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¿Un distinto o uno más del montón?

Argentina es el tercer país del planeta en cantidad de profesionales en el exterior. No obstante, las estadísticas también marcan que solo el 3% de las "jóvenes promesas" terminan firmando su primer contrato profesional.
  • Por Delfina Dowling y Franco Napolitani.

Desde hace varias décadas que el torneo argentino es una máquina de fabricar jugadores para exportarlos. Argentina es el tercer país del planeta en cantidad de profesionales en el exterior.

Muchos jóvenes empiezan a destacar, apuntando a ser los jugadores que dominarán el fútbol mundial en los próximos años.

La historia es bien conocida; de pequeño, un chico empieza a patear la pelota y a destacar notablemente entre sus amigos. Las alabanzas llegan pronto a oídos de los padres: “Le pega muy bien. Debería probar en algún equipo”.

Cuando ya es mayor de edad, el fútbol deja de ser solo un juego, los técnicos le hablan de que su evolución no fue la esperada. Al final de la temporada recibe una carta del club; no cuentan con él para la próxima temporada.

En el fútbol argentino el número de jóvenes que se convierten en jugadores profesionales es muy reducido. Solamente el 3% de chicos entre 15 y 17 años llegan a firmar un contrato profesional. Y si bien, la firma del contrato representa la meta más ansiada, esa instancia tampoco es sinónimo de futuro y fama.

Esos pocos logran construir una aspiración de vida. Con los profesionales como espejo, los chicos se incorporan a espacios de entrenamiento de alto rendimiento. En los mismos, practican a diario con un régimen disciplinario sumamente exigente. Compiten para demostrar a sus entrenadores que son verdaderas “promesas” en las que vale la pena hacer una inversión. Se alejan de sus familias y pasan a convivir con nuevos compañeros. Y si bien con ellos comparten su vida, a su vez, son sus rivales directos en la permanencia del club.

El poder es algo que flaquea los valores que deben inculcar los clubes. Una forma de ejercer poder y promover el desarrollo es la puesta en práctica de premios y castigos. El gesto más claro es: si un jugador tiene un mal partido se lo excluye del once inicial en el partido siguiente.

Por el contrario, si tienen buenos desempeños los suben de categoría o juegan como sparrings de la Primera. Un elemento que opera como “premio” son los viajes al exterior para jugar torneos internacionales. Esta experiencia constituye los primeros contactos con la imagen de la vida del jugador-estrella.

Está imagen está acompañada por otro actor; los representantes que median entre club y jugador. Realizan acuerdos privados amparados en el menor control que impone la legislación argentina del deporte amateur.

En estos tiempos, el jugador argentino que todavía es joven, es muy buscado en el escenario mundial.

Lo mal regulado que se encuentra el mercado de pases, y la falta de oportunidades, terminan con las expectativas de estas jóvenes «promesas». Esto hace que emigren hacia el exterior pero sin un futuro asegurado en el ámbito deportivo.

El poco control de los intereses económicos termina haciendo que muchas personas que quieren vivir a base del fútbol, sean explotadas. Así, se convierte en un continuo patrón que se repite de generación en generación.

Sobretodo en un país donde el fútbol es pasional y enfermizo a la vez.

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