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Colaboración: Nahuel Fernández Cambra

periodico@elmilenio.info


Este fue el campeonato local número 28 en la historia del club. Pero pareciera que tiene un valor extra por la forma agónica en la que se definió: recién en la última fecha con latentes posibilidades de precisarse un partido desempate entre los dos clubes más fuertes del país y por supuesto, peleando palmo a palmo con su máximo rival. Pareciera en serio que fue así porque no debería sorprender que Boca haya salido campeón ya que se quedó con cuatro de los últimos seis títulos locales (2015, 2016-2017, 2017-2018 y 2019-2020).

Parecía una hazaña la que debía producirse para que el Boca de Russo le “robe” el primer lugar al poderoso River de Gallardo, un equipo que si por algo se caracteriza es por saber jugar llaves decisivas. Y ahí puede residir un aspecto fundamental: el Millonario te asfixia en los partidos de ida y vuelta, pareciera como si te lo ganara de entrada con la cabeza, y este torneo se le escapó de las manos en las últimas dos fechas ante rivales diferentes con filosofías de juego diferentes, como lo son el Defensa y Justicia ahora de Hernán Crespo y el Atlético Tucumán de Ricardo Zielinski.

Podría decirse también que esta semana fue una de las peores para River desde que volvió a Primera División en 2012, pues además de cederle el campeonato a su máximo rival por falencias propias sin ni siquiera perder ante Boca (por esta superliga empataron 0 a 0 en Nuñez) en la semana fue goleado por Liga de Quito en Ecuador en un partido en el cual utilizó un equipo casi enteramente suplente guardando a los jugadores titulares para el encuentro de ayer ante el Decano en Tucumán.

Los dos últimos fueron partidos que River no pudo ganar principalmente por carecer de eficacia para definir las jugadas de peligro que le generó a su rival. Y Boca, que venía pisándole los talones, hizo su trabajo y ganó seis encuentros consecutivos (Talleres, Atlético Tucumán, Central Córdoba, Godoy Cruz, Colón y Gimnasia ayer) para arrebatarle el campeonato en la jornada final.

Cambio de mentalidad

Boca ganó un torneo en el que tuvo dos entrenadores que usaron sistemas de juego bastante diferentes, ambos muy eficaces a nivel resultados pero claramente uno más vistoso que el otro. Cuando ayer terminaron ambos partidos y comenzaron los festejos del campeón en la Bombonera, Carlos Tevez y el mismo Miguel Angel Russo mencionaron a Gustavo Alfaro como parte importante en la obtención de este campeonato, y es justo que así sea, pues dirigió 16 de las 23 fechas con una producción de ocho victorias, cinco empates y tres derrotas y dejó a un equipo que peleaba los primeros puestos.

El Boca que agarró Gustavo Alfaro el año pasado estaba muy golpeado anímicamente y el Lechuga fue capaz de imponer su forma de jugar, digna y válida aunque muy cuestionaba por el lugar que ocupaba, para devolverle a Boca el orden defensivo que estaba faltándole. Y los resultados estuvieron a la vista: no sólo peleó el torneo sino que llevó al Xeneize a las semifinales de la pasada edición de copa Libertadores, instancia en la cual perdió ante River ganándole en la Bombonera por uno a cero pero cayendo por 2 a 1 en el marcador global.

Tras la salida de Alfaro y el cambio de comisión directiva en Boca con Juan Román Riquelme como cabeza dirigencial del fútbol llegó Miguel Angel Russo al banco Xeneize. Vale la pena recordar que Russo tenía y tiene espalda de sobra para comandar a Boca, pues aquella lejana última copa Libertadores del 2007 fue con él como entrenador. Pero claro, como en Boca si no ganás campeonatos tu trabajo pierde valor, se había alejado del club el mismo año tras perder la final del Mundial de Clubes ante el poderoso Milan de Dida, Cafú, Kaká, Pirlo y Seedorf por 4 a 2.

Trece años después le llegó a Russo su segunda oportunidad y vaya que empezó aprovechándola. El 26 de enero ante Independiente dirigió su primer partido, fue un empate en cero en la Bombonera. Desde ahí el equipo no volvió a ceder puntos a nivel local y solo le convirtieron un gol. Y eso se constituye en un dato concreto: entre todos los técnicos que tuvo Boca, Miguel Angel Russo (compartido con Alberto Marzolini en 1981) tuvo el mejor arranque por torneo local de la historia del profesionalismo: seis triunfos y un empate.

