Edición impresa Emprende Sierras Chicas

Un hormiguero ecológico y social

Sierras Chicas produce alrededor de 66 toneladas de poda por día. Pero lo que para muchos es un problema, para los integrantes de Proyecto Hormiga es un recurso. Así, tal como lo hacen estos insectos en su diminuta labor y bajo la lógica del cooperativismo, la poda en Unquillo dejó de ser un residuo para convertirse en productos ecológicos que vuelven a la tierra.

Colaboración: Candelaria Bronstein y Francisco Brasca (4to IENM). Martina Inda y Lucrecia Barraco (4to IMVA).


Tres años atrás, Sebastián García iniciaba un proceso de solución ambiental y cooperativa a una incógnita recurrente para Sierras Chicas: qué hacer con la poda. Todo comenzó en el basural de Unquillo, cuando vio la montaña de ramas y hojas que se acumulaban junto a una chipeadora en desuso por falta de recursos. La solución estaba a la vista y García esbozó ideas iniciales para tratar este residuo, las cuales dieron origen al Proyecto Hormiga.

En su momento fue Norberto Magris, por entonces secretario general de la Municipalidad, quien abrió las puertas del basural para dar curso a la propuesta de Sebastián, basada en nociones de economía circular, solución ambiental y producción agroecológica y comunitaria. En su rol de impulsor, el emprendedor empezó a conectar puntos entre las necesidades del proyecto y los saberes de especialistas en Economía Social, Derecho, Geología, Ingeniería, Comunicación y Agronomía, entre otros.

«El primer desafío fue ver si podíamos generar un recurso con el residuo de la poda. De ahí nuestra multidisciplinariedad que es para dar una solución integral que no terminase en una cuestión económica o una salida rápida al problema, sino que genere un verdadero desarrollo local», explica Catalina Campagnon, socia e integrante de la iniciativa.

«Proyecto Hormiga es una cooperativa que, a través de la gestión y el tratamiento de los residuos verdes sólidos, produce bioinsumos agroecológicos, es decir, enmiendas orgánicas que son utilizadas en la producción de plantas y huertas», resume Campagnon a El Milenio y señala que catalogar la poda como “desecho” es un error.  

«Realmente es muy fácil convertir la poda en un recurso. Con poca inversión se transforma en un material que genera desarrollo y trabajo con un impacto ambiental positivo», valora Catalina sobre este proceso económico, social y ecológico sustentable.

Entre los productos obtenidos se encuentran el mulch vegetal (un cobertor agroecológico), el mantillo ecológico (chips de poda triturados y compostados) y el bokashi (abono agroecológico producido con carbón, melaza de caña, tierra negra y guano, entre otros elementos). También se puede encontrar tierra fértil y el kit de Practi-Huerta, una iniciativa para el desarrollo de microhuertas familiares.

Pero el proyecto no se detiene en este presente de producción de bioinsumos. Como adelanta Catalina, la cooperativa apunta a generar otros productos como gírgolas comestibles, o el uso del chipeado en la construcción, ya sea en techos verdes o como material aislante. Estas proyecciones cuentan con el acompañamiento del INTI (Instituto Nacional Tecnología Industrial) y el INTA (Instituto Nacional Tecnología Agropecuaria).

Un modelo para replicar

Hace dos años que estas hormigas trabajan a pala y horquilla en las inmediaciones del basural de Unquillo. Su labor se ha sostenido en el tiempo gracias a la baja inversión en maquinaria que requiere y al costo casi nulo de la materia prima, ya que transforman desechos en productos útiles. Así, aun en pandemia, lograron mantener el pago de honorarios de sus trabajadores.

De alguna manera, la organización mancomunada replica el modus operandi propio de las hormigas. De hecho, el proyecto se constituyó oficialmente como cooperativa en mayo de 2020, tras su registro en INAES (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social) y en la Secretaría de Cooperativas y Mutuales de la provincia de Córdoba.

Los productos sirven para la regeneración, protección y nutrición de suelos, como explica Sebastián García, impulsor de la iniciativa. Foto gentileza Fábrica de Plantas.

«El paso siguiente fue pensar el estatuto, cuál iba a ser el objeto social. Hay distintos tipos de cooperativas: de servicio, educativas, de trabajo, agropecuarias, etc. Nosotros nos incorporamos a la cooperativa de trabajo porque ofrecemos nuestra labor para conseguir un objetivo común, la revalorización de los residuos de poda», señala Catalina.

Las características propias del trabajo horizontal rompieron con las lógicas tradicionales que estas hormigas traían de antemano, acostumbradas a las órdenes de un jefe y a la separación entre trabajo y vida personal. «Acá es un poco más complejo, pero muy rico y hermoso, porque se empiezan a incorporar al ámbito laboral cuestiones muy humanas», subraya Catalina con alegría y añade que constantemente se reúnen en asamblea, no sólo para tomar decisiones de manera conjunta, sino también para debatir derechos y hasta cuestiones de género.

“Nuestro mayor logro es todo el efecto de red que se está construyendo en Sierras Chicas”, afirma Catalina. Foto gentileza Fábrica de Plantas.

«La idea es romper cada vez más estas ideas que tenemos de dependencia, de necesitar un jefe que nos de órdenes para poder trabajar. Esa es la parte linda y el desafío de la cooperativa», apunta la socia sobre este proyecto que aporta una perspectiva humana y social en una modalidad distinta a la organización laboral tradicional.

«En una especie de mímesis, creímos que podíamos llegar a ser como hormigas, dándole un tratamiento acelerado a la poda para reintroducir el material a la tierra a través del trabajo conjunto»

A esto, Proyecto Hormiga le agrega el beneficio del trabajo en territorio, que genera conocimiento, conciencia, réplica y repercusión, el impacto de un grano de arena para la comunidad. En marzo de este año, Juan Carlos Scotto, secretario de Ambiente de la Provincia de Córdoba, y Carolina Werner, secretaria de Planificación de Mendiolaza, visitaron al hormiguero. Ese encuentro tuvo sus repercusiones, Villa Allende habilitó una chipeadora con el apoyo del INTI y Unquillo compró una nueva trituradora.

“La experiencia hormiga es replicable y redituable para que cada localidad gestione y brinde un tratamiento a los residuos que genera. Esto demanda una gestión municipal, demanda que haya personas quemándose el coco(sic) viendo cómo hacerlo, pero hay recursos disponibles y también personas buscando empleo. Está todo accesible para darle una solución local a ese tema», cierra Catalina.


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