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El milenio

10 años conectando Sierras Chicas

Hacia un aula con cerebro

Por Elena Kuchimpós | periodico@elmilenio.info


Para mejorar la enseñanza y el aprendizaje hay que interrogarse acerca de quién enseña y quién aprende, así como acerca de la relación que se da entre ellos: quién lo hace y con quién lo hace.

No hay recetas para enseñar. Si bien las clases se preparan teniendo en cuenta diversas teorías de aprendizaje y diferentes estrategias pedagógicas, es fundamental no olvidarnos que estamos preparando clases para diferentes niños en donde se ponen en juego innumerables relaciones.

En los últimos tiempos se han multiplicado las investigaciones sobre el cerebro en relación al aprendizaje.

Estas informaciones sobre aspectos neurológicos, fisiológicos y químicos del cerebro en relación al aprendizaje dieron lugar a la neurociencia cognitiva y a conocer los modos de aprender de cada estudiante.

La relación del estudiante con el aprendizaje es emocional: le interesa o no le interesa, le gusta o no le gusta, lo afecta o no lo afecta.

La competencia emocional que un docente despliega en la conducción de sus clases es muy importante. Un aspecto de dicha competencia es la capacidad que debe tener para interpretar las emociones de sus estudiantes y potenciar las habilidades de cada uno. Esta capacidad para poder interpretar el mundo interno de su grupo se funda en la observación de lo gestual, expresivo, responsivo y corporal que le permite intervenir de manera positiva, en los procesos de aprendizaje de sus estudiantes.

Las nuevas investigaciones en neurociencias destacan la importancia de una educación rica y adecuada desde los primeros años de vida, destacando que la estimulación que proviene del entorno resulta determinante para la formación adecuada del “Encéfalo Humano” y finalmente de la capacidad afectiva y cognitiva del sujeto, situación que persiste durante el resto de su ciclo vital. Por tal razón, es fundamental que los docentes conozcan sobre el desarrollo del cerebro y el sistema nervioso central para favorecer aprendizajes significativos y de calidad en sus estudiantes, respetando sus ritmos y estilos cognitivos y potenciando sus talentos.

Si los aprendizajes dependen de las emociones entonces hay que entender cómo funcionan las emociones en el aprendizaje. Pero no solo cómo funcionan en términos generales, sino cómo funciona en cada estudiante, y aún más, cómo está funcionando “en este momento”, pues las emociones cambian.

El clima del aula es el factor que más explica las variaciones en el aprendizaje, dando cuenta de por qué los estudiantes de un aula aprenden más que los estudiantes de otra.

Por clima emocional del aula se entiende como un concepto que está compuesto por diferentes variables, entre ellas: el tipo de vínculo entre docente y los estudiantes, el tipo de vínculo entre los estudiantes y el clima que emerge de esta doble vinculación.

Al hablar de vínculo hago referencia a la conexión entre el docente y su grupo, en donde el estudiante se siente que es visto, escuchado y aceptado en cada uno de sus procesos de aprendizaje.

En la conexión hay confianza y seguridad, y el buen clima se basa precisamente en la existencia de confianza y seguridad. Ambas son emociones que hacen posible el aprendizaje. Por ello, el aprendizaje depende del grado de la conexión.

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