A penas un mes y medio lleva Russo al frente del club y los jugadores parecen haberse apropiado de su forma de juego: sin descuidar la parte defensiva (solo recibió un gol) presenta un sistema más ofensivo, con un 9 de área y dos extremos veloces que cruzan el campo para llegar al área rival.

Lo que más se destaca de este Boca con respecto al que dirigía Alfaro es la constante búsqueda justamente del arco rival, el no agruparse al conseguir una ventaja mínima para salir de contra, en tratar de tener siempre la iniciativa sin por ello descuidarse atrás, pues el equipo terminó con el arco menos vencido del campeonato a penas con ocho goles en contra en 23 partidos, una cifra impresionante.

Además, en el corto tiempo que Russo lleva como entrenador se vio una clara levantada en el nivel de algunos jugadores como Frank Fabra, Jorman Campuzano, Carlos Tevez (que acumula seis goles en siete partidos), Sebastián Villa y Roberto Soldano. Pero en las declaraciones de los jugadores también se destaca que el equipo tiene una sana competencia y jugadores “hambrientos” esperando su oportunidad en todos los puestos, que cuando les toca ingresar cumplen una tarea aceptable. Eso también es un acierto del entrenador.

Ahora, Boca no puede excederse en ningún festejo ni relajarse ni un poco, pues este mismo martes estará enfrentando en la Bombonera a Independiente Medellín por la segunda fecha del  grupo H de la Copa Libertadores y el calendario, la gente y su misma historia le exigirán ir por los tres puntos.

El partido

Boca y River llegaban a la última jornada con chances de gritar campeón. Si el Millonario triunfaba en Tucumán ante Atlético no importaría que pasara en la Bombonera, pues el equipo de Marcelo Gallardo estaba un punto por encima y de ganar se consagraría campeón. Fue un final digno de un fútbol fuerte como el argentino que dejó mucha tela para cortar.

La Bombonera se levantó antes del arranque del partido para ovacionar a Maradona, hoy técnico de Gimnasia. En diciembre de 2005, el astro argentino había pisado por última vez el campo de juego del estadio en un encuentro a beneficio de la Fundación PUPI. Ayer enfrentaba a Boca con la ilusión de ganar para seguir escapándole al descenso (venía de conseguir dos triunfos consecutivos).

Entonces, para gritar campeón Boca debía ganarle a Gimnasia y esperar que River no pudiera hacer lo propio en Tucumán ante el Decano. Y ambas condiciones se cumplieron. De local, Boca jugó con un rival ordenado y contra sus nervios principalmente y terminó ganando 1 a 0 para consagrarse campeón, pues al mismo tiempo se concretó el empate de en uno River en Tucumán.

Carlos Tévez convirtió el gol del campeonato a los 27 minutos del segundo tiempo con un buen derechazo desde afuera del área. Da la impresión de que con Russo al mando el apache fue quien más levantó su nivel de juego para consolidar su posición de referente tanto dentro como fuera del campo de juego en Boca.

Pero también hay que decirlo, era esperable que Boca le ganara a Gimnasia, equipo que está en zona de descenso desde que empezó el torneo y que ayer no tuvo argumentos reales para dañar a Boca desde el juego, pues como se dijo el mayor rival del Xeneize era él mismo, el lograr enfocarse en su partido y superar a su rival, como venía haciéndolo.

Y se dio de esa manera. El Lobo solo logró inquietar a Andrada en el segundo tiempo a través de un remate de Leando Contín que el arquero despejó al corner y con un cabezazo del colombiano Jonathan Agudelo, que ingresó desde el banco de suplentes. Después del gol de Tevez, el equipo de Russo administró bien la pelota y jugó lejos de su arquero sin desequilibrarse defensivamente para atacar, con la certeza de que ya tenía lo que necesitaba.

Como los dos partidos terminaron al mismo tiempo los festejos en la Bombonera empezaron al instante, y aunque se había decidido que no haya trofeo ni en la Bombonera ni en Tucumán no fue razón suficiente para acabar la fiesta que se desató para festejar un nuevo título del club.

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