó a El Milenio Humberto Alanís, coordinador general del espacio. Actualmente, el proyecto cuenta con 48 trabajadores, divididos en turno mañana y tarde. El grupo laboral es variado e incluye desde jóvenes hasta adultos, con y sin discapacidad. 


Ubicados en Rivadavia 273 (Villa Allende), este espacio sociolaboral ofrece sus productos a la comunidad a través de la venta particular, en negocios y establecimientos de la ciudad, así como también haciendo entregas particulares. Los pedidos se reciben a través de redes sociales (@tallerelnaranjo en Instagram y Facebook).

Entre los productos que ofrece El Naranjo se pueden mencionar milanesas de soja rellenas, alfajores de maicena, mermeladas, cascaritas de naranja o mandarina confitada y pizzas caseras. “Tenemos dos ramas productivas, la de alimentos y la de bolsas de plástico, separadas físicamente para que no haya contaminación”, explicó Paola Chávez, trabajadora social e integrante del grupo técnico de El Naranjo.

Gustavo Sbolci, encargado del área de producción y uno de los empleados con más trayectoria dentro del taller, explicó que la mejor forma de ayudar a que este emprendimiento crezca, es comprando, ya que así se valora el trabajo que hay detrás de cada mercancía. “Lo que ofrecemos es todo natural, no le ponemos ningún aditivo ni conservante”, destacó.

“Nos enseñan cómo desarrollarnos dentro del marco laboral, nos brindaron talleres y cursos. No nos excluyen ni nos prohíben nada y eso es lo lindo. Es un lugar muy cómodo para estar”

Colaboradores de El Naranjo

Diversidad e inclusión

Humberto no esconde su orgullo al afirmar que quienes integran El Naranjo son personas con “muchísimas ganas de trabajar y salir adelante”. Además, añadió que el proceso de capacitación y entrenamiento está destinado a aquellos jóvenes que “terminan la secundaria y no saben qué hacer”, por lo que, si bien se realizan entrevistas laborales a los nuevos operarios, el criterio de selección es amplio.

Por su parte, Paola hizo hincapié en lo difícil que es para las personas con discapacidad conseguir un trabajo digno. “Tenemos mucha demanda ya que este espacio es un tránsito en el camino del adiestramiento laboral y también una fuente de trabajo para ellos. Somos los únicos en Sierras Chicas en ofrecer este tipo de experiencias”, explicó Chávez.

En la misma línea, Gustavo, que es usuario de silla de ruedas, reconoció lo imposible que se le hace ofrecer sus servicios en otro ámbito laboral, ya que o no es aceptado o, de repente, el trabajo le queda muy lejos para su movilidad. “No me voy de acá porque hay poca oferta siendo discapacitado, hay muchas trabas todavía para poder progresar”, manifestó.

Vale señalar que, en el marco de la Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad, a la cual Argentina adhirió en 2007 a través de la Ley 26.378, el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social de la Nación aporta un incentivo económico para quienes participan del programa de empleo en El Naranjo.

Por su parte, las horas extras y los “plus” salen del bolsillo del mismo taller. Y es que, mediante asambleas diarias, evalúan el desempeño de los trabajadores durante la jornada y quien resulta elegido por el destacado cumplimiento de sus tareas y el buen desarrollo de la convivencia, recibe un dinero extra. “Estas instancias son buenas porque los chicos defienden su postura y, a través del diálogo, hacen valorar su trabajo”, expresó Paola. 


Ser parte del proceso

El producto estrella de El Naranjo son las milanesas de soja, un éxito en la Villa. Tanto es así que su producción demanda un día entero y supera en cantidad a las demás ofertas. Karina Fernández, encargada de la repostería, fue la impulsora del producto más vendido del taller. “Yo odiaba la cocina, pero me puse a inventar cosas nuevas y Humberto me animó a que probemos mis ideas”, contó.

Durante la charla, los trabajadores comentaron a El Milenio que se sienten muy afortunados de conformar un equipo cooperativo. Aunque muchas veces su paso por el lugar es efímero, se forman vínculos afectuosos y enriquecedores. “Nos llevamos muy bien, aunque siempre hay conflictos, como en cualquier ámbito”, señalaron.

“No nos prohíben nada y eso es lo lindo, nos enseñan cómo desarrollarnos dentro del marco laboral. Nos brindaron talleres, cursos y no nos excluyen de nada, es un lugar muy cómodo para estar”, comentaron los operarios. 

Para Gustavo, es muy difícil desprenderse del taller por el gran valor afectivo que carga, más habiendo sido testigo y partícipe clave del crecimiento que tuvo a lo largo de los años. “Antes no teníamos nada, vendíamos poco. Ahora tenemos hasta auto propio para hacer las entregas y toda la maquinaria para seguir creciendo”, destacó con una sonrisa.