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El milenio

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De Argentina a Israel, por el camino de la ciencia

Clara Miserendino tiene 18 años, estudia biotecnología y vive en El Manzano. En julio, viajó con una beca a Israel para formar parte, por un mes, de un equipo de investigación en el mundialmente reconocido Instituto Weizmann.

  • Por Lucía Argüello. luciaarguello@elmilenio.info
  • Candela Corso y Abril Lirusso (4to B IENM).
  • Yasmín Lopreiato y Celina Fernández (4to A IMVA).
“Hay que romper con el estereotipo del nerd. Cualquiera se puede dedicar a la ciencia”, aseguró Clara Miserendino.

Para un amplio sector de la opinión pública, la ciencia es una actividad reservada a unos pocos privilegiados, lejos de la realidad de las “personas comunes” y de países como Argentina. Sin embargo, con sólo 18 años, Clara Miserendino rompe con ese mito tan difundido y demuestra que la ciencia está al alcance de cualquiera.

Oriunda de El Manzano, de chica quería ser arquitecta, pero en 2013, cuando cursaba el segundo año del secundario en el colegio Espíritu Santo de Río Ceballos, unas olimpiadas de biología le abrieron un camino que cambiaría su vida para siempre: el camino de la ciencia.

Tras varias olimpiadas más (de tecnología, matemática, física y química), encuentros, charlas, campamentos científicos y viajes (a Vietnam, Chile y Uruguay), Clara (que actualmente estudia Biotecnología en la Universidad Nacional de Córdoba) se convirtió en una de los dos argentinos seleccionados por el Instituto Weizmann de Israel para pasar un mes en sus instalaciones y participar en un proyecto de investigación dentro de uno de los centros científicos más importantes del mundo.

El Milenio: ¿De dónde viene tu interés por la ciencia?

Clara Miserendino: Creo que es algo que siempre me gustó, desde chica, pero lo que realmente me impulsó a dedicarme a la ciencia fueron las olimpiadas de biología en las que participé cuando estaba en segundo año del secundario. Para mí fue el comienzo de todo, esas olimpiadas me abrieron muchas puertas, fueron el puntapié inicial de una cadena de oportunidades que me pusieron en el camino de la ciencia.

EM: Tras las olimpiadas de biología participaste en otras competencias similares de física, química, matemática y tecnología. ¿Qué rescatás de esas experiencias?

CM: Creo que a diferencia de lo que suele ocurrir en la escuela, en las olimpiadas tenés más espacio para aportar tus ideas en pos de resolver un problema determinado. Eso está bueno, porque por ahí en las notas de las pruebas o en lo que queda de nuestro paso por el secundario se pierden esas cosas.

En las olimpiadas de tecnología, por ejemplo, nos dieron una pila de basura y con eso desarrollamos una mano ortopédica. Por ahí no importaba tanto si te habías aprendido de memoria el capítulo que te pidió el profesor, importaba más tu ingenio, tus ideas.

Y está bueno rescatar eso justamente: que en las olimpiadas la creatividad cuenta, tus opiniones cuentan. Eso te da mucha confianza en vos mismo y te abre un montón la cabeza, te das cuenta que ese tiempo que estás en tu casa tirado con el celular lo podés invertir en hacer algo tan copado como una mano ortopédica y hasta podés ayudar a solucionar un problema que afecta a muchas personas.

EM: ¿Y cómo llegaste a participar de esas olimpiadas?

CM: Las primeras olimpiadas, las de biología, estaban en mi escuela y estoy muy agradecida por ello, porque a los 13 años era muy improbable que yo participara en un evento así sino era a través de una propuesta del colegio. Y si no fuera por esas olimpiadas, no sé si hubiera hecho todo esto.

A raíz de eso, en 2016 fui con el equipo argentino a la Olimpiada Internacional de Biología que se hizo en Vietnam y ahí me di cuenta que me faltaban muchas cosas por vivir, así que volví y empecé a buscar olimpiadas y actividades similares por todos lados.

Las oportunidades están ahí, el tema es que hay que salir a buscarlas porque no se difunden mucho. Por ahí las olimpiadas son más complicadas porque no podés ir como estudiante particular, te tiene que acompañar tu colegio, pero hay otras actividades que no tienen esa restricción, como los campamentos científicos (en Argentina se hacen varios, entre ellos Expedición Ciencia, que se lleva a cabo en el sur).

EM: ¿Por qué decidiste estudiar biotecnología?

CM: La verdad me costó mucho decidirme, tenía varias carreras en mente. Elegí biotecnología porque es muy interdisciplinaria, integra muchas ramas de la ciencia que me apasionan: física, química, biología, etc. Y también me atrae mucho el tema de las aplicaciones, son cuestiones muy interesantes y tienen una incidencia directa en la vida de las personas.

EM: ¿Cómo obtuviste la beca del Instituto Weizmann de Israel?

CM: Me enteré de su existencia por Internet y justo este año abrieron una convocatoria en Argentina (es la primera vez en lo que va del siglo XXI que nuestro país participa en esta beca). Tuve que mandar dos ensayos en inglés más un curriculum con mis antecedentes académicos y extra curriculares y hacer una entrevista (también en inglés). Se presentaron diecinueve candidatos y quedamos seleccionados dos. Todo esto fue posible gracias a la Asociación Amigos del Instituto Weizmann, que son los representantes del Instituto Weizmann en Argentina.

EM: ¿Qué tal estuvo tu experiencia en Israel?

CM: Fue increíble realmente. Como país, Israel es muy distinto a Argentina. Si bien no pude experimentar mucho de la cultura israelí en sí porque estuve todo el tiempo en el campus del Weizmann, la comida era diferente, la gente era diferente, cuando querías cruzar la calle, los autos frenaban. Dentro del campus había mucha seguridad, podíamos salir a correr de noche o dejar la bici afuera sin peligro de que la roben. Quizás son detalles pequeños, pero hacen una gran diferencia.

Después el Instituto Weizmann en sí me pareció fascinante. Los laboratorios tenían una tecnología de punta, están muy bien valorados a nivel mundial, había muchos investigadores importantes y la calidad de las investigaciones es impresionante. Tuvimos charlas muy interesantes y enriquecedoras sobre diferentes temas, como ciencia básica o nuevas tecnologías para la medicina, la verdad que fue una experiencia única.

EM: ¿Y a que te dedicabas puntualmente? ¿Cómo era tu día a día?

CM: Estuve tres semanas trabajando en un laboratorio donde se investigaba el papel de una molécula en el establecimiento de embarazos en ratones, con posible aplicación de los descubrimientos en procesos de fertilización humanos. Íbamos todos los días al laboratorio, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, así que fue muy intenso. Tenía un mentor de Israel que también era muy interesante ya que vivía en un kibutz, que es una forma de organización comunitaria socialista muy diferente a nuestro estilo de vida.

EM: ¿Cómo te manejabas con el tema del idioma?

CM: Nos comunicábamos en inglés. Al principio fue medio complicado, pero al final me las arreglé porque de alguna forma había que comunicarse, aunque sea con señas. Fui prácticamente con lo que sabía del secundario, apenas un mes antes me preparé un poco con una maestra particular. Así que eso fue todo un desafío también, pero aprendí muchísimo.

EM: ¿Había otros jóvenes dentro del mismo programa?

CM: Sí, éramos 73 chicos y chicas de aproximadamente 20 países diferentes, todos más o menos de la misma edad. Yo trabajaba con una chica de Alemania y otra de Estados Unidos. Había gente de todo el mundo y todos eran muy capos, había chicos de 18 años que estaban haciendo proyectos impresionantes o que estudiaban en las mejores universidades del mundo.

Para mí fue muy motivador, pensaba “wow, mirá todo lo que una persona de mi edad puede lograr”. Lamentablemente acá estamos acostumbrados a que no se espera mucho de la juventud. A diferencia de lo que ocurre en otros países, no hay mucho incentivo, las pocas oportunidades que existen hay que salir a buscarlas o directamente construirlas. Tampoco hay espacios académicos fuera de la escuela que se dediquen a la investigación, como los clubes de ciencia, por ejemplo, que para muchos chicos allá eran re comunes.

EM: ¿Cómo te sentiste estando en contacto con científicos de todo el mundo?

CM: También fue muy inspirador. Es interesante ver cómo todos vienen de vidas distintas y recorrieron diversos caminos para llegar a donde están hoy. Por ahí tenemos cierto estereotipo de los científicos y hablando con ellos, conociéndolos, lo vas rompiendo y, lo más importante, te vas dando cuenta que vos también podés ser uno, que no es algo inaccesible. Obviamente que es un camino duro, pero vale la pena, porque el trabajo de un científico es realmente muy importante para la sociedad.

EM: ¿Qué te llevás de este viaje?

CM: Siento que me recargué de energía para hacer un montón de cosas, me vine con muchas ganas de seguir creciendo y aprendiendo cosas nuevas. Es como que la experiencia no terminó allá, al contrario, recién empieza. Además, está buenísimo poder viajar y conocer gente, combinar lo social con lo académico o científico. Y creo que también es muy valioso que se difunda lo que se hace en otros países para acumular conocimientos e ir mejorando colectivamente.

EM: ¿Te parece que la educación argentina actual estimula a los jóvenes para que estudien ciencia?

CM: Creo que hay espacios extracurriculares, como las olimpiadas, que motivan a los chicos a iniciarse en la ciencia, pero esos mecanismos no necesariamente están dentro de las aulas, como que biología o química o física son una materia más y eso no está bueno.

A mí las olimpiadas de biología me cambiaron la vida y no soy la única que ha vivido eso. Hay muchos chicos que no les va muy bien en el colegio o que incluso son repitentes y llegan a las olimpiadas y se dedican, se apasionan, avanzan y hasta llegan a representar a su país en competencias internacionales. Pero, su vez, son eventos que no tienen difusión.

Entonces, por un lado, existen oportunidades, pero hay que salir a buscarlas, y por otro, es necesario construir más oportunidades, más espacios, más eventos, porque los que hay son muy pocos.

EM: ¿Qué te parece que se podría hacer para cambiar esa situación?

CM: Organizar más actividades, no necesariamente competitivas sino más bien encuentros, campamentos, clubes de ciencia, cursos, charlas de divulgación. Yo he empezado con algunas acciones en escuelas de la zona, pero la verdad es que sola no puedo, necesitaría armar un equipo con más personas, y tampoco he encontrado mucho eco a nivel gubernamental. Es un desafío que tenemos en la región y me gustaría hacer algo para cambiar las cosas.

Por otra parte, participo con chicos de otras provincias en una red llamada Henko Maieutics (tenemos una página web que es maieutics.businesscatalyst.com o nos pueden buscar en Facebook como @henkoreal) donde difundimos todas las oportunidades disponibles para jóvenes y adolescentes de todo el país en materia de becas, concursos, campamentos, competencias, olimpiadas, etc.

EM: ¿Qué les dirías a los jóvenes que quizás están interesados en la ciencia, pero lo ven como una opción inaccesible o no saben por dónde empezar?

CM: Que hay que tocar puertas, mandar mails, contactarse con instituciones vinculadas al tema. Que no tengan miedo o vergüenza. Hay oportunidades y hay muchas organizaciones y personas que quieren ayudar. Este año, por ejemplo, fui a un campamento latinoamericano de ciencias en Uruguay del cual Argentina participaba por primera vez. Con un amigo nos enteramos y mandamos un mail a los organizadores para ver si podíamos asistir y ellos nos recibieron con los brazos abiertos. Si no mandaba ese mail, seguramente no iba. Muchas veces es cuestión de animarse nomás.

También creo que es muy importante romper con la idea de que la ciencia es para los nerds o los ñoños del curso. Es un estereotipo que causa mucho daño, no sólo porque la gente lo usa para ningunear o menospreciar a los que se dedican a la ciencia, sino también porque ahuyenta a otros que tienen interés en el tema, pero piensan que “no es para ellos”.

No necesariamente tenés que tener tal ropa o tal corte de pelo y andar con el libro en la mano todo el día para ser científico y eso es algo que salta a la vista cuando vas a un campamento y te encontrás con una diversidad increíble de personas. Cualquiera puede hacer ciencia, sólo se necesita motivación y ganas.

EM: Por último, ¿cómo te ves en el futuro?

CM: Antes solía pensar todo el tiempo en mi futuro hasta que me di cuenta, hablando con otros científicos, que en realidad no sabés qué te depara la vida. Entonces no hago tantos planes, mi única ambición es dejar mi huella en este mundo, crecer como científica e investigadora y hacer un aporte a la humanidad.

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